Pasolini: la libertad cristiana no consiste en evitar el sufrimiento, sino en atravesarlo sin perder la paz

Pasolini: la libertad cristiana no consiste en evitar el sufrimiento, sino en atravesarlo sin perder la paz

El predicador de la Casa Pontificia, el capuchino Roberto Pasolini, ha centrado su última meditación de Cuaresma en la figura de san Francisco de Asís para explicar qué significa la “libertad de los hijos de Dios”, una libertad que no consiste en esquivar el dolor, sino en vivirlo sin quedar atrapado por él.

En la reflexión, difundida por Vatican News tras la predicación ante el Papa León XIV y la Curia romana, Pasolini plantea que la verdadera libertad cristiana no es la de quien se protege del sufrimiento, sino la de quien descubre que nada —“ni siquiera la enfermedad o la muerte”— puede separarlo del amor de Dios.

La alegría que no depende de que todo vaya bien

Uno de los ejes centrales de la meditación es la enseñanza de san Francisco sobre la “perfecta alegría”. Frente a una visión superficial, Pasolini recuerda que la verdadera alegría no está en el éxito, el reconocimiento o los frutos visibles, sino en la capacidad de permanecer en paz incluso cuando llegan el rechazo o la humillación.

En este sentido, el predicador insiste en que la felicidad cristiana no consiste en protegerse de la realidad, sino en aprender a acogerla también cuando hiere. No se trata de negar el dolor, sino de no dejar que tenga la última palabra.

Una libertad que nace en medio de la prueba

La meditación sitúa esta experiencia en el corazón del Evangelio, especialmente en las Bienaventuranzas, donde Cristo declara felices precisamente a los pobres, a los que lloran o a los perseguidos. Lejos de prometer una vida sin dificultades, el mensaje cristiano afirma que la plenitud puede darse incluso en medio de ellas.

En esa línea, Pasolini subraya que la vida no debe ser idealizada ni aplazada, sino acogida en su “concreta fragilidad”, porque es precisamente ahí donde puede abrirse una libertad nueva, no dependiente de las circunstancias externas.

El sufrimiento no es añadido por Dios

El predicador advierte también contra una interpretación errónea de la espiritualidad cristiana: la idea de que Dios “necesita” el sufrimiento humano o lo impone como exigencia.

Por el contrario, sostiene que Dios no añade dolor, sino que transforma el que ya está presente en la vida del hombre. Las heridas —personales, físicas o espirituales— pueden convertirse en un lugar de encuentro con Cristo y de reconciliación con la propia historia.

La muerte deja de ser enemiga

En la última parte de su reflexión, Pasolini aborda el modo en que san Francisco vivió el final de su vida. Lejos de rechazar la muerte, llegó a llamarla “hermana”, en una expresión que resume un largo proceso de reconciliación interior.

Según explica el predicador, el miedo a la muerte mantiene al hombre en una forma de esclavitud, pero ese temor puede transformarse cuando se descubre que la vida es un don. En ese momento, la muerte deja de ser solo ruptura y se convierte en un acto último de entrega confiada.

Una advertencia a los pastores

La meditación concluye con una advertencia dirigida a la propia Iglesia: el riesgo de rebajar el Evangelio para hacerlo más aceptable.

Pasolini señala que ofrecer un cristianismo “más fácil pero menos exigente” termina privando a los fieles de un verdadero camino de maduración espiritual. Frente a ello, insiste en la necesidad de custodiar la radicalidad del mensaje evangélico, que no elimina la dureza de la vida, pero sí permite atravesarla con una libertad auténtica.

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