Un obispo casado sobre la polémica de la foto de Prevost: «Podemos hablar a la Pachamama como hablamos a los santos»

Un obispo casado sobre la polémica de la foto de Prevost: «Podemos hablar a la Pachamama como hablamos a los santos»

Reinaldo Nann fue obispo de Caravelí, Perú, desde 2017 hasta 2024, cuando colgó los hábitos para casarse con una mujer. Durante años ostentó responsabilidades en ámbitos eclesiales y coincidió con Robert Prevost cuando este era obispo de Chiclayo. Por entonces, Nann dirigía Cáritas en el país, mientras Prevost era vocal de la misma.

 

Nann ha publicado en Religión Digital una explicación a las imágenes del rito pachamámico en el que participó Robert Prevost en 1995 y que fue desvelado por LifeSite. Entre el atronador silencio mediático del catolicismo más clerical, surge este análisis que, más allá de las descalificaciones contra Infovaticana, merece la pena analizar.

El punto de partida del artículo de Nann es claro y está formulado sin ambigüedad: “el joven misionero Robert Prevost…”, aunque por entonces tenía cuarenta años, “efectivamente participó en este congreso sobre ecología y teología en 1995 y, en el marco de una ceremonia a la Madre Tierra, se arrodilló”. Nann no discute la existencia de las fotografías ni el contexto en el que fueron tomadas. Reconoce la participación, reconoce el gesto y reconoce el carácter ritual del acto. A partir de ahí introduce su interpretación, que consiste en afirmar que “no puedo ver ninguna adoración a la Pachamama como diosa ni de parte de Prevost ni de parte de ninguno de los asistentes”.

El propio Nann describe con precisión el contenido del rito al señalar que “vemos un acto interreligioso, donde un representante de la cultura andina hace un pago a la tierra, una ofrenda y un diálogo con la tierra”. Añade que, en esa cosmovisión, “la cultura andina mantiene ciertas creencias paganas, como el hecho de que la tierra tiene un alma como una persona (al igual que el agua, un cerro, un árbol)”, y sostiene que en la actualidad “se la ve más bien como una criatura de Dios con una cierta personalidad”. Sobre esa base construye el núcleo de su argumento, que formula de manera explícita: “Respetando a la tierra como un ‘ser con alma’, sigue siendo criatura de Dios. La Pachamama es la tierra o, mejor dicho, esta alma de la tierra. Por ello podemos hablarle, como lo hablamos a los santos. Podemos arrodillarnos ante ella como ante los santos, siempre que la veamos como criatura y no como diosa”.

Nann insiste en que el elemento decisivo es la intención del sujeto y afirma que “la intención es lo que vale. El gesto de oración no es automáticamente adoración y el gesto de arrodillarse tampoco”. En ese mismo sentido rechaza que el rito implique idolatría y sostiene que se trata de una forma de inculturación legítima, llegando a afirmar que “esto no es sincretismo, es inculturación”, en la medida en que “diferentes filosofías o culturas pueden ser evangelizadas sin rechazar su lenguaje cultural y filosófico”.

El resultado de su intervención es una explicación que no niega los hechos, sino que los reinterpreta desde una clave teológica concreta. Las imágenes quedan asumidas como reales, el rito queda definido como tal en sus propios términos y la participación de Prevost se da por cierta. La defensa se articula exclusivamente sobre la base de la intención subjetiva y sobre una analogía directa entre la relación con la Pachamama y la relación con los santos, expresada en frases literales como “podemos hablarle, como lo hablamos a los santos” y “podemos arrodillarnos ante ella como ante los santos”.

Pero Nann debería saber que, cuando un fiel católico se dirige a un santo, no le atribuye poder propio ni le pide directamente un resultado. Le pide que interceda en tanto que, por sus virtudes, es un alma que goza de la visión de Dios. El santo no es origen de la gracia; es mediador subordinado. Por eso, la oración, aunque pase por el santo, termina siempre en Dios como único destinatario real. Ese es el punto doctrinal básico que estructura toda la devoción.

En el rito de la Pachamama el sujeto cambia por completo. La petición no se eleva a Dios a través de otro, sino que se dirige directamente a la tierra entendida como entidad con capacidad de dar. Cuando se entierra comida, se derrama bebida o se ofrecen bienes “a la tierra” esperando prosperidad, protección o fecundidad, se establece una relación directa entre el hombre y aquello a lo que se ofrece. La tierra no aparece como signo, ni como recuerdo, ni como criatura que remite a Dios —¿cómo iba la Pachamama a alcanzar la visión beatífica?—, sino como destinatario inmediato de la acción.

Ese esquema —ofrecer algo para recibir algo— es precisamente lo que la teología católica identifica como culto indebido cuando se dirige a una criatura o ídolo. No hace falta que se formule explícitamente como “diosa” para que funcione como tal en la práctica. El elemento decisivo es que actúa como sujeto al que se le pide y del que se espera una respuesta. En ese punto, la diferencia con la intercesión de los santos no es de grado, sino de naturaleza. Uno remite a Dios; el otro se detiene en la materia o la criatura. Por eso no son comparables. Por eso, en términos católicos, no es una simple expresión cultural: es un acto que, en su propia estructura, se configura como adoración.

Hay que reconocer a Nann que, a diferencia de quienes optan por el silencio, afronta los hechos y no intenta negarlos o ignorarlos. Pero, a partir de ahí, el análisis es erróneo y además introduce una confusión de fondo. Él mismo admite que en esos ritos hay casos —aunque los minimice— en los que “se hubieran ofrecido animales o personas”. Cuando se habla de sacrificios humanos, decir que son “muy pocos” no resuelve nada. ¿Cuántos son pocos en un asunto así? La cuestión no es cuantitativa, es moral.

La equiparación que plantea entre la Pachamama y los santos no es defendible. No es un matiz discutible; es un error de base. En un caso hay intercesión ordenada a Dios; en el otro hay una relación directa con una realidad creada a la que se le ofrece y se le pide prosperidad. Esa estructura no es cristiana.

Dicho esto, el propio Papa ha introducido correcciones claras en documentos recientes dirigidos al episcopado, dejando explícito que la naturaleza no se adora y que todo debe centrarse en Cristo. Lo razonable es interpretar lo ocurrido en 1995 como un error condicionado por el contexto teológico confuso de aquellos años. ¿Eso significa que hay que ignorarlo como si no hubiese sucedido? No.

Aquí nadie está en condiciones de erigirse en juez. Seguramente arrastramos más errores de vida que Prevost. Pero precisamente por eso conviene no añadir más confusión. Si hay algo que aclarar, que se aclare. Y, mientras tanto, que los católicos se alejen de esos rituales pachamámicos y sus pagos a la tierra.

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