Este 11 de marzo se cumplen veinticinco años de la beatificación de los 233 mártires valencianos que fueron asesinados durante la persecución religiosa en España entre 1936 y 1939. La ceremonia, presidida por san Juan Pablo II en la plaza de San Pedro del Vaticano en 2001, marcó un hito en la historia reciente de la Iglesia española al elevar a los altares a sacerdotes, religiosos y laicos que dieron su vida por fidelidad a Cristo.
Según recuerda la Archidiócesis de Valencia, aquel acto supuso uno de los momentos más significativos para la memoria de la Iglesia valenciana, al reconocer oficialmente el testimonio de fe de quienes murieron durante la violencia anticristiana de la Guerra Civil.
Una beatificación histórica en el inicio del tercer milenio
El domingo 11 de marzo de 2001, san Juan Pablo II presidió en la plaza de San Pedro la beatificación del sacerdote José Aparicio Sanz y de sus 232 compañeros mártires. Se trató de los primeros beatos proclamados por la Iglesia en el tercer milenio.
Entre ellos se encontraban sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, hombres y mujeres laicos —casados y solteros— pertenecientes a distintas profesiones y movimientos eclesiales, incluidos miembros de la Acción Católica. Todos ellos fueron asesinados entre 1936 y 1939 por permanecer fieles a su fe cristiana.
La ceremonia comenzó a las diez de la mañana con la entrada del Papa en la plaza de San Pedro. Tres hijos de mártires —José María Torres, María Luisa Díaz y María Adelaide Alonso— llevaron hasta el altar un gran relicario de plata con los nombres de los mártires grabados, obra del orfebre valenciano Antonio Piró y regalo de la Archidiócesis de Valencia.
Tras el rito inicial, el entonces arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, junto al cardenal Ricardo María Carles y el obispo de Lleida, Francisco Ciuraneta, solicitaron formalmente al Pontífice la beatificación de los siervos de Dios, acompañados por los postuladores de las causas. A continuación se leyeron breves notas biográficas de cada uno de los mártires.

El reconocimiento de san Juan Pablo II
Al pronunciar la fórmula de beatificación, san Juan Pablo II estableció que la memoria litúrgica de estos mártires se celebrara cada año el 22 de septiembre.
La elección de esta fecha no fue casual. Según explica la Archidiócesis de Valencia, el mes de septiembre de 1936 fue uno de los momentos más violentos de la persecución religiosa y ese día fue martirizado el mayor número de los nuevos beatos.
Cuando se proclamó la beatificación, la asamblea respondió con un solemne “Amén” y un prolongado aplauso mientras se descubría el tapiz con la imagen de los mártires colgado en la fachada de la basílica.
En su homilía, san Juan Pablo II definió a los nuevos beatos como un “modelo de coherencia con la verdad profesada”, subrayando que honran tanto a la Iglesia como al pueblo español. El Pontífice también quiso dejar claro que no participaron en luchas políticas o ideológicas, sino que fueron víctimas de la persecución religiosa.
En aquel contexto, el Papa también confió a la intercesión de los nuevos beatos una intención especial: el fin del terrorismo en España.

Una celebración multitudinaria
La misa de beatificación fue celebrada en español y latín y concelebrada por 56 cardenales, arzobispos y obispos. Entre los sacerdotes presentes se encontraban familiares de algunos de los mártires.
Tras la ceremonia en la plaza, se celebró una misa de acción de gracias en el interior de la basílica de San Pedro, presidida por el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco. Más de diez mil peregrinos participaron en la celebración, hasta el punto de que los responsables de seguridad del templo tuvieron que abrir espacios adicionales para acoger a los asistentes.

Un testimonio que no debe olvidarse
Al finalizar la celebración, san Juan Pablo II dirigió unas palabras especiales a los familiares de los nuevos beatos. El Papa recordó que detrás de cada mártir hay una historia personal concreta, con nombre y circunstancias propias, que convierte su vida —y su muerte— en un testimonio particularmente elocuente de fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
El Pontífice animó a los fieles a mantener viva su memoria y a dejarse inspirar por su ejemplo para ser testigos creíbles del Evangelio en el mundo actual. “Su testimonio no se puede ni se debe olvidar”, afirmó, invitando a promover una auténtica cultura de la vida mediante la palabra y también con gestos concretos.
Fuente: Archidiócesis de Valencia