Semana Santa en San Sebastián: el resurgir de una tradición popular 60 años después

Entrevista con don Jon Molina Bengoa, párroco de la Catedral del Buen Pastor

Semana Santa en San Sebastián: el resurgir de una tradición popular 60 años después

Tras más de medio siglo de ausencia, San Sebastián se prepara para recuperar las procesiones de Semana Santa, una tradición arraigada en la historia religiosa de la ciudad y desaparecida desde 1966. La iniciativa, impulsada desde la Catedral del Buen Pastor con el apoyo de fieles donostiarras, busca reactivar una expresión pública de fe con raíces que se remontan al siglo XVI y que durante décadas formó parte de la identidad espiritual de la ciudad.

En este contexto, Infovaticana conversa con don Jon Molina Bengoa, párroco de la Catedral del Buen Pastor, sobre el origen de esta recuperación, el papel de los fieles, el interés despertado entre jóvenes y familias, y el futuro de una tradición que vuelve a abrirse paso en las calles de San Sebastián.

 

Durante décadas, las procesiones desaparecieron de la vida pública de San Sebastián y parecían formar parte del pasado. Sin embargo, en los últimos meses ha surgido una iniciativa que ha logrado movilizar a numerosos fieles. ¿Cómo nace este impulso concreto para recuperar la procesión y qué significado tiene, desde el punto de vista pastoral, para la comunidad cristiana?

Son los fieles los que han tomado en todo momento la iniciativa. La iniciativa de la procesión no ha salido de los sacerdotes, no ha salido de la parroquia, bueno, de la parroquia al menos no del párroco, sino que fueron unos fieles laicos quienes, en la primavera del año pasado, mostraron su deseo de recuperar la procesión y de implicarse en todo lo necesario para que fuera posible. Entonces, yo creo que esto es muy importante y ha sido determinante para el éxito de la iniciativa.

Por lo que respecta al valor que pueda tener el hecho de que la procesión salga, creo que puede ser un importante punto de partida para muchos. Es decir, puede interpretarse como un primer anuncio del Evangelio. Tal vez muy sencillo, más plástico que conceptual, pero también a través de las imágenes, de la música, en fin, podemos comunicar a Dios y el mensaje del Evangelio. Esto puede ser un comienzo.

La desaparición de las procesiones en los años 60 no fue un fenómeno aislado, sino que coincidió con un profundo cambio social, político y también eclesial. En el caso concreto de San Sebastián, ¿hasta qué punto influyó ese contexto en su desaparición y qué ha cambiado hoy para que esta manifestación de fe vuelva a plantearse en el espacio público?

Sin duda el contexto social, político y religioso tuvo que ver en la desaparición de las procesiones, al menos en esta nuestra que salía aquí de la parte del Buen Pastor.

Sin embargo, el ambiente cultural, social y religioso ha cambiado. La procesión que nosotros quisiéramos sacar a la calle, lejos de tener ese deje que se le podía achacar a la procesión antigua —de invasiva, excesiva o de cierto triunfalismo—, la nuestra desde luego ni pretende ni puede tener esas pretensiones. Simplemente queremos sacar a la calle nuestra fe, sabiendo que no todos la comparten y que algunos incluso la pueden rechazar, pero manifestando nuestro orgullo de ser cristianos y proponiendo el cristianismo como modo de vida.

En los últimos años, dentro de la Iglesia se ha insistido con frecuencia en la necesidad de buscar nuevos lenguajes pastorales. Sin embargo, en este caso, lo que parece despertar interés es precisamente la recuperación de una forma tradicional de piedad. ¿Cómo se explica que esta expresión, que durante un tiempo quedó relegada, vuelva ahora a convocar a fieles de distintas sensibilidades?

Sin duda, la variedad de personas, de sensibilidades y de espiritualidades que se han unido en la renaciente cofradía y en la preparación de esta Semana Santa manifiesta que gentes muy distintas, con sensibilidades legítimas pero diferentes, se han unido.

Creo que esta forma de expresión de la fe, que durante tanto tiempo ha sido, no sé si menospreciada, pero sí minusvalorada, vuelve a ocupar un lugar importante en la vida de la Iglesia. Y muchos son los que se acercan de este modo.

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención es la participación de perfiles muy diversos, en una sociedad además marcada por la secularización. ¿Qué tipo de respuesta están encontrando entre los fieles y qué revela esto sobre la situación actual de la fe, especialmente entre las nuevas generaciones?

La mayoría de la gente… hay de todo: gente mayor, gente de mediana edad, pero hay muchísimos jóvenes también, cosa que nos ha sorprendido. Hay familias enteras que se han apuntado, familias jóvenes con sus hijos y con todos sus miembros a la cofradía, y cada uno participa como puede.

Desde luego, la edad no está siendo determinante: jóvenes, mayores, todos se han apuntado.

Esta primera edición supone, en cierto modo, un punto de partida tras décadas sin tradición viva. Desde el punto de vista organizativo y simbólico, ¿cómo se concreta esta recuperación en cuanto a imágenes, pasos y desarrollo de la procesión?

Este año saldrán a procesionar tres pasos. Cinco los tenemos expuestos en la iglesia, se han ido recuperando, pero procesionarán tres: la imagen del Nazareno, que es el titular de la cofradía; el Cristo yacente; y la Virgen de la Soledad.

Más allá de esta primera convocatoria, la cuestión clave es la continuidad. En un contexto donde muchas tradiciones se han debilitado, ¿qué perspectivas de futuro ve para este tipo de manifestaciones de piedad popular en San Sebastián?

Bueno, sería pronto todavía poder decir alguna palabra sensata, pero viendo el entusiasmo con que la gente ha acogido la iniciativa, creo que a las procesiones y a estos modos de expresión de la piedad popular les cabe un futuro floreciente. Me atrevería a decir que sí.

De hecho, alguno ya se ha acercado pidiendo el bautismo porque quisiera ser cofrade y no puede ser porque no ha sido bautizado. Es decir, los frutos están siendo casi inmediatos.

Después de tantos años sin procesiones, cabe preguntarse si existe una continuidad real con la tradición anterior o si, en la práctica, se está reconstruyendo casi desde cero. ¿Cuál es la situación en este sentido?

No tanto, porque aquí hacía tiempo que no había tradición viva. Algún caso tenemos de algún chico que se ha acercado porque su abuelo ya fue cofrade, pero en general estaba todo muy perdido.

La gente tiene un vago recuerdo de las procesiones que salían, pero no había una tradición familiar fuerte.

En cuanto a la configuración de la nueva cofradía, en un momento en el que también se debate el papel de los laicos dentro de la Iglesia, ¿qué modelo han adoptado y qué tipo de participación se está promoviendo?

Nuestra cofradía es de nueva fundación, o más bien de refundación, pero nace con la vocación de ser mixta. Es decir, tienen cabida igualmente mujeres y varones y en ese sentido no creo que tengamos ningún problema.

La recuperación de este tipo de tradiciones implica también un trabajo material importante, especialmente en lo referente al patrimonio devocional. ¿En qué punto se encuentra actualmente la restauración de las imágenes y qué dificultades están encontrando?

Hemos empezado de forma muy precaria y muy pobre. Hemos restaurado algo las imágenes para que puedan salir a la calle, pero necesitan todavía muchísimos más cuidados y restauraciones de los que en este primer año les hemos podido hacer.

La cosa irá despacio, porque esto necesita tiempo y recursos económicos. Hemos restaurado varias imágenes, pero todavía quedan muchas por restaurar.

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