La liturgia romana no es un conjunto arbitrario de fórmulas piadosas. Cada palabra ha sido fijada a lo largo de siglos precisamente para expresar con exactitud una determinada teología. El Canon Romano —la actual Plegaria Eucarística I— es quizá el ejemplo más claro de esta precisión. Su estructura esencial estaba ya consolidada en Roma en el siglo VI y durante más de mil años permaneció prácticamente inalterada. Por eso, cuando se examinan algunas traducciones modernas, sorprende comprobar hasta qué punto ciertos matices doctrinales se diluyen o cambian de sentido.
Uno de los lugares donde se percibe con claridad este fenómeno es el comienzo mismo del Canon, en la oración conocida como Te igitur. Allí el sacerdote pide a Dios que acepte el sacrificio eucarístico ofrecido por la Iglesia y añade inmediatamente una cláusula que expresa la comunión jerárquica en la que se celebra la Eucaristía. El texto latino dice así:
Te igitur, clementissime Pater… in primis quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica: quam pacificare, custodire, adunare et regere digneris toto orbe terrarum; una cum famulo tuo Papa nostro N. et Antistite nostro N. et omnibus orthodoxis atque catholicae et apostolicae fidei cultoribus.
La estructura es muy precisa. El sacrificio se ofrece por la Iglesia universal, para que Dios la pacifique, la custodie, la una y la gobierne en todo el mundo. Y se especifica inmediatamente en qué comunión visible se celebra ese sacrificio: con el Papa, con el obispo del lugar y con todos aquellos que mantienen la recta fe.
La traducción española vigente formula esa última parte de esta manera:
“con tu servidor el Papa N., con nuestro obispo N., y todos los demás obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica”.
A primera vista puede parecer una traducción razonable. Sin embargo, un examen atento del latín revela un cambio gramatical significativo que altera el sentido original.
El texto latino no contiene una subordinada explicativa. Dice literalmente: et omnibus orthodoxis atque catholicae et apostolicae fidei cultoribus. La expresión catholicae et apostolicae fidei es un genitivo que determina al sustantivo cultoribus. Es decir, el texto identifica a los sujetos de manera restrictiva: se refiere a aquellos que profesan la fe católica y apostólica. No es una observación descriptiva sobre los obispos; es una delimitación doctrinal.
En otras palabras, el latín afirma que el sacrificio se ofrece en comunión con el Papa, con el obispo local y con todos los que son ortodoxos y profesan la fe católica y apostólica.
La traducción española introduce una estructura distinta: “los demás obispos que… promueven la fe católica y apostólica”. El efecto es sutil pero real. La cláusula se convierte en una explicación añadida, no en un criterio que delimite la comunión litúrgica. La frase deja de identificar quiénes están incluidos y pasa a describir lo que supuestamente hacen.
Este tipo de desplazamiento no es trivial. En la tradición litúrgica romana, la mención del Papa y del obispo local en el Canon tenía precisamente una función eclesiológica muy concreta: expresar la comunión visible de la Iglesia. Desde los primeros siglos, la omisión deliberada del nombre del Papa o del obispo en la liturgia se interpretaba como signo de ruptura de comunión. De hecho, durante las controversias cristológicas y las divisiones eclesiales de la Antigüedad, la inclusión o exclusión de determinados nombres en el Canon era uno de los indicadores más claros de pertenencia o separación.
La última frase del Te igitur se inserta exactamente en ese contexto. No basta con estar dentro de la estructura jerárquica; la comunión litúrgica se establece con quienes mantienen la recta fe apostólica. Por eso el texto utiliza dos términos muy precisos: orthodoxis y cultoribus catholicae et apostolicae fidei. Ambos remiten directamente a la noción clásica de ortodoxia: la recta confesión de la fe transmitida por los apóstoles.
La traducción española, al convertir esa delimitación en una frase explicativa, suaviza ese matiz doctrinal. El texto ya no identifica a quienes profesan la fe apostólica, sino que parece limitarse a describir a los obispos como promotores de la fe.
Este fenómeno no es aislado. Forma parte de una tendencia más amplia en algunas traducciones litúrgicas de las últimas décadas: sustituir formulaciones teológicas precisas por expresiones más amplias o interpretativas. Algo parecido ocurrió durante años con el término consubstantialem del Credo, traducido como “de la misma naturaleza”, o con otras expresiones donde la sintaxis original se transformó en frases más explicativas que definitorias.
Sin embargo, el latín litúrgico —especialmente en el Canon Romano— no es redundante ni ornamental. Cada término tiene una función doctrinal. La Iglesia latina conservó durante siglos estas fórmulas precisamente porque expresaban con claridad la estructura teológica de la fe y de la comunión eclesial.
Por eso la cuestión de las traducciones no es un asunto menor. La liturgia no es solo un vehículo pastoral; es también una expresión normativa de la fe de la Iglesia. Cuando las traducciones alteran la precisión del texto original, aunque sea de manera involuntaria, el resultado puede ser una formulación menos clara de lo que la tradición quiso afirmar.
No se trata de introducir tecnicismos innecesarios ni de convertir la liturgia en un ejercicio filológico. Se trata simplemente de respetar la exactitud de un texto que durante más de quince siglos ha transmitido la fe de la Iglesia con una precisión extraordinaria. Si en algunos puntos las traducciones actuales introducen ambigüedades o cambios de sentido, lo razonable no es ignorarlo, sino revisarlo.
La fidelidad al texto litúrgico no es una cuestión estética. Es, en última instancia, una cuestión de fidelidad a la fe que ese texto proclama.