Comienza el Tiempo de Pasión

Comienza el Tiempo de Pasión

Desde esta tarde, con las primeras Vísperas del domingo, la Iglesia entra en el llamado Tiempo de Pasión, el tramo final de la Cuaresma. Quedan dos semanas para la Pascua y la liturgia cambia de tono de forma clara: se vuelve más sobria, más directa y más centrada en el misterio de la Pasión de Cristo.

Conviene precisar que esta estructura está definida con claridad en la liturgia tradicional, donde existe propiamente un “Tiempo de Pasión” como fase diferenciada. En la forma nueva de la liturgia, en cambio, esta distinción desaparece y toda la Cuaresma se presenta de manera unificada, sin división oficial de periodos.

Por qué cambia la liturgia

La lógica es sencilla: la Iglesia deja de añadir elementos y empieza a quitar. Durante semanas ha preparado al fiel; ahora concentra todo en lo esencial. Por eso desaparecen algunos elementos de alabanza más expansiva y se reduce lo accesorio.

En la liturgia tradicional esto se ve con claridad: se omiten ciertas fórmulas como el “Gloria Patri” en varios momentos, desaparece el salmo inicial de la Misa y el conjunto adquiere un tono más austero. No falta nada importante; se elimina lo que podría dispersar la atención.

En la liturgia actual estos cambios no se producen de forma obligatoria ni sistemática. El tono cuaresmal se mantiene, pero sin ese endurecimiento progresivo tan marcado.

El detalle más visible: tapar las imágenes

El signo más llamativo es el velo de las imágenes y las cruces con paños morados. En la tradición litúrgica, esto debe hacerse hoy, antes de las primeras Vísperas del domingo de Pasión. Las cruces permanecen cubiertas hasta el Viernes Santo, y las imágenes hasta la Vigilia Pascual.

No se cubre todo indiscriminadamente. La norma se refiere sobre todo a las imágenes destinadas al culto, especialmente las que están en los altares. Las que tienen función decorativa o catequética, como las del Vía Crucis en las paredes, no están obligadas a cubrirse. Además, el velo debe ser opaco, precisamente para impedir ver la imagen.

En la liturgia reformada tras el Concilio Vaticano II, esta costumbre no desaparece, pero deja de ser obligatoria. Se permite expresamente cubrir las cruces e imágenes a partir de estos días, pero se deja a criterio de cada lugar. Por eso, en la práctica, hay parroquias donde se mantiene, otras donde se aplica parcialmente y muchas donde simplemente no se hace.

Qué significa realmente ese “ocultamiento”

El gesto tiene un sentido preciso: ocultar lo visible para centrar la atención en lo esencial. En el Evangelio de estos días, Cristo comienza a sustraerse; la liturgia reproduce ese movimiento.

Al retirar las imágenes, la Iglesia obliga a no apoyarse en lo sensible. No es un rechazo de las imágenes, sino una forma de intensificar la contemplación del misterio de la Pasión. Se quita lo que ayuda, para forzar a ir más allá.

Menos gestos, más foco

La misma lógica se aplica a otros detalles. En la tradición litúrgica se eliminan gestos secundarios, como la incensación de imágenes o ciertas inclinaciones hacia ellas. Todo se dirige al altar y al sacrificio que se celebra.

En la forma actual, estos matices están mucho menos marcados. El resultado depende más de la sensibilidad de cada celebración que de una norma común estricta.

Entonces, ¿por qué hay procesiones?

Puede parecer contradictorio que dentro de la iglesia se oculten imágenes mientras fuera se multiplican las procesiones. No lo es. Son planos distintos.

La liturgia oficial reduce y concentra. La piedad popular, en cambio, expresa externamente el mismo misterio. Lo que se retira del altar puede aparecer en la calle sin conflicto.

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