Según diversos estudios y fuentes, el pentecostalismo es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Son ya 300 millones de personas”.
Y así también parece en la Iglesia Católica, y de manera muy rápida, con el estilo de oración carismático y con el movimiento mismo; por lo menos, en España. Pablo Ginés, en el artículo que hemos venido citando desde el principio – y en su réplica reciente a estos textos – se pregunta orgullosamente: “¿Cuántos católicos carismáticos hay actualmente? Imposible contarlos, pero es la corriente espiritual más grande dentro de la Iglesia. Se calcula que hay entre 100 y 130 millones de católicos que se definirían como carismáticos o que se han nutrido espiritualmente en grupos carismáticos”. Como si los números per se fuesen algo positivo; pero es la situación que tenemos, tristemente. En la Iglesia Católica hace tiempo que el número legitima una determinada tendencia espiritual, por mucho que rechine a la tradición de la Iglesia, a nuestro sensus fidei y nos ponga los pelos de punta.
Así, me gustaría finalizar este tríptico tratando dos cuestiones: 1) esta vasta expansión de la Renovación Carismática, especialmente a través de los Retiros de Vida en el Espíritu, y 2) la relación de la jerarquía eclesiástica actual con el movimiento.
La expansión de la Renovación Carismática: los Retiros de Vida en el Espíritu
La RC vive y extiende su particular espiritualidad en cuatro ambientes, según se puede leer en su propia página web: 1) con el grupo semanal: abierto a todo el mundo, incluso a no cristianos; en él se reza, se canta, se alaba, se agradece a Dios su bondad, se le piden cosas; los hermanos rezan unos por otros; se comenta algo de la Biblia, se da alguna charla corta. Dura entre una y dos horas; 2) con los retiros: los hay de dos o tres días, de una semana entera. 3) Con encuentros de oración “especial”: misas de sanación o de liberación, oraciones para pedir curaciones, milagros, oraciones de rechazo del mal, de sanación física o espiritual o emocional… También pueden ser “especiales” los encuentros de adoración y alabanza, con música de alabanza, a veces con el Santísimo expuesto. 4) Con los “seminarios de vida en el Espíritu”, también llamados “Siete Semanas”: inspirados en parte en los cursillos de Cristiandad, pero con contenidos kerigmáticos (primer anuncio de la Salvación y conversión) y del Espíritu Santo. Se anuncian e imparten en las parroquias, e incluyen una “oración de efusión del Espíritu”.
Ginés explica cómo la RC es muy democrática y está muy descentralizada, pero dispone evidentemente de estructuras básicas para poder coordinarse en esta vertiginosa expansión y la penetración de esta manera de rezar de carácter carismático en las parroquias e incluso en encuentros diocesanos. Yo misma participé hace años en un encuentro ENE (Encuentro de Nueva Evangelización, organizado por Alpha España y la comunidad carismática Fe y Vida), y en su evolución, el fin de semana Sumérgete, de Alpha España, y pude ser testigo de que la manera de rezar era absolutamente carismática; algo, que, entonces, no estaba tan extendido en las parroquias. Sin embargo, ahora sí lo está. Vemos en todas partes esta misma manera de rezar, con brazos en alto, con llantos, abrazos, con laicos cantando o predicando junto al Santísimo expuesto. Un ejemplo de ello es la parroquia de Santa Inés en Barcelona, muy viva y otrora mucho más austera; parroquia de barrio alto con altísima presencia de familias del Opus Dei, que en los últimos años ha convertido la celebración de Pentecostés en un auténtico aquelarre – como pueden ver en su canal de Youtube.
Imagino que, en el caso español, por lo menos, esto se debe a los mencionados Seminarios de Vida en el Espíritu, que han ido impartiéndose en las parroquias, en los desesperados intentos de los párrocos de ralentizar la agonía. Voy a detenerme brevemente en estos retiros.
La página web de la Renovación Carismática define así de escuetamente los Seminarios de Vida en el Espíritu (SVE): “Los seminarios de vida en el Espíritu son un instrumento de evangelización de la Renovación Carismática para actualizar el sacramento del bautismo, o prepararse para él en el caso de no haberlo recibido. No es un curso, ni una teoría, sino una experiencia directa de Dios, que está presente en el corazón, por el Espíritu Santo que se nos ha dado. El Seminario de Vida en el Espíritu es una experiencia de evangelización. En él se proclama el amor de Dios, se anuncia de modo claro e inequívoco a Jesús como Señor y se invita a los cristianos a llevar una vida renovada, dinamizada por la presencia del Espíritu Santo. Llamamos “vida en el Espíritu” a la vida cristiana para aludir el papel fundamental que en ella desempeña el Espíritu Santo, y para indicar que quienes tratan de vivirla ya no pueden transitar viven de la Gracia”.
Pero, ¿qué hay de la dinámica de estos retiros y por qué en cualquier parroquia puede uno encontrarse con adoradores con brazos alzados, imposición de manos entre laicos, desmayos, lloros, risas y abrazos al estilo carismático, mientras una música híper-sentimentalista suena sin parar? El diario online El Debate, de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), ofrecía hace un tiempo un artículo congratulándose de que “miles de personas han pasado ya por estos retiros, cada vez más en auge, donde se pide al Espíritu Santo que renueve el corazón, la sociedad y la Iglesia con «un nuevo Pentecostés”. El texto destacaba cómo los SVE son uno de los retiros más en boga en los últimos años. Y no sólo por la implicación que han tenido en ellos rostros conocidos como Tamara Falcó o las hermanas Ana y Casilda Finat, sino porque el boca-oreja transmite un sinfín de historias de renovación interior y una catarata de «tienes que hacer uno». Por lo visto, a los seminarios de Vida en el Espíritu acuden personas sin fe, bautizados que habían abandonado la Iglesia, católicos «de toda la vida» que nunca han tenido una experiencia de Dios, creyentes que atraviesan «noches oscuras», y hasta sacerdotes, religiosos y religiosas de muy diferentes sensibilidades eclesiales. Lo único necesario para participar es «una actitud de abandono para abrirse al Espíritu Santo y así poder experimentar un nuevo Pentecostés. A través de meditaciones –«enseñanzas»–, testimonios y momentos de oración, de alabanza y de adoración al Santísimo, quienes participan en el Seminario se abren a una experiencia sorprendente y, en ocasiones, catártica.
Una vez visto cómo funcionan, podemos preguntarnos cuál el secreto del auge de estos Retiros de Vida en el Espíritu, el motivo – cómo se pregunta el artículo de El Debate – de que una experiencia que ha nacido dentro de un movimiento concreto, haya roto la barrera de la propia Renovación Carismática y suscite el interés de cada vez más personas. Desde la RC consideran que «estamos asistiendo a un acontecimiento de reavivamiento de Pentecostés en la Iglesia».
Los Seminarios no son sólo para laicos, sino que también los hay específicos para sacerdotes. Desde la RC se congratulan del número de sacerdotes y consagrados que se lanzan a vivir esta experiencia. Así que, si alguna vez se ha visto sorprendido de ver una parroquia convertida en un salón protestante, aquí está la explicación. Aquí pueden leer un ejemplo.
El momento clave del retiro es, cómo no, la “efusión del Espíritu”: se trata de un momento de oración y alabanza, en la que los servidores –los miembros de la RC que organizan el Seminario– interceden por quienes participan en el encuentro, pidiendo al Señor que les envíe su Espíritu Santo. Desde la Renovación Carismática enfatizan que este momento no tiene nada que ver con esos shows televisivos de sectas evangélicas (¿?): «La confusión con otros movimientos, sectas o experiencias que nada tienen que ver con la Iglesia –explican desde la RC – puede venir por las formas externas, como la oración con imposición de manos; o también podría darse un afán de otros grupos de identificarse con la experiencia de oración de sanación o manifestaciones carismáticas que vemos en la Iglesia».
No sé, Rick, este tema de la emotividad llevada al límite a mí me recuerda mucho a los retiros de Emáus (de los que ya hablé aquí, https://caminante-wanderer.blogspot.com/2024/08/la-experiencia-brutal-de-los-retiros-de.html), y básicamente a – casi – todo evento que se organiza en la Iglesia hoy.
La jerarquía eclesiástica y la Renovación Carismática hoy
El papa Francisco, en un multitudinario encuentro con la Renovación Carismática en Roma en 2015, exhortó: “Les pido a todos y cada uno que, como parte de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, organicen seminarios de vida en el Espíritu en sus parroquias, seminarios, escuelas, en los barrios, para compartir el bautismo en el Espíritu, para que se produzca, por obra del Espíritu Santo, el encuentro personal con Jesús que nos cambia la vida”.
Y en esto parece haber estado muy diligentemente enfocada la RC, pues en estos últimos diez años hemos visto extenderse como una hidra la manera de rezar “carismática” por movimientos y parroquias. Brazos en alto, cantos, llantos. En una palabra, un emotivismo desbordado.
Y, en esta tesitura, nos ha pillado a todos con el pie cambiado la nota doctrinal de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española Cor ad cor loquitur, sobre el papel de las emociones en el acto de fe, aparecida el día 3 de marzo.
La verdad es que hemos estado entretenidos desde que apareció: la CEE, que había adoptado la dinámica de música de “alabanza” con el Santísimo expuesto en eventos multitudinarios, con la multitud “alabando” con los brazos en alto; sustituyendo los templos por grandes recintos para congregar a miles de personas; con influencers, charlitas y food trucks… de repente, sin previo aviso y sin ninguna pista de que algo así pudiera suceder, alerta en esta nota del riesgo del emotivismo en la fe.
La nota describe cómo “en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del año 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización representan un soplo de aire fresco para la Iglesia, que, como Madre, vuelve una y otra vez a «ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar”.
Sin embargo, alerta la nota doctrinal, “en todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. A ello le ha de seguir la configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y al apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo. Sin embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida”.
Los obispos advierten de que, en nuestros días, la experiencia de fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que podría interpretarse como uno de los “signos de los tiempos”; sin embargo, al mismo tiempo, advierten la necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual, puesto que se ha producido un fenómeno de absolutización de lo emotivo en la postmodernidad que necesita ser discernido y encauzado para no caer en la irracionalidad”.
La nota de los obispos debe haber dejado muy descolocado a más de uno porque pasa entonces a describir al “hombre posmoderno” como un sujeto que rechaza el objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo. Y este hombre “emotivista” se experimenta fragmentado, porque las emociones por sí mismas son inconexas y no le pueden ofrecer una visión holística de la realidad. Se percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento sin ningún horizonte y se identifica con ellas; y vive en la inmediatez y la inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción). Aplicado a la vida espiritual, el “emotivista religioso” hace depender la fe de la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento y a lo placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los santos la revelación privada (…). El “emotivista” resulta más fácilmente manipulable, y por eso también en la vida espiritual existe el peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un “bombardeo emocional”, lo cual podría considerarse una forma de “abuso espiritual”. Tal abuso puede manifestarse en forma “presión emocional del grupo”, que hace que los individuos se vean obligados a “sentir” lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia. E incluso a través de la utilización de falsas experiencias sobrenaturales o místicas (“falso misticismo”), que desvirtúan una auténtica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral.
Por todo ello, los obispos concluyen que “resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales (…); porque, sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente (…), es presa de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos (…)”.
La nota era, cuanto menos, poco esperable y verdaderamente sorprendente en sus contenidos. Y a ella se produjeron tres reacciones que me gustaría destacar: la primera, la que ha tenido menor repercusión, dos artículos de Pablo Ginés, carismático, en Religión en Libertad, dándose por aludido, imagino, contra-argumentando, en dos textos aparecidos con dos días de diferencia y a sólo dos días de la aparición del documento episcopal, titulados respectivamente “Emociones, Espíritu Santo, evangelización… no se entiende bien qué piden los obispos” y “Por qué digo que es confuso el documento de los obispos sobre el emotivismo”. Básicamente, su argumento puede resumirse en que la nota no es clara ni delimitada y no va a ser útil a nadie, porque “dispara con perdigones, muy en general, sin apuntar, sin dar nombres, sin aclarar… «Alguien hace algo no muy bien hecho y alguien debería hacer algo para que deje de hacerse». Parece más un documento de pastoral, poco afinado, que uno de doctrina (…). Esta nota es terriblemente imprecisa, y por ello imprudente e injusta«. Parece que la nota le ha producido mucho escozor.
Además de estos dos artículos, está el de José Manuel Vidal en Religión Digital, “Cor ad cor loquitur: cuando los obispos se atreven a decirle a los nuevos movimientos que no basta con sentir”, publicado al día siguiente de la aparición del a nota doctrinal, el 4 de marzo. Vidal destaca que Cor ad cor loquitur “es, probablemente, el mejor texto que la Conferencia Episcopal ha producido en años sobre pastoral juvenil. Equilibrado, fino, nada histérico y, sin embargo, valiente en sus advertencias. Los obispos han sido capaces de reconocer la sed espiritual de los jóvenes y el atractivo de ciertos movimientos del llamado “giro católico” –Hakuna, Effetá, Emaús, las HAM, Iesu Communio y otras realidades afines-, sin entregarse a la fascinación acrítica ni caer en el anatema. Hacía falta un texto así. Ante los masivos conciertos y las conversiones a cientos, se estaba necesitando que alguien con autoridad dijese que no todo lo que emociona en nombre de Jesús conduce a la verdad del Evangelio ni al compromiso real con el Reino”. Para Vidal, “el documento episcopal pone el dedo en la llaga, cuando alerta de propuestas que “atraen a los jóvenes por la vía de la emoción, pero no los conducen suficientemente a la verdad de la fe ni a una inserción real en la comunidad eclesial”. Traducido: mucho sentimiento, escasa mistagogía; mucha identidad de grupo, poco Evangelio digerido en comunidad adulta; mucha fiesta y poco compromiso con los pobres, la ‘carne de Cristo’. Las advertencias son veladas, sí, pero el destinatario aparece nítido entre líneas. Cuando los obispos hablan de dinámicas que “construyen pertenencias fuertes alrededor de líderes carismáticos”, o de itinerarios que absolutizan una forma de oración o de estética litúrgica como “la” experiencia cristiana auténtica, resulta difícil no pensar en Hakuna, Effetá, las Ham, Iesu Communio y otras realidades nuevas que orbitan en el ecosistema del “giro católico”. No le queda más remedio al autor del artículo que reconocer finalmente que “la verdad es que no las nombran en absoluto, pero las describen con precisión, al asegurar que reclutan por impacto emocional, que generan burbujas de identidad muy potentes y que, con frecuencia, viven en una tensión ambigua con la pastoral ordinaria de las diócesis y de las parroquias”.
Puede sorprender que Religión Digital con esta nota-masaje-defensa al mensaje de los obispos, de cuyas aportaciones económicas se sostienen, aunque tengan un número muy reducido y decreciente de lectores. Por es en realidad muy intencional porque, allí donde la nota episcopal no menciona ningún nombre, Vidal sí lo hace en su artículo, disparando contra realidades neoconservadoras que a un progre de manual como él le disgustan profundamente. Así, ataca, amparado en la nota de los obispos. Curiosamente, sin embargo, no menciona a la Renovación Carismática…
Finalmente, apareció un tercer artículo, escrito por Jesús Bastante en el medio de izquierdas El Diario, que venía a decir que “los obispos denuncian el bombardeo emocional de Hakuna o Emaús puede acabar en abuso espiritual”. La CEE corrió veloz a desmentir lo que consideraba que tergiversaba su nota doctrinal. Sin embargo, el mensaje en X de la Conferencia Episcopal fue posteriormente eliminado, presumiblemente por la propia Oficina de Prensa de la Conferencia.
Curiosamente, la CEE permaneció muda ante el artículo de Vidal en Religión Digital, mucho más incisivo. No sé si porque no lo lee nadie o porque es fuego amigo y prefieren mirar a otro lado. Personalmente, y aun estando en las antípodas del pensamiento de Vidal, estoy de acuerdo con él. Como decía un personaje televisivo: “perdonad, pero alguien tenía que decirlo”. Ya era hora de que la CEE advirtiera del riesgo de la irracionalidad y subjetividad del sentimentalismo en la experiencia de fe, por mucho que tire la piedra y esconda la mano, no atreviéndose a mencionar a ninguna realidad eclesial que abuse del componente emotivo en sus métodos de evangelización. Pero, a ver, si no se refieren a Efetá ni a Emaús, pero lo que denuncia la CEE son métodos basados en el emotivismo, ¿qué realidad eclesial existe más basada en el emotivismo y su irracionalidad que la Renovación Carismática, con sus desmayos, sus llantos y risas histéricos, su glosolalia? Si tiene cuatro patas, rabo, trompa y dos colmillos enormes… ¿Qué será?
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Ps. Para una comprensión en profundidad de la Renovación Carismática, recomiendo encarecidamente la lectura de Charismania. The truth about the Charismatic Renewal, de Kennedy Hall.