San Patricio encanta a las serpientes

San Patricio encanta a las serpientes
Saint Patrick [detail] by Adriaen Collaert, 1603 [National Gallery of Ireland, Dublin]. For the rest of Collaert’s painting, see below.

(Relatado a Jeremy Lott)

Es posible que hayan oído la leyenda de que San Patricio expulsó a las serpientes de Irlanda, pero estoy aquí para decirles que eso no es, exactamente, cien por ciento cierto. Ahora bien, es verdad que Irlanda no tiene serpientes hoy en día y también es verdad que San Patricio fue quien lo hizo. Pero el asunto es este: él no expulsó a esas serpientes.

No, él fue más astuto que ellas.

Las serpientes siempre estaban clavando sus colmillos en los irlandeses. Y a la gente, bueno, no le gustaba ni un poco que la mordieran. Así que todos dijeron: «Patricio, ¿no pueeeeedes hacer algo al respecto?».

En aquel entonces, Irlanda estaba infestada de serpientes desde Donegal hasta Cork y desde Galway hasta Wicklow. Pero había un lugar que a las serpientes les gustaba más, y era en las riberas del río Shannon, en Limerick.

Esas serpientes de Limerick eran tan abundantes en el suelo que los pescadores no podían lanzar sus sedales ni botar sus barcas. Si alguien llegaba a mirarlas de forma extraña, las serpientes tiraban dentelladas, siseaban y, en general, armaban un alboroto.

Y eso fue lo que hicieron cuando Patricio se les acercó y dijo: «Serpientes, tenemos que hablar». Patricio dejó que continuaran un momento y luego les replicó: «Dije hablar, no sisear».

«Esse sssinsentido humano cree que puede hablarnoss», dijo una víbora de foso a las otras serpientes, las cuales soltaron una buena carcajada de serpiente ante aquello.

«Sí, eso es lo que el tonto humano cree», dijo Patricio.

Esas holgazanas de Limerick se quedaron atónitas y se callaron. Un humano que pudiera hablar el lenguaje de las serpientes era algo nuevo para ellas. Finalmente, una gran pitón se aclaró la garganta. «Bueno, ¿qué es lo que quieress decirnoss, humano?», preguntó la pitón.

«Los irlandeses han estado hablando conmigo y creen que es hora de que se vayan», dijo Patricio.

Tal vez se pregunten por qué Patricio dijo «los irlandeses» y no «nosotros los irlandeses». Es porque él no era de aquí, pero eso no era lo que las serpientes se preguntaban en ese momento. No se lo preguntaban porque estaban enroscadas de rabia.

«¡Entonces los morderemoss! Morderemoss hasta al último de elloss», dijo una cascabel. Muchas otras se unieron con amenazas y siseos.

Nuevamente, Patricio dejó que se desahogaran un minuto antes de hablar. «Mis escurridizas vecinas, Irlanda es un lugar húmedo y frío para nosotros los humanos, ¡y somos de sangre caliente! ¿No tienen frío?», preguntó.

«Síííí», respondieron unas cuantas serpientes.

«¿Y no preferirían ir a donde hace calor?», preguntó Patricio.

«¡Síííí!», dijeron muchas más serpientes.

«Cascabel, ¿no te gustaría deslizarte por un agradable desierto de Texas? Y Víbora, ¿no preferirías descansar en las orillas del Nilo? Y Mamba, ¿no suena bien una isla en el cielo en una selva tropical africana?», preguntó.

Muchas serpientes asintieron con sus hocicos serpentinos.

«Bueno, entonces permítannos darles a todas unas largas vacaciones y, si no les gusta allí, siempre pueden volver», dijo Patricio.

Algunas serpientes empezaron a decir «síííí», pero entonces la más grande y mala de todas tomó la palabra.

«Apestass a mentirass, humano. ¿Por qué no debería sssimplemente comerte a ti en sssu lugar?», preguntó la anaconda.

Ahora bien, debo darle algo de crédito a Patricio aquí. No cedió al miedo que debió haber sentido. No, le dijo a esa gran serpiente: «Soy demasiado para que me tragues». Y, bueno, eso fue suficiente.

«Seguro que bromeass, humano. Puedo comer cualquier cosa que sse mueva, dessde un ratón hasssta un rinoceronte», anunció la anaconda.

Así que Patricio hizo una apuesta en ese mismo momento. Si podía nombrar algo que se moviera y que la anaconda no pudiera comer, todas las serpientes se irían a esas vacaciones. Y si no, bueno, él sería la cena.

Debió haber un brillo en sus ojos cuando dijo: «Cómete el río».

La anaconda siseó. ¡Atrapada por su propio alarde! Aun así, la gran serpiente lo intentó. Se deslizó un trecho en el río, abrió su gran boca e intentó succionar el agua.

No pasó mucho tiempo antes de que la corriente se la llevara. Y no sé mucho sobre las nociones religiosas de las serpientes. Pero si ellas también tienen santos, entonces Patricio es uno de ellos, por lo que hizo a continuación.

Él había ganado. La serpiente que se lo iba a comer estaba perdida, pero Patricio entró directamente al río. Nadó hacia ella y arrastró a esa gran serpiente hasta la orilla.

Esa anaconda tosió suficiente agua como para llenar un pequeño arroyo. Luego dijo: «Graciass por el resscate, humano. ¿Hay alguna possibilidad de que guardess este incidentte en ssecreto?».

Patricio le prometió a la anaconda que nunca se lo diría a nadie, y nunca lo hizo.

Esas serpientes estaban todas agradecidas por lo que hizo Patricio. Así que no le pusieron ninguna objeción para irse, por barco y por ave, a partes más cálidas de todo el mundo. Y, quién lo diría, les gustó África y América y los otros continentes a los que fueron y nunca regresaron.

Ahora, se preguntarán cómo sé todo esto, siendo Patricio el único humano allí aquel día y sin haber soltado él nunca prenda.

Bueno, yo no soy humano. Soy un leprechaun. Mi tatarabuelo Shadrach O’Shaughnessy lo vio todo desde los arbustos. Patricio también intentó ser más astuto que nosotros los leprechauns. El viejo Shadrach aprendió algo de las serpientes y, en cambio, fue más astuto que él. Pero esa es una historia para otro Día de San Patricio.

Scenes from the Life of Saint Patrick (whole)

Sobre el autor

Jeremy Lott es autor de muchos libros, el más reciente de los cuales es Los tres cerdos feroces y el lobo vegano.

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