Despierta, tú que duermes, y levántate

Despierta, tú que duermes, y levántate
The Resurrection of Lazarus by Giovanni di Paolo, 1426 [The Walters Art Museum, Baltimore, M.D.]

Por el P. Benedict Kiely

Al marcar nuestra frente, labios y corazón con la Señal de la Cruz cuando el Evangelio es proclamado solemnemente en la Misa, señalamos, mediante esa oración realizada con las manos, el deseo de que la Palabra viva de Dios toque y convierta la mente y el corazón, para que podamos convertirnos en aquellos que proclaman el mensaje salvífico que hemos escuchado.

Es un reconocimiento de que, particularmente en ese entorno litúrgico tan sereno, el Evangelio no es un volumen seco y polvoriento de épocas pasadas, sino la voz del Señor, con su palabra, como nos dice la Escritura, «viva y eficaz», con el poder de la «espada de doble filo», para penetrar en el núcleo mismo de nuestro ser.

No importa cuántas veces hayamos escuchado o leído un pasaje particular del Evangelio, siempre es nuevo, con un mensaje para nosotros, si tenemos oídos para oír. A pesar de la mayor exégesis, la sabiduría de los Padres y los predicadores —incluyendo a algunos que, como sabemos, siempre pueden encontrar una nueva aplicación de un pasaje para protegernos y guiarnos—, sigue habiendo un misterio insondable cuando escuchamos las palabras del Dios encarnado.

Uno de los santos describió la Escritura como una fuente que nunca se agota. Eso, en sí mismo, debería inspirar asombro. Al igual que con la Eucaristía y el misterio de la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo, la respuesta más profunda al Evangelio es el culto y la adoración. Así como nos arrodillamos físicamente ante el Señor en su presencia sacramental, así nos arrodillamos, metafóricamente, al escuchar su palabra.

Nuestros hermanos orientales, al llamar a la Eucaristía los Divinos Misterios, nos recuerdan a nosotros, que nos apoyamos en la mente racional de Occidente —tan clara, concisa y categorizada—, el significado de la palabra «misterio». No se trata de un conocimiento esotérico oculto, impartido a unos pocos elegidos, sino de la realidad de Quién es el que habla cuando se anuncia la Palabra. Y que hay, después de todos nuestros esfuerzos intelectuales, mucho más que no sabemos y nunca sabremos.

El Evangelio elegido para el Quinto Domingo de Cuaresma, la resurrección de Lázaro, es un ejemplo perfecto de este asombroso misterio que tenemos el privilegio de escuchar y leer. Acerquémonos a él con los pies descalzos de los coptos cuando entran en el santuario, como Moisés se acercó a la Zarza Ardiente, temblando ante lo divino.

Se nos dice que Jesús «amaba» a Marta, a María y a Lázaro. Junto con san Juan, el Discípulo Amado, escuchamos de otro a quien Él «amó» en el Evangelio: el joven rico. Este amor humano, tan profundo que llora ante la muerte humana de su amigo, resume el misterio mismo que describimos anteriormente.

Él realizará un milagro, pero no con el propósito de exhibición, ni siquiera para convertir a quienes lo presencian. Este milagro, y el relato evangélico, se elige para este domingo por una razón expuesta por el Prefacio de la Semana Santa.

Nos acercamos, dice el Prefacio, a los «días de su Pasión salvadora y de su gloriosa Resurrección». Este es el momento, continúa el Prefacio, en que «la soberbia del antiguo enemigo es vencida y se celebra el misterio de nuestra redención en Cristo». Este misterio, el Triduo, que ocurre en cada Misa, desde la choza más pequeña en los campos de misión hasta la basílica más grande, es la razón por la que escuchamos esta historia de la resurrección de aquel a quien Jesús amaba.

Hubo un tiempo, nos dice el Libro del Génesis, en que la unidad e intimidad entre Dios y el hombre, la «bendición original», se expresaba mediante la imagen de Dios caminando en el Jardín a la «hora de la brisa».

La humanidad —Adán y Eva, revestidos de luz— es tentada por el antiguo enemigo con la mentira original: «no moriréis». Desde aquel momento hasta el día de hoy, quienes creen en la mentira e ignoran la verdad, comen de ese fruto, fraguan fantasías extrañas para escapar de la realidad —desde viajes espaciales hasta la congelación de sus cerebros— y, aun así, mueren.

El antiguo enemigo empaña las vestiduras de luz y crea la desnudez de la tiniebla. Esta desnudez es el destino de Lázaro, el destino de toda la humanidad, que ya no está en el Jardín de la paz.

«Si hubieras estado aquí», le dice Marta a Jesús, «mi hermano no habría muerto». Solo hay Uno que puede contrarrestar la mentira, reparar la desunión y restaurar la luz.

«Yo soy la Resurrección y la Vida». Ninguna definición, por necesaria que sea, ningún Credo, por verdadero que sea, puede superar la palabra de verdad de Aquel que es la Verdad. Jesús, vencedor y Rey, vence, derrota, subyuga y destruye la mentira del antiguo enemigo.

Lázaro, que «ya huele mal» —el efecto de la mentira—, es convocado desde el sepulcro, con una piedra retirada, como otra piedra será retirada en los días que se acercan, pero aquel día no por manos humanas.

Se les ordena desatarlo. Sin Cristo, sin los días que se acercan conmemorados cada año, pero experimentados verdaderamente de forma misteriosa en cada liturgia, toda la humanidad seguiría atada y sufriendo el olor de la muerte.

Toda la Cuaresma conduce hacia la renovación de las promesas bautismales el día de Pascua. El triple medio para lograr la claridad —oración, ayuno y limosna— debe prepararnos para decir, con total convicción y fervor, junto con Marta y María: «Creo que tú eres el Cristo».

El demonio, el antiguo enemigo, vencido en el Árbol de la Vida, que es la Cruz, es renunciado. Todo lo que nos ha atado es quitado.

Es para ser restaurados, desatados y devueltos a la vida por lo que todo —desde la Anunciación hasta la Ascensión y Pentecostés— fue decretado necesario por el Creador que tanto amó al mundo.

Escuchamos, como podemos creer que Lázaro escuchó en aquel momento de ser desatado, el antiguo himno cristiano cantado incluso en tiempos de san Pablo (Efesios 5, 14): «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará».

Sobre el autor

El P. Benedict Kiely es sacerdote del Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham. Es el fundador de Nasarean.org, que ayuda a los cristianos perseguidos.

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