Durante años, desde ambientes ideológicos, mediáticos e incluso eclesiásticos, se ha intentado presentar el culto a la Pachamama como una simple expresión folclórica, una espiritualidad inofensiva vinculada a la naturaleza o una forma poética de religiosidad indígena. Pero la realidad, cuando se examina sin propaganda y sin cobardía moral, es mucho más siniestra. En pleno siglo XXI siguen apareciendo en Bolivia casos, testimonios e investigaciones periodísticas que vinculan ese culto con sacrificios humanos reales. No se trata de leyendas coloniales ni de exageraciones apologéticas. Se trata de hechos publicados por medios de comunicación, recogidos por periodistas identificados y respaldados, en algunos casos, por actuaciones judiciales.
El caso más brutal lo relató el periodista Ariel Melgar Cabrera en El Deber. En su información, publicada el 15 de marzo de 2024, se explica cómo la justicia de La Paz condenó a dos hombres por la desaparición de Shirley H. R. A., una joven madre de 25 años, cuya desaparición se remontaba a 2021. Según la Fiscalía y la investigación policial, la mujer fue engañada, dopada, trasladada inconsciente y enterrada en una mina del municipio de Palca como ofrenda a la Pachamama. No estamos ante una interpretación interesada ni ante una lectura simbólica de un rito ancestral. La tesis acusatoria asumida por la justicia boliviana fue exactamente esa: la víctima fue entregada como sacrificio.
La gravedad del caso destruye de un golpe toda la retórica sentimental con la que algunos pretenden envolver estos cultos. La víctima era una mujer joven, madre de dos hijos, y fue convertida en objeto ritual para obtener supuestos favores de la tierra. No hay aquí “sabiduría ancestral” que admirar, ni “espiritualidad de los pueblos” que romantizar, ni “diálogo intercultural” con el que blanquear el horror. Hay una lógica sacrificial, sanguinaria y profundamente anticristiana. Hay una divinización de la tierra que reclama sangre. Y hay hombres dispuestos a dársela.
Lo más inquietante es que no se trata de un caso aislado. El diario La Prensa, en una información firmada por la periodista Carmen Challapa, publicó un reportaje con un título inequívoco: “Los sacrificios humanos, práctica que pervive en el país”. El texto incluye el testimonio de un yatiri, es decir, de un especialista ritual andino, que afirma abiertamente que las ofrendas humanas se siguen haciendo, sobre todo en construcciones y minas. Su explicación no deja espacio para equívocos: la víctima es emborrachada hasta perder la conciencia, se realiza el ritual correspondiente y después se la entierra. No es una denuncia formulada desde fuera por enemigos culturales del mundo andino. Es una descripción interna del procedimiento.
Ese mismo artículo recoge también las palabras de la historiadora Sayuri Loza, quien explica que estos sacrificios responden a la creencia de que el alma del sacrificado debe quedar en el lugar para protegerlo. Se trata de una visión religiosa en la que la persona humana deja de ser imagen de Dios y se convierte en material utilizable para estabilizar una obra, custodiar una mina o atraer prosperidad. Es una degradación radical de la dignidad humana. El hombre deja de ser fin y pasa a ser instrumento. Y cuando la sangre inocente es incorporada al rito, el fenómeno deja de ser simplemente pagano para mostrar una dimensión inequívocamente demoníaca.
También Telemundo, en una pieza difundida por Al Rojo Vivo el 8 de noviembre de 2023, informó de que la fiscalía boliviana investigaba supuestos sacrificios humanos en una mina. La cadena hablaba del hallazgo de cadáveres en contextos relacionados con explotaciones mineras y de la sospecha de que las víctimas hubieran sido ofrendadas al llamado Tío de la mina, figura infernal asociada a cultos mineros en Bolivia. De nuevo aparece el mismo patrón: sangre, mina, ofrenda, superstición religiosa y un trasfondo espiritual tenebroso que no tiene nada de inocente.
A estas alturas, seguir diciendo que la Pachamama es apenas un símbolo cultural respetable o una expresión neutral de religiosidad popular no es ignorancia: es falsificación deliberada de la realidad. Los hechos publicados por El Deber, La Prensa y Telemundo obligan a llamar a las cosas por su nombre.
Y desde una perspectiva católica, el juicio no puede ser ambiguo. Todo culto que exige sangre humana, todo rito que busca favores mediante inmolaciones, toda espiritualidad que sustituye a Dios por la tierra divinizada y convierte al hombre en víctima propiciatoria pertenece al ámbito de lo idolátrico y, en su forma extrema, de lo demoníaco. No hay “puentes” que tender con una espiritualidad que degrada al hombre hasta convertirlo en material de ofrenda.
La cuestión ya no es si estas prácticas pueden ser reinterpretadas de forma simbólica en congresos académicos o en discursos eclesiásticos bienpensantes. La cuestión es que siguen existiendo ejemplos concretos, siguen apareciendo investigaciones, siguen surgiendo testimonios, y los medios bolivianos han documentado que los sacrificios humanos asociados a este universo religioso no son mera arqueología cultural.