«E terra trahit vigorem»: El sacerdote y el altar

Por: Mons. Alberto José González Chaves

«E terra trahit vigorem»: El sacerdote y el altar

Anteo no nace sólo de la imaginación mitológica, sino de una memoria más profunda, casi geológica. Hijo de la Tierra, de Gea, la madre primordial que en la teogonía antigua engendra todo lo que vive, y de Poseidón, el dios del mar, señor de las profundidades móviles e inestables, Anteo poseía una doble herencia: la solidez de la tierra y el poder oculto de las aguas. Pero no extraía su vigor del padre, sino de la madre: no del elemento que se mueve, sino del que permanece.

Vivía en Libia, en los confines meridionales del mundo conocido, y obligaba a luchar a los viajeros, por una fidelidad instintiva a su naturaleza: era invencible mientras permaneciera unido a su origen. Lucano, en el libro IV de la Pharsalia, lo describe así:

«Hoc quoque, cum primum terris expulsus fuit,
proderat; in gremium matris nulloque fovente
decidit et viris redeuntibus altior exit»:

“También esto le aprovechaba: cuando por vez primera era expulsado de la tierra,
caía al regazo de su madre, sin que nadie lo sostuviera,
y al volver las fuerzas, se levantaba más alto.”

El verbo es preciso: proderat —“le aprovechaba”—. Aquello que parecía su derrota era, en realidad, su beneficio. Y Lucano continúa, penetrando aún más en el misterio de esa restauración silenciosa:

«Hoc quoque, quod fessus terrae se abiecerat, hostis
credebat vires; sed terrae adiutus ab ortu
excepit fessas refoventi numine membra».

“También esto: que si, agotado, se había arrojado a la tierra,
el enemigo lo creía sin fuerzas; pero él, ayudado por su origen terrestre,
recibía sus miembros fatigados, aliviados por la divinidad que los reanimaba.”

Aquí aparece la palabra decisiva, ortu: origen, nacimiento, principio. La tierra como principio vital: no meramente el suelo sobre el que está sino, sobre todo, aquello de lo que procede.

Y finalmente, Lucano formula la ley:

«Nil opus est artus adplicare laboribus;
stans etiam e terra trahit in sua membra vigorem».

“No necesita aplicarse a esfuerzos;
incluso estando de pie, de la tierra extrae el vigor para sus miembros.”

El verbo es exacto: trahit, extrae, atrae, absorbe. No recibe pasivamente: extrae de modo activo. La tierra no es solo un apoyo, sino una fuente continua de fuerza. E terra trahit vigorem: “de la tierra extrae el vigor”. Es una ley de dependencia vital.

Anteo no es fuerte por sí mismo, sino por contacto: mientras toca la tierra, participa de su poder generador; separado de ella, queda reducido a sí mismo, y en sí mismo no tiene fuerza suficiente para vivir. Su fuerza no es propia y autónoma, sino relacional; vive de una dependencia. Mientras toca la tierra, es invencible; separado de ella, muere. La tierra no es mero punto de apoyo: es fuente de energía regeneradora.

Anteo revela una verdad que pertenece tanto al orden espiritual como al natural. Hay seres cuya vida no consiste en afirmarse en sí mismos, sino en permanecer unidos a aquello de donde proceden; seres cuya fuerza no nace de la independencia, sino de la fidelidad. La ilusión moderna ha consistido en identificar la fuerza con la autonomía. Se ha enseñado al hombre a sospechar de toda dependencia, como si la libertad fuera una ruptura, pero la naturaleza enseña lo contrario: el árbol vive mientras permanece arraigado; el río es río mientras permanece en su cauce sin desmadrarse; el hijo se gesta dentro del seno materno. Anteo es fuerte mientras toca la tierra: separado de ella, no necesita ser herido para morir, le basta la suspensión.

Hay, en el orden sobrenatural, una tierra que es lo más que todas las visibles: es la piedra del sacrificio, el lugar donde el cielo toca la materia, el punto donde la eternidad se hace contemporánea. El altar no es un símbolo: es una realidad que no “representa” un sacrificio porque lo contiene. No recuerda una presencia, sino la realiza y reactualiza. El ara es la tierra en el sentido más radical: es origen, fundamento e irrenunciable punto de contacto.

El sacerdote, como Anteo, no posee en sí mismo la fuente de su fuerza: la recibe, no de una idea, de un sentimiento o de una memoria, sino de un contacto real, físico, concreto, cotidiano.

Que el ordenado in sacris —¡para eso!— vive de tocar el altar no es una afirmación poética, sino ontológica, porque la identidad sacerdotal no es psicológica, sino sacramental. No es sacerdote porque piense o actúe como sacerdote, sino porque ha sido configurado con Cristo Sacerdote, y esa compenetración encuentra su acto supremo en el Sacrificio. El altar es el punto de esa sintonía viviente: allí el sacerdote no recuerda a Cristo: es su instrumento, el otro Yo de Aquel a quien presta su voz y sus manos. En el altar, el sacerdote toca la fuente de su ser.

E terra trahit vigorem. De esa tierra extrae su vigor.

De ahí la delicadeza de los gestos del contacto: el beso al altar al comenzar el sacrificio no es mera cortesía ritual sino confesión de quien reconoce su origen, sabiendo que sin ese contacto no puede vivir; no es un gesto sentimental, sino vital. El sacerdote besa el altar como Anteo tocaba la tierra.

Hay una forma de debilidad que no proviene del cansancio, sino de la separación; no es la vulnerabilidad del combate, sino la del desarraigo del que ha sido suspendido en el aire. Por eso la victoria de Hércules no consistió en herir a Anteo, sino en alzarlo; no necesitó destruirlo: le bastó separarlo de la tierra.

Hércules, hijo de Zeus, el dios del cielo, venció al hijo de la tierra, no golpeándolo, sino arrancándolo de su madre. Mientras Anteo permaneció unido a Gea, ninguna fuerza podía dominarlo, pero, suspendido entre el cielo y la tierra, privado del contacto con su origen, perdió aquello que lo sostenía. Su derrota no fue una herida, sino una interrupción del contacto.

Esta es la tragedia más silenciosa que puede acontecer en una vocación sacerdotal: no el pecado visible, que hiere pero no destruye necesariamente la raíz, sino la separación progresiva, indolente e indolora, del altar. No es ruptura brusca, sino distancia creciente, física y cordial; no negación explícita, pero sí un olvido práctico. Una suerte de semivoluntaria suspensio a divinis sin apariencia de ex-communicatio.

El sacerdote no pierde su vigor de un día para otro: lo va perdiendo cuando deja de tocar la tierra de su origen, cuando el altar deja de ser el centro y se convierte en un episodio, cuando el sacrificio deja de ser vida y se torna función; cuando el contacto se hace infrecuente, o superficial, o distraído, o desamorado. Y entonces, aun en medio de mil actividades pastorales —en realidad, minado por ellas— comienza el debilitamiento imparable.

Porque si la tierra de Anteo era su madre, el altar es también un seno materno donde el sacerdote no solo encuentra su fuerza, sino su nacimiento continuo, volviendo cada día a ser lo que es. En el altar el sacerdote es rehecho. Cada Misa es una nueva regeneración de su sacerdocio: cada vez que pronuncia las palabras que no son suyas, y sostiene en sus manos lo que no puede comprender, e inclina su rostro ante el misterio que lo sobrepasa, toca la tierra de su origen.

Y de esa tierra extrae su vigor; no el de la juventud, la salud o la psicología, sino una robustez infinitamente más potente: la de su invencible configuración con Cristo. Tal energía no depende de la edad, del temperamento o de las circunstancias, sino del contacto. El sacerdote es fuerte no cuando se afirma a sí mismo, sino cuando permanece unido al altar.

A veces, en las excavaciones, el arqueólogo encuentra una piedra que no parece diferente de las otras, pero que revela ser el fundamento de todo el edificio. Todo lo demás ha desaparecido: muros, techos, columnas…, pero esa piedra permanece y en ella se comprende todo. El altar es esa piedra. Que desaparezca el reconocimiento social y eclesiástico, las compañías o seguridades humanas: mientras el sacerdote conserve el contacto con el altar, todo permanece.

Porque… E terra trahit vigorem.
De esa tierra extrae su vigor: ilusionada, incansablemente unido al altar del Sacrificio, que es el Corazón vivo de Jesús, no morirá.

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