Tres matices del Credo que conviene revisar en su versión española

Tres matices del Credo que conviene revisar en su versión española

Durante siglos los cristianos han recitado en la liturgia una de las formulaciones doctrinales más precisas jamás elaboradas por la Iglesia: el Credo niceno-constantinopolitano. No es una oración devocional improvisada, sino un texto conciliar nacido en medio de grandes controversias teológicas. Su función histórica fue fijar con exactitud la fe de la Iglesia frente a errores doctrinales muy concretos. Cada palabra fue elegida con cuidado. No es casualidad: los obispos reunidos en Nicea (325) y Constantinopla (381) buscaban expresar con máxima precisión la verdad sobre Cristo y la Trinidad frente a herejías que amenazaban la unidad doctrinal del cristianismo.

Por eso sorprende que, en la versión española del Credo que millones de fieles recitan cada domingo, se hayan introducido formulaciones que oscurecen o debilitan algunos de esos matices teológicos originales. No se trata de un problema menor de estilo literario. Se trata de traducciones que, en tres puntos concretos, transmiten una idea distinta —o al menos más confusa— que la que expresan el latín litúrgico y el griego original del concilio.

El primer problema aparece en una de las frases más decisivas del Credo: la relación entre el Hijo y el Padre. Durante décadas, en muchas traducciones modernas se sustituyó la expresión tradicional “consustancial al Padre” por fórmulas como “de la misma naturaleza que el Padre”. El término latino del Credo es consubstantialem Patri, traducción del griego homoousios, la palabra clave con la que el Concilio de Nicea cerró definitivamente la controversia arriana. Con ella se afirmaba que el Hijo no es simplemente semejante al Padre, sino que posee la misma sustancia divina.

No se trataba de una discusión semántica, sino de una cuestión central para la fe cristiana. Arrio sostenía que el Hijo era una criatura excelsa, pero no plenamente Dios. El concilio respondió introduciendo precisamente el término homoousios para afirmar la plena divinidad de Cristo.

Cuando ese término se diluye en una fórmula más vaga —“de la misma naturaleza”— el significado pierde precisión. “Naturaleza” puede interpretarse como algo similar o compartido en sentido amplio, mientras que “sustancia” señala identidad ontológica. Por esa razón muchas conferencias episcopales y la propia Santa Sede han insistido en volver a la traducción literal “consustancial”, que refleja mejor el original y el sentido dogmático del texto.

El segundo problema aparece en una frase aparentemente inocua: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.” En el latín litúrgico la construcción es distinta: Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam. El verbo credo rige directamente también esta cláusula. Es decir, el Credo no describe simplemente a la Iglesia con cuatro adjetivos; afirma que el cristiano cree en la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

La traducción española introduce una subordinada explicativa —“que es”— que transforma ligeramente la estructura de fe en una descripción. Puede parecer una diferencia mínima, pero altera el modo en que se percibe el acto de fe. El Credo no enumera características sociológicas de la Iglesia; afirma una realidad teológica que forma parte del contenido mismo de la fe.

El tercer problema es quizá el más sutil y, al mismo tiempo, el más extendido. El Credo dice en español: “resucitó al tercer día, según las Escrituras.” A primera vista parece una traducción correcta del latín secundum Scripturas. Sin embargo, la forma en que aparece en castellano induce a una interpretación equivocada: que creemos en la resurrección porque la narran las Escrituras, es decir, el Evangelio.

Ese no es el sentido del texto conciliar. La expresión procede directamente de la fórmula apostólica transmitida por san Pablo en 1 Corintios 15, donde se afirma que Cristo murió y resucitó “según las Escrituras”, es decir, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. El Credo no está indicando la fuente de nuestro conocimiento histórico, sino el cumplimiento del plan salvífico anunciado previamente en las Escrituras de Israel.

La colocación de la expresión en español, inmediatamente después de “resucitó al tercer día”, favorece una lectura epistemológica —“lo creemos porque lo dicen las Escrituras”— cuando el sentido original es profético: los acontecimientos de la Pasión y la Resurrección sucedieron conforme a lo anunciado por las Escrituras.

Estos tres ejemplos revelan un problema más amplio. Durante décadas, muchas traducciones litúrgicas optaron por simplificar el lenguaje teológico con el objetivo de hacerlo más accesible. La intención pastoral era comprensible, pero el resultado fue a menudo una pérdida de precisión doctrinal. La instrucción romana Liturgiam authenticam insistió precisamente en corregir esa tendencia y recuperar traducciones más fieles al latín original.

El Credo no es un texto cualquiera. Es la síntesis doctrinal que durante diecisiete siglos ha servido para reconocer la fe de la Iglesia frente al error. Precisamente por eso los concilios eligieron cada palabra con extremo cuidado. Cuando la traducción diluye esos términos, el resultado no es simplemente una frase más fácil de entender: es una afirmación teológica menos exacta.

No se trata de introducir erudición innecesaria en la liturgia. Se trata de respetar el contenido doctrinal de una profesión de fe que fue formulada en uno de los momentos más decisivos de la historia de la Iglesia.

Por esa razón sería razonable que las conferencias episcopales de lengua española revisaran cuidadosamente la traducción del Credo. El procedimiento existe: las traducciones litúrgicas son competencia de las conferencias episcopales, pero deben recibir posteriormente la confirmación de Roma.

El Credo fue redactado para proteger la precisión de la fe. Las traducciones deberían hacer exactamente lo mismo. Cuando una formulación oscurece el sentido original —aunque sea de manera involuntaria— lo más sensato no es ignorarlo, sino corregirlo. Porque en cuestiones de fe, a veces una sola palabra marca la diferencia entre una afirmación exacta y una afirmación ambigua.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando