Muere Jürgen Habermas, el filósofo de la razón secular que acabó admitiendo la necesidad pública de la religión

Muere Jürgen Habermas, el filósofo de la razón secular que acabó admitiendo la necesidad pública de la religión

La muerte de Jürgen Habermas cierra una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la Europa de posguerra. Fallecido el 14 de marzo de 2026 en Starnberg, a los 96 años, el pensador alemán fue durante décadas uno de los grandes arquitectos filosóficos de la modernidad liberal europea, un sistema que quiso reconstruirse después de las ruinas del siglo XX apelando a la razón, el consenso y los procedimientos democráticos. Su nombre quedó unido a la teoría de la acción comunicativa, a la defensa de la esfera pública y a la aspiración de fundar la convivencia sobre un diálogo racional entre ciudadanos emancipados de toda tutela dogmática.

Habermas representó como pocos la confianza de la filosofía alemana de posguerra en que una sociedad podía rehacerse moralmente mediante estructuras procedimentales y consensos discursivos. Esa esperanza, enormemente influyente en universidades, instituciones europeas y élites culturales, acompañó también un largo proceso de vaciamiento espiritual de Occidente. Mientras la filosofía pública se concentraba en perfeccionar las condiciones del diálogo, Europa avanzaba hacia una crisis más honda: la erosión de la verdad, la disolución de la autoridad moral, la fragmentación comunitaria y la creciente incapacidad de distinguir entre libertad auténtica y simple desarraigo.

Habermas fue, en ese sentido, uno de los pensadores más coherentes de una civilización que quiso conservar la dignidad humana después de haber cortado las raíces metafísicas y religiosas que la sostenían. Su empeño consistió en demostrar que la democracia liberal podía legitimarse a sí misma a través de la comunicación racional. El problema es que la historia reciente de Europa ha mostrado que los procedimientos no bastan cuando se debilita la verdad sobre el hombre. La razón moderna, desligada de toda referencia superior, no produce sociedades más justas o más humanas; con frecuencia ha servido para administrar con eficacia una decadencia moral presentada como progreso.

Por eso adquiere especial relieve uno de los momentos más significativos de su biografía intelectual: el diálogo que mantuvo en enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera, en Múnich, con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI. Aquel encuentro no fue una mera cortesía entre dos figuras prestigiosas, sino una confrontación de fondo entre dos modos de entender el destino de Europa. De un lado, el gran filósofo de la racionalidad secular. Del otro, el teólogo que quizá comprendió con mayor profundidad la crisis espiritual de Occidente.

Ratzinger llegó a ese debate con una ventaja que el tiempo no ha hecho más que confirmar: veía con extraordinaria claridad que una razón encerrada en sí misma, reducida a técnica, cálculo o procedimiento, termina volviéndose incapaz de juzgar sus propios fines. Había advertido ya que el gran peligro de Occidente no era un exceso de fe, sino una mutilación de la razón. Cuando ésta se separa de la verdad y del bien, deja de ser verdaderamente racional y se convierte en instrumento de poder. En Ratzinger había un diagnóstico de gran hondura: Europa no podría sobrevivir espiritualmente si renegaba de las fuentes cristianas que habían formado su conciencia moral, su idea de persona y su noción de dignidad inviolable.

Habermas, que nunca abandonó su marco secular, tuvo al menos la honestidad intelectual de reconocer en aquel intercambio algo que buena parte del progresismo europeo se negaba a admitir: que la religión no podía ser expulsada sin más del espacio público como si fuese un residuo irracional del pasado. Reconoció que las tradiciones religiosas conservaban contenidos morales y antropológicos que la razón secular no había sabido sustituir plenamente. Fue una admisión significativa, precisamente porque procedía de uno de los nombres más emblemáticos del pensamiento laicista europeo.

Aquel debate, publicado después bajo el título Dialéctica de la secularización, conserva su interés porque escenificó una inflexión histórica. No fue la victoria intelectual completa de Habermas, como a veces se ha querido presentar en ámbitos académicos, sino más bien la constatación de los límites del proyecto secular autosuficiente. El filósofo alemán afinó y matizó su posición, pero fue Ratzinger quien ofreció el diagnóstico más penetrante. Mientras Habermas buscaba fórmulas para integrar a la religión dentro de un marco discursivo secular, Ratzinger planteaba una cuestión más decisiva: si una civilización que rompe con la verdad sobre el hombre puede realmente seguir llamándose racional.

La muerte de Habermas invita así a un balance menos complaciente. Fue un pensador enorme, disciplinado, sistemático y decisivo en la configuración intelectual de la Europa contemporánea. Pero también fue, en buena medida, el filósofo de un mundo que quiso salvar las consecuencias cristianas rechazando sus causas cristianas. Su obra intentó dar una base estable a la convivencia democrática sin recurrir a la verdad revelada ni a un fundamento trascendente compartido. Ese esfuerzo merece ser conocido, pero no idealizado. Porque la Europa que siguió ese camino no ha entrado en una edad de plenitud moral, sino en una visible intemperie espiritual.

Frente a ese horizonte, la figura de Joseph Ratzinger emerge hoy con una estatura aún mayor. No sólo por su finura teológica o por su inmensa cultura, sino porque entendió antes que muchos que la crisis de Occidente era, en el fondo, una crisis de la razón misma, una razón empequeñecida por su negativa a abrirse a la verdad, a la naturaleza humana y a Dios. Si el diálogo con Habermas sigue leyéndose, no es sólo por el prestigio de ambos interlocutores, sino porque en él quedó registrado uno de los últimos intentos serios de la Europa culta por preguntarse de qué vive realmente una civilización. Y en esa pregunta, con el paso de los años, Ratzinger parece haber quedado en pie con más solidez que su ilustre interlocutor.

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