DÍA CUARTO. San José, modelo de los padres

Por: Mons. Alberto José González Chaves

DÍA CUARTO. San José, modelo de los padres

Oración al Padre

Padre eterno, fuente de toda luz y de toda paternidad en el cielo y en la tierra:
tu Verbo hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, quiso aprender a obedecer y amar
en el silencio del hogar de Nazaret,
bajo la mirada vigilante y humilde de José, tu siervo fiel.
Tú quisiste confiar a este varón justo las dos maravillas más grandes de tu amor:
Jesús, tu Hijo amado, y María, la llena de gracia.
Haz que al contemplar su fe sin ruido, su obediencia pronta,
su fortaleza escondida y su corazón limpio y fiel,
aprendamos también nosotros a vivir el Evangelio en la sencillez de cada día,
a custodiar la gracia recibida
y a perseverar en el bien aun cuando la noche parezca larga.
Tu Hijo quiso vivir sujeto a José en la tierra,
porque en este santo Patriarca pusiste un misterio de paternidad espiritual
para toda tu Iglesia.
Concédenos, pues, que al acercarnos a él con confianza filial
aprendamos la fidelidad escondida de Nazaret,
la obediencia pronta a tu voluntad
y el amor silencioso que sostiene la vida cristiana.
Por Jesucristo, tu Hijo,
que quiso vivir sometido a la autoridad terrena del carpintero de Nazaret
y amarle con amor filial.
Amén.

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo, luz suave que llenó de gracia la casa de Nazaret.
Forma en nosotros el Corazón de Cristo según el modelo fuerte y fiel de San José,
para que aprendamos de él la obediencia silenciosa,
la pureza del alma y la fidelidad que no se cansa.

Tú que inspiraste a Teresa de Jesús un amor tan grande a este glorioso Patriarca, enciende también en nosotros ese mismo afecto filial,
para que experimentemos lo que ella misma afirmaba con tanta sencillez y firmeza:

«Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él…
no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.»

Amén.

José, cuando el Evangelio nos muestra tu vida en Nazaret nos deja entrever una escena de profunda humanidad y de incomparable grandeza, una escena tan sencilla en apariencia que el mundo podría pasar junto a ella sin advertir su misterio; pero en esa vida escondida se estaba formando el Corazón humano del Redentor y se estaba manifestando, de un modo silencioso, la verdadera dignidad de la paternidad. Porque allí, en aquella casa pobre y silenciosa, tú ejerciste una verdadera paternidad sobre el Hijo de Dios. No fue una paternidad aparente ni simbólica; fue real, concreta, cotidiana, hecha de gestos sencillos y de fidelidades constantes.

El Niño Jesús te miraba como a su padre; aprendía de tu ejemplo; escuchaba tu voz al despertar cada mañana y veía tus manos trabajar para sostener la vida del hogar. Te observaba en el taller, veía tu paciencia en las tareas humildes, tu seriedad en el trabajo bien hecho, tu rectitud en el trato con los demás; y así, en el silencio de la vida diaria, iba aprendiendo lo que significa vivir como hombre entre los hombres. Así quiso Dios que el Verbo eterno creciera bajo tu cuidado, aprendiendo de ti la obediencia, el trabajo y la fidelidad de cada día.

¡Qué misterio tan grande, José! El Hijo de Dios quiso necesitar de ti; quiso recibir de tus manos el pan cotidiano, quiso escuchar tus consejos y aprender de tu ejemplo la dignidad del trabajo humano. Aquel que había creado el corazón del hombre quiso también aprender del corazón de un padre la sabiduría sencilla de la vida familiar. Y en ese misterio se revela algo profundamente consolador para todos los padres: Dios quiso que su propio Hijo creciera bajo la guía de un padre humano.

En un tiempo como el nuestro, en que la paternidad aparece herida o debilitada, tu figura resplandece con una fuerza singular. Porque en ti se unen la autoridad tranquila del padre, la prudencia del guía y la paciencia del hombre que sabe esperar el crecimiento de los hijos. Tu autoridad no nacía del poder ni de la imposición, sino de la rectitud de tu vida. La verdadera paternidad tiene mucho de servicio y de sacrificio: consiste en sostener, en proteger, en orientar, en velar por el crecimiento de aquellos que han sido confiados al cuidado de un padre. Y todo esto lo viviste tú con una fidelidad que el Evangelio apenas menciona, pero que el cielo contempla con admiración.

Teresa, que experimentó tantas veces tu ayuda, hablaba de ti con una convicción que brotaba de la experiencia y que ilumina profundamente esta misión tuya: «No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud.» Porque quien aprende de ti aprende también a vivir con esa rectitud interior que sostiene la vida cristiana.

Enséñanos tú, José, padre y señor, esa paternidad fuerte y serena que no se impone con dureza, sino que guía con ejemplo; que no domina, sino que protege; que no abandona cuando llegan las dificultades, sino que permanece fiel incluso cuando el sacrificio parece grande. Haz que los padres cristianos aprendan de ti a sostener sus hogares con paciencia y con amor; que descubran en tu vida el valor de la fidelidad cotidiana, de la presencia silenciosa, de la autoridad que nace del servicio y no del dominio.

Y haz también que cada familia cristiana pueda parecerse, siquiera un poco, a aquella casa silenciosa de Nazaret donde Dios quiso habitar entre los hombres; donde el trabajo, la oración y el amor mutuo formaban una armonía sencilla y profunda, y donde tu corazón de padre custodió durante años el crecimiento humano del Salvador del mundo. Porque cuando un hogar se parece a Nazaret, allí habitáis tú, y María, y vuestro Jesús.

Oración conclusiva a la Santísima Virgen

María santísima, Esposa fiel del glorioso Patriarca San José
y Madre bendita de nuestro Señor Jesucristo:
tu vida estuvo inseparablemente unida a la de aquel varón justo
a quien Dios confió el cuidado de tus días y la custodia del Hijo eterno hecho Niño.

Tú conociste mejor que nadie la nobleza silenciosa de José:
su fe sin ruido, su obediencia pronta, su corazón limpio,
su trabajo humilde en el taller de Nazaret,
su vigilancia amorosa sobre el Niño que dormía bajo vuestro techo.

Tú viste cómo, día tras día,
sostenía la vida de la Sagrada Familia con el esfuerzo de sus manos;
cómo velaba por vosotros en las noches inciertas;
cómo obedecía a la voz de Dios
aun cuando el camino se abría entre sombras.

Y junto a él viviste Tú misma esa vida escondida que el mundo apenas conoce,
pero que el cielo contempla con admiración:
vida de oración profunda y trabajo humilde,
de mortificación silenciosa y fidelidad constante al designio de Dios.

Enséñanos, Madre Inmaculada, a amar esa vida escondida de Nazaret;
a descubrir la grandeza de lo pequeño,
la fecundidad del sacrificio silencioso
y la paz que nace de vivir enteramente para Dios.

Oh, María, cuánto te amó José y cuánto se alegraba su corazón al servirte;
Por eso hoy, con delicadeza humilde, nos conduce a Ti.
Porque el corazón de José, tan fuerte y tan noble,
sabe que nadie se acerca a Jesús con mayor seguridad que de tu mano.

Por eso acudimos hoy a Ti con confianza filial:
enséñanos a ir a José con amor;
haz que aprendamos a refugiarnos bajo su patrocinio,
a confiar en su intercesión poderosa y a imitar la fidelidad de su vida.

¡Qué dulce porfía!:
José, con elegante caballerosidad, nos conduce hacia Ti;
Tú, con sabiduría esponsal, nos llevas a José;
y ambos, con ternura de padres, nos poneis siempre con Jesús.

Que, tomados de vuestras manos unidas,
aprendamos a amar cada vez más al Señor
y a desear con toda el alma que su reinado se extienda en el mundo.

Haz, María, que el Corazón de tu Hijo reine en nuestras vidas,
en nuestras familias y en la Iglesia entera.
Y que, sostenidos por tu amor maternal y por la protección del glorioso San José, vivamos siempre en la fidelidad de Nazaret,
hasta el día en que podamos contemplar para siempre a Jesús en la gloria del cielo.
Amén.

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