Nos han reprochado algunos lectores haber dado difusión a las fotografías de Robert Prevost participando en un ritual de la Pachamama en Brasil en 1995. El reproche es comprensible. No viene de la hostilidad, sino muchas veces de buenos seglares, sacerdotes, obispos e incluso cardenales que sufren al ver estas cosas y que perciben que al publicarlas se añade inquietud donde ya hay suficiente. No descarto que puedan tener razón. Tampoco tengo una certeza absoluta sobre cuál es siempre la mejor forma de actuar en estos casos.
Pero hay un punto que no puede eludirse: las imágenes existen. Y no son una interpretación, sino un hecho concreto. En ellas se ve un rito de la Pachamama con gestos claros: genuflexión, postración, palabras dirigidas a la tierra en un contexto de intercambio simbólico. Ese es el punto de partida. A partir de ahí pueden hacerse matices sobre la intención, el contexto cultural o la posible buena fe. Pero el acto, en sí mismo, no es neutro. Y no lo es porque hay gestos que, en el ámbito religioso, tienen un significado objetivo que no desaparece por la intención con la que se realizan. Reducirlos a una simple teatralización no evita la confusión.
La primera reacción ante esas imágenes no es necesariamente un juicio frío, sino algo más incómodo: una cierta desorientación. Cuando alguien a quien se tiende a situar en un plano alto aparece en una escena así, no solo se produce escándalo, sino también desconcierto. Se rompe una imagen. Y detrás no aparece algo excepcional, sino una realidad conocida: la debilidad humana. No es un descubrimiento agradable, pero tampoco es algo ajeno.
Ahora bien, reconocer esa fragilidad no puede servir como excusa. El hecho sigue ahí. Y un acto así, aunque se intente explicar como inculturación o como un gesto externo, resulta objetivamente desordenado. No debería haberse producido. Decirlo no es ensañarse, sino evitar deformar la realidad.
La cuestión de fondo no es solo lo que ocurrió hace treinta años, sino lo que puede ocurrir ahora. El problema es el silencio. Cuando hay confusión, el silencio no calma, la aumenta. El creyente necesita encajar lo que ve con lo que cree, y sin una palabra clara ese encaje se vuelve más difícil.
Esa palabra no tendría por qué ser defensiva ni evasiva. Al contrario, un reconocimiento claro de un error pasado no debilitaría la autoridad, sino que podría reforzarla. Mostraría que la verdad no se subordina a la imagen y que la humildad es compatible con el cargo. En un contexto de confusión, un gesto así no cerraría el debate, pero sí introduciría la claridad que ahora falta.
Este episodio no es aislado ni incomprensible. Se inserta en una lógica más profunda de crisis. En La Salette la Virgen no anunció un derrumbe definitivo, sino una purificación dolorosa, un combate en el que la fe se ve sacudida incluso en las más altas instancias, precisamente para ser depurada y restaurada. Leídas desde ahí, estas situaciones dejan de ser un absurdo y pasan a ser parte de una historia más grande, donde la confusión no tiene la última palabra. La esperanza no nace de negar los hechos, sino de saber que la Iglesia no se sostiene en la infalibilidad de los hombres, sino en una promesa que atraviesa incluso sus momentos más oscuros. Por eso, lejos de invitar al desaliento, este tiempo exige lucidez, firmeza y confianza.