Por el P. «Amare Nesciri»
Nota: Normalmente, no publicamos columnas bajo seudónimos. Es una buena regla, tanto moral como editorial, que las personas defiendan públicamente sus ideas. Pero esta columna es tan útil respecto a las «guerras litúrgicas» que hemos decidido suspender la regla esta vez. El autor, se lo aseguramos, es un sacerdote que conocemos desde hace décadas como un ciudadano íntegro, pero que, por diversas razones, desea permanecer en el anonimato. Es un sacerdote norteamericano que enseña en un seminario, realiza labor parroquial y celebra ambas formas del rito romano. – Robert Royal
El motu proprio Summorum Pontificum (2007) del Papa Benedicto XVI introdujo en el vocabulario eclesial contemporáneo una distinción que desde entonces se ha vuelto tan fructífera como contenciosa: la «Forma Ordinaria» y la «Forma Extraordinaria» del único Rito Romano. Benedicto se esmeró en insistir en que no se trata de dos ritos, sino de dos usos de la misma lex orandi. El Misal promulgado por el Papa Pablo VI tras el Concilio Vaticano II constituye la Forma Ordinaria; el Misal del Papa Juan XXIII (1962), que se mantiene en continuidad orgánica con la codificación tridentina del Papa Pío V, puede celebrarse como Forma Extraordinaria.
La afirmación de Benedicto era jurídica y pastoral, pero su importancia más profunda es teológica. La coexistencia de las dos formas dentro de un mismo rito puede entenderse como una «unidad polar» en el sentido articulado por Hans Urs von Balthasar: una tensión viva de principios complementarios cuya unidad no es el aplanamiento de la diferencia, sino su orquestación.
El propio Benedicto rechazó la hermenéutica de la ruptura que enfrentaría la liturgia preconciliar con la postconciliar. En su famoso discurso de 2005 a la Curia Romana, contrastó una «hermeneutic de la discontinuidad y de la ruptura» con una «hermenéutica de la reforma en la continuidad».
La liturgia, precisamente por ser el acto de fe más público de la Iglesia, debe encarnar esta continuidad de una manera que no sea meramente conceptual, sino sacramental. Las dos formas del Rito Romano se erigen así como un signo visible de que la tradición no es una pieza de museo ni un programa revolucionario, sino un torrente vivo cuya profundidad y anchura solo pueden percibirse manteniendo unidos sus estratos históricos.
Para interpretar esta polaridad en una clave teológica más rica, resulta útil recurrir a la explicación de Balthasar sobre las dimensiones mariana y petrina de la Iglesia. Para Balthasar, la Iglesia es primero mariana antes que petrina. María, en su fiat y su receptividad inmaculada, encarna la esencia contemplativa, esponsal y receptiva de la Iglesia. Pedro, en su confesión y su encargo, encarna la misión apostólica, jurídica y de gobierno de la Iglesia.
Estas dos dimensiones son inseparables; sin embargo, no son idénticas. La dimensión mariana fundamenta la petrina; la petrina sirve a la mariana. La Iglesia no es una institución que resulta tener un interior místico; es un misterio que necesariamente asume una forma institucional.
Si se aplica esta polaridad a la liturgia, las Formas Extraordinaria y Ordinaria pueden verse como encarnaciones sacramentales de los acentos mariano y petrino dentro del único Rito Romano. La Forma Extraordinaria, con su lenguaje hierático, densidad ritual y pronunciada orientación hacia la trascendencia, otorga una expresión privilegiada a la dimensión mariana: receptividad, silencio, adoración y primacía de la acción divina. La Forma Ordinaria, especialmente tal como fue concebida por la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio, otorga una mayor visibilidad a la dimensión petrina: proclamación, inteligibilidad pastoral, proyección misionera y la participación audible de la asamblea reunida en la fe apostólica.
Esto no pretende reducir ninguna de las dos formas a una caricatura. Ambas formas son marianas y petrinas; ambas son contemplativas y apostólicas. No obstante, cada una manifiesta un acento particular. En la Forma Extraordinaria, la orientación del sacerdote ad orientem, su voz tenue en el Canon y la estabilidad de los gestos rituales ponen el énfasis de manera inequívoca en la iniciativa divina. Los fieles son atraídos hacia un misterio que los precede y los excede. El silencio del Canon, en particular, no es una ausencia sino una plenitud: un signo de que la Iglesia recibe de Cristo lo que ella no puede generar.
Aquí resuena el fiat mariano: «Hágase en mí según tu palabra». La liturgia se desarrolla como algo dado, a lo cual la Iglesia consiente.
En la Forma Ordinaria, por el contrario, el leccionario ampliado, la proclamación en lengua vernácula y la Plegaria Eucarística audible hacen explícita la dimensión apostólica de la vida de la Iglesia. La Palabra se proclama con abundancia; la homilía la interpreta para el presente; las intercesiones articulan las necesidades del mundo. La comunidad congregada responde con aclamaciones que puntúan la Plegaria Eucarística. Esta visibilidad y audibilidad corresponden al oficio petrino: confirmar a los hermanos, hablar la fe en la historia, pastorear a un pueblo concreto en un tiempo concreto. La liturgia se vuelve manifiestamente misionera, orientada no solo hacia la Jerusalén celestial, sino hacia la evangelización de las culturas.
Balthasar insistía en que la dimensión mariana es ontológicamente prioritaria: sin el fiat receptivo, no hay Encarnación; sin contemplación, no hay misión. Aplicado litúrgicamente, esto sugiere que la dimensión de profundidad significada por la Forma Extraordinaria no debe perderse, incluso cuando la Iglesia enfatiza la proyección pastoral.
La inquietud de Benedicto, evidente en sus escritos litúrgicos, era que una comprensión puramente funcional u horizontal de la liturgia oscureciera su naturaleza de sacrificio y don. Al permitir la celebración continua de la forma antigua, buscó asegurar que el Rito Romano no olvidara su profundidad mariana: su arrodillarse ante el misterio, su sentido de lo sagrado como algo objetivo y dado.
Sin embargo, la dimensión petrina no puede ser suprimida. La Iglesia es enviada al mundo; debe hablar de manera inteligible; debe reunir a pueblos diversos en un solo Cuerpo. Las reformas posteriores al Vaticano II estuvieron animadas precisamente por esta preocupación apostólica. La Forma Ordinaria, cuando se celebra según el sentir de la Iglesia, manifiesta la catolicidad y el dinamismo misionero del Pueblo de Dios. La lengua vernácula no es una claudicación ante la modernidad, sino una puesta en acto de Pentecostés: el único Evangelio proclamado en muchas lenguas. La participación ampliada de los fieles no es una democratización del culto, sino una expresión de la dignidad bautismal dentro del orden jerárquico.

Aquí, la percepción de Valentin Tomberg resulta sugerente. En sus meditaciones sobre la Iglesia, Tomberg habla de polaridades que deben mantenerse en tensión creativa: exotérico y esotérico, institución y misterio, ley y gracia. Veía a la Iglesia Católica como la única capaz de sostener tales polaridades sin colapsar, porque vive de un centro sacramental.
La liturgia, como sacramento de sacramentos, se convierte en el escenario privilegiado en el que se representan estas polaridades. La coexistencia de las dos formas del Rito Romano puede interpretarse, por tanto, como una dramatización simbólica de la negativa de la Iglesia a resolver la tensión mediante la eliminación. En lugar de elegir entre una liturgia contemplativa y hierática y una pastoral y accesible, Benedicto permitió que ambas subsistieran dentro de un mismo marco jurídico, como diciendo: la vida de la Iglesia no puede reducirse a una sola modalidad.
Las nociones de «extraordinario» y «ordinario» invitan de por sí a la reflexión teológica. Lo extraordinario no es anormal; es una manifestación intensificada de lo que siempre es verdad. En términos marianos, es la claridad luminosa del fiat, la pureza transparente de la Esposa. Lo ordinario, a la inversa, no es banal; es la expresión habitual y diaria de la vida de la Iglesia. En términos petrinos, es el gobierno y la proclamación constantes que sostienen a los fieles en la historia. La polaridad no es, por tanto, entre lo sagrado y lo profano, sino entre el arquetipo y la misión, entre la profundidad y la extensión.
Alguien podría objetar que esta lectura teológica corre el riesgo de idealizar lo que a menudo se ha experimentado como división. La historia de la reforma litúrgica en los siglos XX y XXI ha estado marcada por polémicas, malentendidos e incluso sospechas mutuas. No obstante, una unidad polar no niega el conflicto; busca transfigurarlo.
La teología de la polaridad de Balthasar no es una armonización fácil, sino un patrón cristológico: en Cristo, lo divino y lo humano, la gloria y la humillación, la obediencia y la autoridad están unidos sin confusión. La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, debe aprender a habitar tensiones similares.
La visión de Benedicto implicaba que las dos formas podían «enriquecerse mutuamente». La Forma Ordinaria podría aprender de la Extraordinaria un sentido más profundo de sacralidad, silencio y continuidad ritual. La Forma Extraordinaria podría aprender de la Ordinaria una atención renovada a las riquezas de la Escritura y a las necesidades pastorales de las comunidades contemporáneas. Este enriquecimiento mutuo corresponde precisamente a la interacción de las dimensiones mariana y petrina. Lo mariano custodia la profundidad; lo petrino asegura la extensión.
Cuando cualquiera de las dos se aísla, sobreviene la patología: una Iglesia puramente mariana corre el riesgo del quietismo o el esteticismo; una Iglesia puramente petrina corre el riesgo de la burocratización o el activismo.

Inevitablemente surge la cuestión de la autoridad. La regulación de la liturgia pertenece al oficio petrino. El motu proprio de Benedicto fue un ejercicio de esa autoridad, no una descentralización de la misma. Sin embargo, el contenido de su decisión apuntaba más allá del mero juridicismo. Al reconocer la legitimidad continua del Misal antiguo, afirmó implícitamente que la memoria litúrgica de la Iglesia no puede borrarse por decreto. Lo petrino sirve a lo mariano; la autoridad salvaguarda el misterio en lugar de reemplazarlo. En este sentido, el acto mismo de legislar para dos formas se convierte en un signo de la amplitud interior de la Iglesia.
Además, la coexistencia de las dos formas puede verse como un icono de la tensión escatológica. La Iglesia vive entre el «ya» y el «todavía no». La Forma Extraordinaria, con su marcada orientación y su simbolismo sacrificial, puede evocar la trascendencia de la liturgia celestial descrita en el Apocalipsis. La Forma Ordinaria, con su estructura dialógica y su amplitud de las Escrituras, puede evocar a la Iglesia peregrina que camina por la historia. Ambas son verdaderas; ninguna agota el misterio. Juntas forman un díptico: contemplación y misión, adoración y proclamación.
Es importante, sin embargo, no asimilar de forma demasiado rígida la forma litúrgica con el principio teológico. Las dimensiones mariana y petrina no están monopolizadas por rúbricas o lenguas particulares. Una Forma Ordinaria celebrada con reverencia puede irradiar profundidad mariana; una celebración de la Forma Extraordinaria apresurada o movida por la ideología puede traicionarla. La polaridad atañe a las actitudes eclesiales subyacentes: receptividad y misión, silencio y palabra, don y gobierno. Las dos formas del Rito Romano proporcionan matrices históricamente concretas en las que estas actitudes se acentúan, pero el criterio último sigue siendo la santidad.
Al final, el proyecto de Benedicto puede entenderse como un intento de sanar la memoria. El siglo XX fue testigo tanto de la osificación litúrgica como de la experimentación litúrgica. Al reconocer la legitimidad de ambas formas, buscó atraer a la Iglesia hacia una autocomprensión más espaciosa. El Rito Romano, como la Iglesia misma, no es un monolito sino una comunión. Su unidad no depende de la uniformidad, sino de un centro sacramental compartido: el sacrificio eucarístico de Cristo.
Tal visión exige madurez espiritual. La unidad polar es frágil; puede degenerar fácilmente en faccionalismo. Pero la alternativa —la homogeneidad impuesta o la amnesia forzada— empobrecería la catolicidad de la Iglesia. La teología litúrgica de Benedicto invita a los fieles a percibir la diversidad como profundidad y no como amenaza.
Bajo esta luz, las dimensiones mariana y petrina no son categorías abstractas, sino principios vivos encarnados en la oración. La Iglesia se arrodilla con María al pie de la Cruz; se pone en pie con Pedro para predicar la Resurrección. En la Forma Extraordinaria, uno puede vislumbrar con mayor claridad a la Esposa de rodillas; en la Forma Ordinaria, al Apóstol que predica. Pero es una sola Iglesia, un solo sacrificio, un solo Señor. La unidad polar de las dos formas refleja así, aunque sea imperfectamente, la unidad más profunda de amor y autoridad, de don y oficio, que constituye el misterio de la propia Iglesia.