La entrevista publicada en El Debate el 22 de marzo a Miguel Ángel Quintanilla Navarro, diputado del Partido Popular y autor de Contra la ruptura, no puede leerse como una intervención aislada ni como una reflexión doctrinal espontánea. En las últimas semanas, el PP está proyectando en medios a este perfil de segundo nivel con un discurso de apariencia religiosa que persigue un objetivo político muy concreto: distanciar a Vox del voto católico. Lo llamativo, sin embargo, no es solo la intención, sino la pobreza del armazón teórico con que se intenta sostenerla: una construcción doctrinalmente endeble, conceptualmente confusa y, en no pocos puntos, sencillamente absurda.
Quintanilla se está paseando por los medios sosteniendo que Vox incurre en “anticatolicismo” y lo fundamenta con afirmaciones muy concretas. Dice que “lo que no se puede hacer cuando eres católico es jugar al anticlericalismo”, añade que “lo que diferencia ontológicamente a lo católico de lo protestante es la estructura eclesial” y remata afirmando que determinadas críticas a obispos o a la Iglesia institucional están “absolutamente fuera de lo que forma parte de lo católico”. Incluso califica de “juego perverso” pretender distanciarse del clero pero conservar una identidad cultural cristiana.
La tesis es diáfana. Para Quintanilla, lo católico se define en la práctica por la relación con la jerarquía. Y a partir de ahí se desprende una consecuencia inevitable: criticar a obispos o sacerdotes equivaldría, de algún modo, a situarse fuera del perímetro católico. Conviene decirlo con claridad: esa tesis no es católica.
La Iglesia jamás ha enseñado que su esencia consista en la “estructura eclesial” tomada en sí misma. La jerarquía forma parte de la constitución de la Iglesia, sí, pero no es su criterio último. El criterio último es la verdad revelada, custodiada por la Iglesia y transmitida en la fe, los sacramentos y el Magisterio. La autoridad existe para servir esa verdad, no para sustituirla. Cuando se invierte ese orden y la estructura pasa a ocupar el centro, lo que aparece ya no es doctrina católica, sino clericalismo y obispolatría.
La tradición teológica clásica es inequívoca en este punto. Santo Tomás de Aquino, al tratar la obediencia, explica que esta es una virtud en cuanto ordena la voluntad del hombre a cumplir el mandato legítimo de un superior, pero nunca de manera absoluta o ciega. La obediencia tiene como límite a Dios y a la ley moral. Nadie está obligado a obedecer un mandato injusto o contrario al orden superior. Más aún: obedecer en ese caso sería desordenado. La obediencia cristiana, por tanto, no es servilismo hacia el superior, sino sumisión racional y moralmente ordenada a una autoridad legítima dentro de sus límites propios.
San Roberto Belarmino, por su parte, lo formula todavía con mayor contundencia al abordar la resistencia a la autoridad eclesiástica. Enseña que, así como es lícito resistir a un pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o perturba el orden de la Iglesia. Esa resistencia no consiste en erigirse en autoridad paralela, pero sí en no obedecer un mandato injusto y en oponerse públicamente a una acción dañosa. Es una doctrina clásica, nítida y perfectamente integrada en la tradición católica. No hay, por tanto, ningún fundamento para presentar la crítica a los pastores como algo ajeno, por principio, a la catolicidad.
Eso es exactamente lo que borra Quintanilla. Su planteamiento suprime las distinciones esenciales entre Iglesia y jerarquía concreta, entre autoridad y verdad, entre obediencia y sumisión, entre respeto y silencio. Y al borrar esas distinciones acaba convirtiendo la actitud frente al clero en criterio práctico de ortodoxia. Eso no es una defensa de la Iglesia, sino una deformación clerical y sectaria de la Iglesia.
La incoherencia interna del discurso aparece, además, en la propia entrevista. Quintanilla reconoce que “el PP se equivoca aceptando la actual legislación del aborto”. Es decir, admite expresamente que su propio partido asume una posición contraria a un punto central del Magisterio moral católico. No estamos hablando de un matiz prudencial ni de una disputa secundaria, sino de una materia gravísima relativa a la vida humana inocente. Sin embargo, esa contradicción objetiva con la doctrina no ocupa el centro de su denuncia. No es ahí donde sitúa el gran problema del “anticatolicismo”.
El foco lo pone en otra parte: en quienes cuestionan a los obispos. Ahí queda al descubierto la inversión de prioridades. Se tolera la ruptura con un contenido central de la doctrina moral, pero se presenta como intolerable la crítica a la jerarquía. Se rebaja la verdad y se absolutiza la lealtad. Matar a inocentes es discutible; criticar a Cobo, no. Primero la sumisión al gestor; después, si acaso, la fidelidad al contenido. Ese esquema no solo es intelectualmente pobre. Es radicalmente ajeno al catolicismo y profundamente peligroso.
Porque en la fe católica la autoridad no es una fuente autónoma de legitimidad sentimental ni un escudo frente a la crítica. Es un ministerio al servicio de un depósito recibido. Cuando cumple esa función, merece obediencia. Cuando la deforma, merece corrección. Y cuando se pretende convertir la crítica legítima en signo de heterodoxia, lo que se está defendiendo no es la Iglesia, sino una casta eclesiástica revestida de inmunidad práctica.
Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Lo que formula Quintanilla no es una defensa de la identidad católica, sino una forma de clericalismo y obispolatría ideológico. Y en su tesis central, además, incurre en un error de base: identificar lo católico con la adhesión a la estructura jerárquica en vez de con la adhesión a la verdad revelada custodiada por la Iglesia. Esa confusión no es un simple matiz desafortunado. Es una tesis incompatible con la tradición doctrinal católica.
El resultado final de esta operación es revelador. Bajo la apariencia de una defensa del catolicismo, lo que se ofrece es una utilización instrumental de categorías religiosas básicas para intervenir en una pugna política concreta y tratar de separar a Vox del votante católico. Pero el instrumento elegido es demasiado tosco: una teoría pobre, alejada de la doctrina, incapaz de distinguir entre comunión y servilismo, entre obediencia y silencio, entre respeto a la jerarquía y subordinación acrítica a cualquier obispo concreto. No sale de ahí una defensa rigurosa de la fe, sino una caricatura útil para la coyuntura.
El resultado final de ese error es siempre el mismo. Se produce una Iglesia dura con quien denuncia desviaciones, pero blanda con quien acepta desviaciones objetivas. Una Iglesia que sospecha del fiel que discierne, pero convive sin excesivo conflicto con el político que asume leyes criminales contrarias al Magisterio. Una Iglesia en la que disentir de un obispo parece más grave que contradecir la doctrina moral. Y eso no fortalece la comunión.
El catolicismo no exige idolatría del clero, ni papolatría, ni obispolatría. Exige fe, recta doctrina, sacramentos, comunión eclesial y obediencia debida en sus justos términos. Todo lo que convierta a la jerarquía concreta en criterio supremo de catolicidad deja de ser una defensa de la Iglesia para convertirse en una caricatura de ella. Eso es, en el fondo, lo que revela esta entrevista. Y eso es lo que hay que desmontar.
Que El Debate, medio de la ACdP y presentado con frecuencia como una referencia intelectual del catolicismo español, se preste a ejercer de portavoz de un señalamiento de “anticatolicismo” contra otros basándose en una argumentación doctrinal tan pobre, resulta especialmente preocupante y revelador.