Desde que estoy implicado en InfoVaticana he podido observar algo muy clerical, muy propio de ciertos ambientes eclesiásticos, que es profundamente preocupante. Existe en parte del clero —en todos y cada uno de los escalones de la jerarquía— una tendencia casi automática a pensar que cada vez que denunciamos abusos, incoherencias graves de vida o incluso casos de pederastia, lo que hay detrás no es un intento honrado de purificar la Iglesia, sino una conspiración.
Para algunos, cualquier señalamiento público de un sacerdote que ha cometido abusos o que ha llevado una vida incompatible con su ministerio no responde a una preocupación real por las víctimas ni al deseo de limpiar la Iglesia. Siempre tiene que haber un interés oculto. Siempre tiene que haber una estrategia. Siempre tiene que formar parte de algún plan maquiavélico contra alguien.
Se nos acusa a nosotros, a InfoVaticana, de participar en ese tipo de campañas. Como si cada denuncia que publicamos fuera una pieza dentro de una guerra interna de poder en la Iglesia. Como si todo obedeciera a cálculos, alineamientos o ajustes de cuentas.
Ahí aparece una incomprensión profunda por parte de muchos clérigos. Quizá porque viven demasiado tiempo dentro de dinámicas eclesiásticas donde todo se interpreta en clave de influencia, de equilibrios y de luchas internas. Un mundo donde cada movimiento parece formar parte de una carrera silenciosa hacia el poder curial o hacia determinadas posiciones dentro de la estructura eclesial.
Pero hay algo que muchos de ellos no parecen entender, y que sí entienden perfectamente los padres de familia: En todo lo que tiene que ver con menores, con abusos y con pederastia, a los padres de familia no nos mueven las conspiraciones. No nos mueven las guerras internas de la Iglesia ni las rivalidades entre sectores. Nos mueve el escándalo y nos mueve la responsabilidad. Cuando aparece un caso de abusos o de conducta gravemente escandalosa, lo que se busca es algo muy simple: que se investigue, que se depuren responsabilidades y que no vuelva a ocurrir.
Por eso convendría que algunos entendieran que cuando desde InfoVaticana denunciamos determinados casos no estamos participando en ninguna estrategia contra nadie. Detrás de muchas de esas denuncias hay algo mucho más sencillo: padres y madres de familia, fieles, católicos que no participan de ese juego de intrigas eclesiásticas.
Nos importa exactamente cero la ideología del sacerdote que comete un abuso o incurre en una conducta gravemente escandalosa. Da igual si es conservador o progresista, si pertenece a una sensibilidad u otra dentro de la Iglesia. Si acaso, cuando el implicado pertenece a ámbitos con los que uno se siente más próximo, la denuncia resulta todavía más dolorosa. Pero también más necesaria.
Porque el mundo real no funciona como en algunas sacristías parecen imaginar. En determinados ambientes clericales todo se interpreta como si la Iglesia fuera un tablero permanente en el que cada escándalo es una jugada contra alguien. Como si todo consistiera en eliminar rivales dentro de una partida interminable donde cada cual intenta sobrevivir sin que salga a la luz nada comprometedor.
“¿Qué tendrán contra este?” “¿Qué tendrán contra el otro?” “Seguro que es parte de una campaña”. Ese reflejo dice mucho de la mentalidad de quien lo formula.
Pero convendría que algunos entendieran algo muy básico: no hay ninguna conspiración. Lo que hay es una exigencia cada vez más clara por parte de muchos fieles. Queremos una Iglesia purificada, transparente y diligente cuando aparecen comportamientos incompatibles con el ministerio sacerdotal.
Una Iglesia sin omertá, sin encubrimientos y sin medias tintas. Y cuando denunciamos abusos o conductas gravemente escandalosas lo hacemos exactamente por eso: no para participar en ninguna guerra interna, sino para que la Iglesia deje de reaccionar como si cada escándalo fuera un problema de poder, en lugar de un problema de verdad, de justicia y de protección de los más vulnerables.