Alegría y esperanza ante la llamada del Papa a los obispos a la generosidad con el Vetus Ordo

Alegría y esperanza ante la llamada del Papa a los obispos a la generosidad con el Vetus Ordo

Hay imágenes que hacen época. Una de ellas, convertida en meme político, es la de aquella señora que, brazos en alto, celebraba exultante en la calle la proclamación de independencia catalana de Carles Puigdemont en octubre de 2017, rodeada de una multitud entregada a la euforia. Apenas unos segundos después, el júbilo se desplomó: tras una retórica grandilocuente llena de alaracas, llegó la suspensión inmediata de lo que acababa de anunciarse. La expresión de aquella mujer, congelada en el instante exacto en que la exaltación se transforma en desconcierto y decepción, ha quedado como una perfecta metáfora de la distancia entre las palabras y los hechos.

Algo parecido podría suceder ahora entre muchos fieles apegados al rito romano tradicional. Las palabras del papa León XIV a la plenaria de los obispos franceses, que hablan de una integración generosa de los fieles del Vetus Ordo, merecen ser acogidas con alegría. Sería mezquino negarlo. También sería injusto reaccionar con cinismo automático ante un mensaje que, al menos en su formulación, apunta en la dirección correcta. En un contexto eclesial en el que durante años se ha tratado esta cuestión con prevención, hostilidad o simple miedo, escuchar desde Roma una apelación a la generosidad constituye, sin duda, una buena noticia.

Pero conviene no dejarse arrastrar por un entusiasmo ingenuo. Porque la realidad concreta que viven estos fieles en muchos lugares, y de manera muy visible en España, desmiente todavía cualquier clima de verdadera integración. El rito romano de siempre está, de hecho, arrinconado, vigilado y en muchas diócesis prácticamente proscrito. Hablar de él en ambientes clericales normales provoca reacciones que oscilan entre el escándalo y el temor. La mayoría de párrocos que se alteran si un fiel menciona siquiera la posibilidad de la Misa tradicional. Hay sacerdotes jóvenes que no se atreven a celebrar alguna de las Misas en el rito antiguo por miedo a ser marcados por sus obispos, apartados, castigados o condenados a una marginación silenciosa. La situación ha alcanzado tal grado de irracionalidad que a veces parece que no se estuviera hablando de una forma venerable del rito romano, sino de una actividad clandestina y sospechosa.

La imagen de algunos obispos cuando se aborda esta cuestión resulta reveladora. No es una discrepancia serena, ni una prudencia pastoral razonada, ni siquiera una reserva disciplinar explicable. Es, con frecuencia, un pánico inconfundible. Como si la mera existencia de un sacerdote atraído por la tradición litúrgica constituyera una amenaza interna que hubiera que sofocar cuanto antes. En no pocos casos, la reacción del aparato diocesano recuerda a la de quien descubre que tiene un hijo delincuente. No se le trata como a un hijo de la Iglesia con una legítima inclinación litúrgica, sino como a un problema que hay que neutralizar antes de que contamine a otros.

Por eso las palabras de León XIV son esperanzadoras, sí, pero no bastan por sí solas. No basta con invocar la generosidad si en la práctica se mantiene un régimen de sospecha, asfixia y exclusión. No basta con reconocer de palabra a estos fieles mientras se les obliga a desplazarse a capillas remotas, semiclandestinas o toleradas de mala gana, como si fueran católicos de segunda. No basta con apelar a la comunión mientras tantos fieles reciben portazos cuando solicitan algo tan elemental como la posibilidad de asistir con normalidad a la misa según el rito romano tradicional.

En Madrid, sin ir más lejos, la experiencia reciente de quienes se han organizado para pedir esta atención pastoral ha sido la de un rechazo seco y brutal. No encontraron escucha, ni comprensión, ni verdadera voluntad de integración, sino una negativa tajante amparada en la aplicación más cerrada y agresiva de Traditionis Custodes. Y eso es precisamente lo que convierte en decisiva la intervención del Papa: porque obliga a medir la sinceridad de muchos pastores. Ahora habrá que ver si algunos toman nota, si corrigen el tono y el fondo de su actuación, si sustituyen el portazo por una acogida real, o si todo quedará en una frase bella destinada a tranquilizar, sin alterar un milímetro la situación de fondo.

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Sería un error responder a las palabras del Papa con desconfianza sistemática. Pero sería un error todavía mayor confundir un cambio de tono con un cambio de rumbo. Los fieles no necesitan ya declaraciones vaporosas ni gestos retóricos. Necesitan hechos. Necesitan seguridad jurídica. Necesitan saber que no serán tratados como un cuerpo extraño dentro de la Iglesia por desear la liturgia que alimentó la fe de innumerables generaciones. Necesitan que cese de una vez esta persecución absurda y reveladora, esta insistencia en presentar como sospechoso lo que durante siglos fue el corazón mismo de la vida litúrgica romana.

La solución, además, no exige ninguna arquitectura compleja. Derogar Traditionis Custodes y restablecer el marco jurídico de Summorum Pontificum no cuesta nada. No requiere largas elaboraciones teóricas ni experimentos pastorales de laboratorio. Es una decisión sencilla, clara y perfectamente viable. Bastaría con devolver a la Iglesia una paz litúrgica que nunca debió romperse y reconocer, con hechos y no solo con palabras, que estos fieles no son intrusos tolerados, sino católicos con pleno derecho a vivir su fe en continuidad con la tradición litúrgica de la Iglesia.

Hay, por tanto, motivos reales para la alegría y para la esperanza. Las palabras de León XIV son buenas y merecen ser celebradas. Nadie gana nada instalándose en el resentimiento o en la demolición preventiva. Pero la experiencia reciente obliga también a la cautela. La esperanza cristiana no es ingenuidad política ni credulidad sentimental.

Ojalá ocurra esta vez. Ojalá no volvamos a encontrarnos, una vez más, en la situación de aquella mujer del meme, suspendidos entre la euforia inicial y la posterior desilusión. Ojalá las palabras del Papa sean el inicio de un giro real y no otro instante fugaz de alivio antes de que todo siga igual. Porque, a estas alturas, los fieles del Vetus Ordo no solo tienen derecho a escuchar mensajes de generosidad. Tienen derecho, sobre todo, a verlos cumplidos.

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