El obispo de Amberes, monseñor Johan Bonny, ha dado un paso más en el debate sobre el celibato sacerdotal al anunciar su intención de ordenar hombres casados a partir de 2028. La propuesta, recogida por el portal francés Le Salon Beige, introduce un desafío directo a la disciplina vigente de la Iglesia latina y sitúa a Roma ante una decisión incómoda.
En su carta pastoral «Implementación del proceso sinodal en la diócesis de Amberes», Bonny no se limita a plantear una reflexión teórica, sino que asegura que trabajará activamente para identificar candidatos y prepararlos en los próximos años, con el objetivo explícito de llevar a cabo estas ordenaciones.
De propuesta a plan concreto
A diferencia de otros debates similares, el planteamiento del obispo belga no se presenta como una hipótesis abierta, sino como un proyecto con calendario.
Bonny sostiene que la ordenación de hombres casados cuenta con un “consenso casi total” dentro del Pueblo de Dios y afirma que la cuestión ya no es si se hará, sino cuándo y cómo.
Este enfoque convierte una discusión eclesial en una iniciativa práctica que, de materializarse, tendría implicaciones directas sobre la disciplina universal de la Iglesia.
La crisis vocacional como justificación
El argumento central es la falta de vocaciones en Europa occidental. El obispo describe una situación en la que los candidatos al sacerdocio célibe son prácticamente inexistentes en algunas diócesis.
Sin embargo, en lugar de plantear una revitalización de la pastoral vocacional, la respuesta propuesta pasa por modificar el modelo sacerdotal.
Una opción que, lejos de ser neutral, implica una transformación profunda en la comprensión del ministerio.
La excepción convertida en argumento
Bonny recurre a la existencia de sacerdotes casados en los ritos orientales y entre conversos como base para su propuesta.
Pero lo que históricamente ha sido una excepción regulada aparece ahora como precedente para una posible extensión generalizada en clave sinodal.
Un replanteamiento del sacerdocio
La carta va más allá de la cuestión disciplinar y apunta a una revisión del modelo sacerdotal, vinculando el celibato con problemas de transparencia, salud psicosocial y crisis de confianza tras los abusos.
En este contexto, el sacerdote deja de presentarse principalmente desde su configuración sacramental para ser considerado en función de su integración social y cercanía a la comunidad.
Presión en clave sinodal
El obispo enmarca su propuesta dentro del proceso sinodal, al que atribuye la legitimidad para impulsar este tipo de cambios.
Así, la ordenación de hombres casados aparece como parte de una reconfiguración más amplia de la Iglesia en Occidente, impulsada desde dinámicas locales pero con aspiración universal.
Roma ante un nuevo desafío
Los frentes se van multiplicando, la iniciativa de Amberes coloca así a la Santa Sede ante una nueva disyuntiva: intervenir para frenar el proyecto o permitir que avance, con el consiguiente impacto en toda la Iglesia.