Señor Salinas, no nos grite

Señor Salinas, no nos grite

El periodista peruano Pedro Salinas —quien, según su propio testimonio, ha sido contactado por el Papa para ayudarle a organizar una reunión con Gareth Gore, autor de un libro crítico sobre el Opus Dei— ha decidido dedicar parte de su espacio radiofónico, difundido en redes a través del diario peruano La República, a arremeter duramente contra InfoVaticana.

Lo ha hecho, además, en un tono destemplado, violento, impropio de quien presume cercanía y colaboración con el Papa. Más que argumentar, ha vociferado. Y, lo que es más revelador, lo ha hecho desde una comprensión sorprendentemente pobre  de lo que significa la crítica dentro de la Iglesia.

Conviene empezar por lo básico: nosotros no “exigimos” al Papa que pida perdón, sino una aclaración oficial de la situación de las fotografías. Entre otras cosas, porque sabemos perfectamente cuál es nuestro lugar. Lo que sí hacemos es expresar aquello que consideramos un error y explicar el dolor que provoca. También explicamos que en la tradición católica, pedir perdón no siempre es una humillación ni una derrota. Es un acto de verdad. Quizá este tipo de categorías resulten ajenas a quien parece analizar la Iglesia con esquemas más propios de la militancia política que de la vida eclesial. Salinas debería evaluar si salir renegando del perdón a gritos con esa mirada de ira hace un flaco favor a su defendido.

Porque ahí está, probablemente, el núcleo de su confusión. Para un católico, la idolatría a la Pachamama no es una cuestión estética ni simbólica: es algo grave. Y cuando se producen hechos que pueden interpretarse en esa clave —como ocurre con las imágenes publicadas por LifeSite—, lo razonable no es el insulto al que discrepa, sino la reflexión y, si procede, una rectificación.

Pero el señor Salinas no parece interesado en comprender esto. Más bien transmite la impresión de estar interpretando un papel. Da la sensación de que el periodista peruano sobreactúa buscando consolidar una posición de proximidad con Robert Prevost, mediante una confrontación artificial con quienes, en su mente, son sus enemigos. Como si necesitara construir un antagonista – InfoVaticana- para reforzar un relato con el que convertirse en una suerte de torpe escudero mediático del Papa. Entendemos que es algo tentador por la posición en la que está, pero señor Salinas, cálmese, no nos grite, y cuide su ego.

El problema es que el personaje se le ha ido de las manos. Cuando uno recurre a expresiones como sugerir que hagamos “un cucurucho” con nuestras informaciones y “nos lo metamos por donde ya sabemos”, o califica nuestro trabajo de “idioteces” y “estupideces”, deja de situarse en el terreno del periodismo —incluso del combativo— para instalarse en algo bastante más primario.

Porque el señor Salinas parece no haber entendido —todavía— algo bastante elemental: la Iglesia no funciona como un partido político, ni como una trinchera ideológica en la que todo se reduce a lealtades ciegas, a conspiraciones y a enemigos a abatir. Aquí no hay líderes perfectos ni militancias acríticas. Aquí hay una tradición bimilenaria en la que la corrección fraterna, la crítica fundada y el reconocimiento del error forman parte de la vida ordinaria de los fieles desde hace dos milenios.

InfoVaticana, por cierto, no es la caricatura que él necesita para sostener su relato de conspiración contra el Papa. No somos voceros de ningún movimiento, ni estamos financiados por estructuras “conservadoras” a las que él alude con ligereza. De hecho —y esto quizá le sorprenda— hemos sido y somos críticos con el Sodalicio y con el Opus Dei. Probablemente con más profundidad, rigor y continuidad de lo que el propio señor Salinas está dispuesto a reconocer. Contamos, me atrevería a decir, con información más profunda y detallada que la del propio Gore. Pero claro, entender esto implica conocer aspectos de la Iglesia que Salinas, como no católico, todavía no comprende en absoluto. No obstante, le extendemos la mano y estamos dispuestos a explicárselos.

Su planteamiento, en el fondo, es extraordinariamente simplista: Salinas imagina una especie de gran batalla interna en la Iglesia, con dos bloques enfrentados, conspiraciones cruzadas y él mismo ocupando un lugar destacado como defensor de uno del bando en el poder. El problema es que esa batalla existe más en su cabeza que en la realidad.

No hay ninguna campaña difamatoria orquestada. No hay una conspiración opus-sodálite detrás de cada crítica. La realidad, como suele ocurrir, es bastante más compleja que sus consignas. Y exige algo más que exabruptos. Si el obispo Prevost fue muy negligente en el expediente abusos sexuales conocido como «caso Lute» en Chiclayo, aquí lo seguiremos denunciando (falta mucha información por publicar y la historia es truculenta); si el sacerdote Prevost participó en ritos de adoración a la Pachamama, aquí solicitaremos – por la confusión que provoca- rectificación y aclaraciones públicas. Y no por intereses espurios – por más que le cueste entenderlo- sino porque amamos a la Iglesia y queremos que funcione: porque al señor Salinas quizás le suena a ciencia ficción, pero para nosotros la Iglesia Católica es el vehículo para la salvación de todas las almas.

No buscamos un enfrentamiento con el señor Salinas. Sería fácil, incluso rentable desde el punto de vista mediático, dada su proximidad a determinados círculos. Pero no nos interesa en absoluto. Lo que sí nos parece oportuno decir —con claridad, pero sin necesidad de gritar— es que su intervención revela más desconocimiento que autoridad, más nerviosismo que firmeza, y más voluntad de protagonismo que verdadero interés por la verdad.

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