Durante los últimos meses habíamos decidido no escribir una sola línea sobre la cuestión de Belorado. No por falta de información ni por desinterés, sino por una decisión consciente: no alimentar un episodio que desde el principio tenía demasiado de boutade, demasiado de comedia involuntaria y demasiado de señuelo mediático.
Ayer se produjo el desalojo definitivo del monasterio. El caso, en términos prácticos, quedaba cerrado. Un episodio triste, sí, que ha causado un daño evidente a la imagen de la vida contemplativa, pero que al menos llegaba a su final. Era el momento natural para bajar el perfil, cerrar el capítulo con sobriedad y permitir que el silencio devolviera cierta dignidad a una situación que durante años ha sido tratada como una guión cómico-surrealista propio de José Luis Cuerda.
Pero tras el desalojo, varios medios recibimos desde la archidiócesis un enlace de WeTransfer con fotografías tomadas en el interior del convento. Entre el material distribuido aparecían utensilios de cocina, una perola con judías secas, sartenes con restos de comida, polvo acumulado en una esquina y un ratón pixelado. Ese fue el material remitido a la prensa como epílogo informativo de todo el conflicto.
Con todo el respeto personal por el arzobispo Mario Iceta, la realidad es que la gestión de este caso ha sido comunicacional y pastoralmente fallida hasta su final. No se ha protegido a la vida religiosa del escarnio público, no se ha rebajado el tono mediático cuando era imprescindible hacerlo y, cuando por fin el caso se cierra con el desalojo, se decide prolongar el relato con un envío masivo de imágenes morbosas a la prensa que no suman absolutamente nada.
El contraste con otras situaciones más relevantes, además, resulta casi ofensivo. Hace unos meses fue detenido uno de los párrocos más importantes de esa misma archidiócesis acusado de engañar a menores para obtener fotografías desnudos. Un sacerdote con responsabilidades en campamentos donde participaban cientos de niños y cuya trayectoria previa a la detención policial incluía varios movimientos entre parroquias de Burgos a distintos pueblos que ameritaban una explicación. Un asunto gravísimo, muy feo, que afecta directamente a la confianza de muchas familias y que en estamos investigando a fondo.
En aquel caso no recibimos ningún WeTransfer. No hubo fotografías, ni dossier gráfico, ni una comunicación institucional destinada a tranquilizar a los fieles o a explicar lo sucedido. Hubo silencio. En cambio, para el episodio de Belorado —unas monjas desnortadas— se ha desplegado una coordinación mediática extraordinaria que culmina con el envío de imágenes morbosas del interior del convento tras el desalojo. Por si no habíamos tenido suficiente espectáculo.
Lo de Belorado merecía más prudencia. Lo que hemos visto, en cambio, ha sido un show que durante años ha ido acumulando capítulos innecesarios. Y el último, por desgracia, lo ha escrito torpemente la propia archidiócesis.