Reunirse con León XIV ya tiene tarifa oficial: 500.000 euros

Reunirse con León XIV ya tiene tarifa oficial: 500.000 euros

ABC, que no suele caracterizarse precisamente por ejercer de azote del Vaticano, publica hoy sin rubor una noticia que, de ser cierta —y no hay motivo para dudarlo, porque la propia Iglesia parece haber decidido publicitarlo—, retrata con crudeza el estado de cosas: se buscan patrocinadores privados para financiar la visita del Papa, con tarifa mínima de medio millón de euros y recompensa explícita en forma de encuentro personal con el Pontífice.

No es una filtración hostil. No es una campaña anticlerical. Es, según todo indica, una oferta lanzada con naturalidad, casi con orgullo, como quien presenta un programa de patrocinio cultural o un palco VIP en una final de Champions. La Iglesia, que durante siglos predicó la gratuidad de la gracia y la radical igualdad de las almas ante Dios, aparece ahora organizando el acceso al Sucesor de Pedro con criterios propios de un departamento de marketing.

El problema no es solo estético, que ya lo es. Es teológico, eclesial y profundamente escandaloso. Porque aquí no estamos ante una donación discreta, ni ante el apoyo silencioso de benefactores, algo que siempre ha existido. Estamos ante la institucionalización de un sistema en el que la cercanía al Papa —símbolo visible de la unidad de la Iglesia— queda, de facto, condicionada por la capacidad económica.

Medio millón de euros como umbral de entrada. La cifra no es anecdótica: es un filtro. Define quién puede acceder y quién no. Y convierte lo que debería ser signo de comunión en un privilegio reservado a una élite económica. Mientras tanto, el fiel corriente —ese que llena parroquias, sostiene colectas modestas y transmite la fe en silencio— observa cómo se consolida una Iglesia en la que algunos entran por la puerta principal y otros, sencillamente, no entran.

La escena que se prepara es previsible. Veremos fotografías cuidadosamente encuadradas del Papa sonriendo, estrechando manos, bendiciendo con su presencia a empresarios y millonarios de la peor calaña, muchos de ellos sin la menor vinculación real con la vida de la Iglesia, pero con capacidad sobrada para firmar un cheque. Y esas imágenes circularán como prueba de cercanía, como si no fueran, en realidad, la escenificación de una distancia creciente.

Se dirá que es necesario financiar eventos, que la logística cuesta dinero, que alguien tiene que pagar. Todo eso es cierto. Pero no todo vale. No todo puede hacerse sin consecuencias. Porque cuando el acceso al Papa se asocia públicamente a una cifra concreta, lo que se erosiona no es solo la imagen, sino la credibilidad misma de la institución.

Durante siglos, la Iglesia ha sido acusada —a menudo de forma injusta— de vender lo que no es vendible. Hoy no hace falta exagerar. Basta con leer a ABC.

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