Lo que realmente significa la fertilidad

Lo que realmente significa la fertilidad

Por Francis X. Maier

Iré directamente al grano. El nuevo libro de Leigh Snead, Infertile but Fruitful [Infértil pero fecunda], es uno de los mejores testimonios personales que he leído en la última década. Es una historia «sencilla» en el mejor de los sentidos: concisa, íntima, totalmente franca y memorable. Habló, directa y bellamente, a mi propia familia, como lo hará a muchas otras. Volveré a él en un momento. Pero antes, algunos antecedentes útiles.

En un sentido general, la tasa de fertilidad de una cultura insinúa su carácter. También sugiere su salud. Engendrar y criar hijos es un asunto serio. Exige sacrificios. Pero para cualquiera que tenga un espíritu generoso, también crea amor y esperanza, y confianza en un futuro con sentido, porque el instinto de «sed fecundos y multiplicaos» (Génesis 1, 28; 9, 1) está grabado en la especie humana.

Rechazar eso tiene consecuencias. Y aquí hay un ejemplo. La tasa mínima de reemplazo para una población es de 2,1 hijos por mujer a lo largo de su vida. La tasa de fertilidad total en Europa Occidental era de alrededor de 2,66 a principios de la década de 1960. Había caído a 1,46 a finales de la década de 1990. Continuó bajando hasta un mínimo histórico de 1,34 en 2024. Eso es un descenso de la fertilidad del 50 por ciento en apenas dos generaciones. Los europeos musulmanes suelen tener una fertilidad algo mayor en promedio, pero la historia general es, no obstante, un colapso masivo y sostenido de la natalidad en todo el continente.

En cuanto a los Estados Unidos: a principios de la década de 1960, su tasa de fertilidad era de alrededor de 3,5, notablemente superior a la de Europa en aquel entonces, porque el Baby Boom estadounidense de la posguerra fue mayor y duró más tiempo. Pero la caída posterior fue más pronunciada. La tasa de fertilidad total de los EE. UU. se redujo a 1,59 para 2024. Por lo tanto, el descenso neto de la fertilidad en las últimas seis décadas es, de hecho, mayor para los Estados Unidos que para Europa en términos absolutos.

¿A qué se debe el colapso? Los factores son bastante obvios: el fácil acceso a la anticoncepción y al aborto; más mujeres en la educación superior y en la fuerza laboral; el aumento del costo de vida; una economía impulsada por el consumo; y el declive de las creencias religiosas.

El cristianismo fomentó firmemente los matrimonios permanentes y las familias numerosas. A medida que Europa se secularizó, esa presión moral desapareció. Hoy en día, la mayoría de los niños crecen viendo las familias pequeñas como lo normal. Su propia fertilidad se ajusta a la baja en consecuencia. Lo que hace que esta realidad sea tan difícil de revertir es que una modernidad arraigada en el yo soberano y sus apetitos materiales nos ha enseñado a muchos de nosotros a valorar estas características.

El resultado final es la pérdida de sentido de una cultura, una población envejecida con costos de atención médica en aumento, sostenida por una fuerza laboral cada vez más reducida. La respuesta económica necesaria al declive demográfico es la inmigración, llenando el vacío laboral con personas en edad de trabajar procedentes de regiones con mayor fertilidad. Pero el tipo de inmigración masiva necesaria para compensar la baja fertilidad suele provocar una amarga reacción política. Esto crea una fricción constante entre la necesidad económica y la ansiedad popular de las bases que ha impactado la vida de casi todas las naciones occidentales.

Basta de datos sociales. ¿Cómo se relaciona todo esto con Infertile but Fruitful?

Una de las respuestas (maravillosamente) irónicas a todo lo anterior es el número de mujeres hoy en día, muchas de ellas creyentes, que eligen deliberadamente tener familias numerosas. Una vez más, la fertilidad —el anhelo de formar parte de la llegada de una nueva vida al mundo— es inherente al ser humano. Eso puede significar hijos, o una vida de servicio a los demás en el celibato.

Pero todos, sin excepción, tienen la necesidad de ser fecundos, e ignorar esa necesidad deforma el corazón. Nuestra propia hija es madre de siete. Para mi esposa Suann, algunos de los años más difíciles de nuestro matrimonio fueron aquellos primeros ocho o diez en los que no pudo concebir o tuvo múltiples abortos espontáneos; esto, mientras las amigas a su alrededor daban a luz un hijo tras otro.

Los esposos pueden brindar amor y apoyo. Pero nunca podrán comprender plenamente el sufrimiento y la sensación de pérdida que siente, a nivel celular, la mujer que anhela tener un hijo pero no puede. Especialmente cuando la incapacidad de concebir resulta ser permanente.

Lo cual nos devuelve al conmovedor y hermoso libro de Leigh Snead. Snead escribe sin pretensiones ni falsa piedad. Su estilo es sencillo, íntimo y directo, y por ello resulta mucho más eficaz. Infertile but Fruitful: Finding Fulfillment When You Can’t Conceive es una especie de confesión. Es la crónica de una mujer talentosa que asume que tener un hijo será fácil, pero que en cambio crece —año tras año, fracaso tras fracaso— más comprometida con su matrimonio y su fe, precisamente debido a lo que desea pero parece no poder tener nunca.

Leigh Fitzpatrick Snead

A lo largo de los años, Snead y su marido intentan de todo para concebir, desde la PFN [Planificación Familiar Natural] hasta la asistencia médica profesional. Descubren que gran parte de esta última es moralmente inaceptable —la FIV [Fecundación In Vitro]— y, por tanto, no pueden recurrir a ella. Pero incluso la ayuda médica lícita resulta infructuosa.

Peor aún, no se encuentra ninguna razón biológica clara para el problema. Como resultado, uno de los puntos fuertes de la historia de la autora es la sección de «lecciones aprendidas», muy práctica, con la que termina cada capítulo; dicho llanamente, las cosas que la experiencia le ha enseñado y el consejo que ofrece a otras mujeres que recorren el mismo camino del Calvario, difícil e incierto.

Ella escribe que,

[A] medida que la idea de que realmente podría no quedar nunca embarazada se apoderaba de mi imaginación, la cruz de la infertilidad resaltaba con nitidez frente a la historia que yo me había estado contando sobre cómo sería mi vida, sobre cómo sería mi maternidad. La infertilidad era mi cruz. Y con el mismo fervor con el que había estado pidiendo a Dios que me diera un bebé, de alguna manera encontré el don de una gracia extraordinaria, y la cargué… y nuestras vidas enteras pasaron a estar más plenamente centradas en Cristo que en el embarazo.

Olvidamos con demasiada facilidad que Dios nunca abandona al alma fiel. Hoy Snead es muy madre; madre de cuatro hijos tesoros, todos adoptados y dos de ellos con necesidades especiales. Así pues, la lección del relato de la autora es simplemente esta: la fertilidad es del espíritu incluso más que de la carne. Es la voluntad y la valentía de amar.

Acerca del autor

Francis X. Maier es becario senior en estudios católicos del Ethics and Public Policy Center. Es autor de True Confessions: Voices of Faith from a Life in the Church.

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