La Iglesia católica en Islandia se encuentra en el centro de una creciente polémica tras unas declaraciones del sacerdote Jakob Rolland, canciller de la diócesis, que han llevado a las autoridades a estudiar la posible apertura de una investigación penal por supuesta “terapia de conversión”.
Una entrevista que desata la tormenta
Según informó The Catholic World Report, el conflicto se desencadenó después de que el sacerdote concediera una entrevista a la televisión pública islandesa (RÚV), en la que explicó la enseñanza de la Iglesia sobre la moral sexual y las relaciones homosexuales.
A raíz de sus palabras, la policía de la región de Reikiavik ha anunciado que analizará sus declaraciones para determinar si vulneran una ley aprobada en 2023 que prohíbe las denominadas “terapias de conversión”.
Diversos sectores han acusado al sacerdote de promover una supuesta conversión de la orientación sexual, alegando que la negativa a bendecir uniones del mismo sexo o a administrar la Eucaristía a personas que viven en dichas relaciones constituiría una forma encubierta de esa práctica.
“Cuando la ley humana choca con la ley de Dios”
Frente a estas acusaciones, el padre Rolland ha mantenido una postura clara: la obediencia a las leyes civiles tiene un límite cuando entran en conflicto con la ley divina.
“Sí, mientras las leyes estén alineadas con la ley de Dios, está bien. Pero cuando las leyes de la tierra y las de Dios chocan, prevalece la ley de Dios”, afirmó.
No es la primera vez que el sacerdote adopta esta posición. Ya en 2019 declaró que, en caso de negarse a celebrar un matrimonio entre personas del mismo sexo, asumiría incluso consecuencias legales: “Si tengo que ir a prisión, iré, pero eso no cambiará mi postura”.
Qué dice realmente la Iglesia
Lejos de cualquier planteamiento coercitivo, el sacerdote explicó que la Iglesia habla de “conversión” en un sentido espiritual: un cambio interior que forma parte de la vida cristiana.
“La orientación sexual es solo un factor entre muchos que pueden llevar a un estilo de vida que no es bueno para la persona ni para la sociedad”, señaló. Y añadió: “La conversión —el cambio del corazón— es una palabra clave en la vida diaria de los católicos”.
El padre Rolland subrayó además que todos los fieles, sin excepción, acuden a la Iglesia con sus propias luchas y pecados, buscando ayuda espiritual. En ese contexto, aclaró que las personas con inclinaciones homosexuales pueden recibir la Eucaristía, siempre que no vivan en relaciones contrarias a la enseñanza moral católica.
También rechazó que exista cualquier forma organizada de “terapia de conversión”: “No hay terapias de supresión organizadas, solo personas que hablan con un sacerdote, buscan consejo y apoyo en su vida espiritual”.
Reacción política y presión social
Las declaraciones han provocado una fuerte reacción en el ámbito político y mediático islandés. Organizaciones LGTB han exigido que el caso sea investigado como delito, mientras que figuras políticas han criticado abiertamente la postura de la Iglesia.
Desde el Parlamento, el diputado socialdemócrata Sigmundur Ernir Rúnarsson cuestionó el mensaje que, a su juicio, se transmite a las personas homosexuales y transexuales.
Por su parte, la ministra de Asuntos Exteriores, Þorgerður Katrín Gunnarsdóttir —católica—, expresó su preocupación y pidió a la Iglesia que no entre en conflicto con la legislación vigente ni con las políticas de diversidad.
Una Iglesia minoritaria en un país secularizado
El caso se produce en un contexto muy particular. Islandia, tradicionalmente luterana, se ha secularizado profundamente en las últimas décadas, hasta el punto de que el activismo LGTB se ha convertido, de facto, en uno de los pilares culturales dominantes.
La Iglesia católica, que apenas representa alrededor del 4% de la población, está formada en su mayoría por inmigrantes procedentes de países como Polonia, Eslovaquia o Filipinas. Sus sacerdotes, incluido Rolland —de origen francés—, son en gran parte misioneros.
Este carácter minoritario y extranjero contribuye a que la presencia católica sea percibida como ajena en el debate público, aunque su crecimiento empieza a ser visible, especialmente en ciudades como Reikiavik.
Crecimiento silencioso en medio de la presión
A pesar del clima adverso, la Iglesia católica en Islandia experimenta un crecimiento sostenido. Las misas, celebradas en varios idiomas, congregan a fieles de distintas nacionalidades, y no es raro ver templos llenos, incluso con asistentes de pie.
El propio sacerdote destacó recientemente el interés creciente de los jóvenes por la fe católica, en un contexto social marcado por la búsqueda de sentido: “Muchos buscan un ancla, respuestas a las preguntas de la vida, un lugar seguro y una comunidad”.