En medio del clima de confusión que atraviesa buena parte de la vida eclesial, la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) ha decidido encargar la orientación de su próxima Asamblea General de Superiores Mayores —que se celebrará en Madrid a finales de mayo— a un grupo de inspiración espiritual difusa, con rasgos propios del pensamiento New Age.
La noticia publicada en El Debate deja, cuando menos, atónito ante la orientación que están tomando quienes tienen en sus manos la responsabilidad de guiar la vida consagrada en España.
Psicologismo en lugar de vida espiritual
El facilitador elegido, Yago Abeledo, con formación en ámbitos como la terapia transpersonal o la denominada Bioneuroemoción —corrientes ampliamente cuestionadas y señaladas por diversos expertos como pseudoterapias de corte New Age—, pertenece a Faith and Praxis.
Se trata de una asociación que propone un lenguaje espiritual que poco tiene que ver con la fe católica. Su llamado “credo” habla de una “danza cósmica evolutiva de creación y destrucción”, de “cocrear el sueño de Dios” o de la vulnerabilidad como camino de plenitud.
No simplemente de expresiones poco afortunadas. Estamos ante un cambio de paradigma: de la fe revelada a una espiritualidad subjetiva; de la verdad recibida a la experiencia construida; de Dios como Creador a una especie de energía en proceso.
El contraste con el Credo cristiano es evidente. Donde la Iglesia confiesa con precisión la fe en el Dios trinitario, en la encarnación del Verbo y en la redención, aquí se ofrecen formulaciones ambiguas, abiertas y moldeables, más cercanas a corrientes de autoayuda espiritual que a la doctrina católica.
Una Asamblea en un momento crítico
La vida religiosa en España atraviesa un acusado declive vocacional, envejecimiento y pérdida de presencia social. En lugar de volver a las fuentes —la oración, la vida sacramental, la fidelidad al carisma fundacional—, se opta por explorar caminos que prometen renovación desde categorías ajenas a la tradición, bajo el lema “Todos, todos, todos. Kairós sinodal”.
El problema ya no es únicamente metodológico. Es de fondo. Cuando la vida espiritual se sustituye por dinámicas de grupo, procesos emocionales y herramientas de crecimiento personal, el riesgo es claro: la fe deja de ser adhesión a la verdad revelada para convertirse en una experiencia interior moldeable, propensa al subjetivismo.
No todo vale en nombre de la sinodalidad
El recurso constante a la “inclusión”, al “diálogo” o a la “sinodalidad” no puede servir de coartada para introducir en la Iglesia planteamientos incompatibles con su doctrina. La apertura no es confusión. La renovación no es ruptura.
San Pablo lo advirtió con claridad: «No os dejéis arrastrar por doctrinas diversas y extrañas» (Hb 13,9). La advertencia sigue siendo actual.
Cuando el lenguaje de la fe se sustituye por fórmulas ambiguas, cuando la espiritualidad se diluye en psicologismo y cuando la formación de los responsables de la vida religiosa se confía a corrientes ajenas a la tradición cristiana, el problema ya no es de estilo ni de método: es de identidad. Y la identidad de la Iglesia es Jesucristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).