Por Brad Miner
Hamnet, la película de 2025 que ya ha ganado una gran cantidad de premios y es favorita para llevarse varios Oscar “Mejor”, entre ellos Película, Dirección (Chloé Zhao) y Actriz (Jessie Buckley), merece sus galardones. Basada en la novela de Maggie O’Farrell, reimagina el origen de la obra más famosa del mundo. (Alerta de spoiler, aunque aparece al final.)
Hamnet comienza con el encuentro y la unión de William Shakespeare y Anne Hathaway, llamada Agnes en el libro y en la película, porque el testamento de su padre se refiere a ella con ese nombre. O’Farrell, quien encontró el testamento de Richard Hathaway, ve “Agnes” como una especie de revelación acerca de la manera en que, históricamente, la fama de padres, hijos y maridos ha subsumido las identidades femeninas.
Hay algo de verdad en ello, aunque probablemente no en este caso. En la novela de O’Farrell, el apellido del dramaturgo nunca aparece. Él es simplemente “Will”. Así, en un intercambio justo por la marginación de Anne Hathaway por parte de la “historia”, O’Farrell y Zhao colocan a William Shakespeare en los márgenes del libro y de la película.
Y, aunque me parece algo afectado, eso no disminuye el poder de la película. Además, sabemos perfectamente quién está cortejando a Agnes.
Hamnet avanza lentamente a través de su cortejo: una especie de sueño de una noche de verano lleno de maravilla en lo que probablemente sea el Bosque de Arden. Agnes es una figura casi pagana, que recoge plantas medicinales y retoza con su halcón. ¿Es una bruja? Will, cuyo padre es guantero, le regala un guante de cetrería. Le cuenta la historia del amor desdichado entre Orfeo y Eurídice. Will y Agnes mantienen relaciones sexuales. Se casan y tienen tres hijos. Con el tiempo, Will se marcha a Londres.
En el corazón de Hamnet, por supuesto, está el niño, Hamnet, el único hijo varón de los Shakespeare, nacido junto con su hermana gemela, Judith, en 1585. (Su hija mayor, Susanna, había nacido dos años antes.) El verdadero Hamnet moriría de peste bubónica a los 11 años y está enterrado (al igual que su padre y su madre) en la Iglesia de la Santísima Trinidad en Stratford-upon-Avon.
La pérdida de un hijo es devastadora. Lo era incluso en el siglo XVI, cuando las muertes infantiles y de niños eran algo común. La película no sugiere explícitamente que Will se refugiara en Londres a causa del dolor, pero así parece, sobre todo porque no se nos da ningún indicio de que este joven padre afligido llegará a dominar la literatura del mundo angloparlante como nadie lo había hecho antes ni lo ha hecho desde entonces.
Tal vez su éxito, su fortuna y su obra no justifiquen un “abandono”. Pero tal vez no hubo abandono.
Después de todo, Agnes no era una muchacha desvalida. Cuando se casaron, Will tenía 18 años y ella 26. No sabemos cuándo Shakespeare dejó Warwickshire para ir a Londres, pero ciertamente fue después del nacimiento de los gemelos y puede que incluso después de la muerte de Hamnet. Anne habría tenido entonces poco más de treinta años.
Casualmente, Hamnet ha aparecido a los pocos meses de la publicación de un trabajo académico del profesor Matthew Steggle que refuta la premisa de Hamnet, según la cual Shakespeare abandonó a su familia por Londres y la fama. Steggle ha descubierto (y no solo él) que la señora Shakespeare probablemente visitó e incluso vivió con Will en Londres, y que su vínculo era fuerte.
Por supuesto, eso es historia, no drama, y además historia reciente. Y en cierto modo no importa, ya que O’Farrell y Zhao no trabajan con hechos sino con ficción, situada en un contexto histórico. Dicho esto, la premisa de que Hamlet se inspiró en la muerte de Hamnet también es rechazada por los estudiosos. Y tampoco importa que no aborden las cuestiones de la “autoría” o del “catolicismo recusante”.
Pero en un brillante acierto de reparto, perfectamente alineado con la premisa de la película, el Príncipe de Dinamarca es interpretado por Noah Jupe, el hermano mayor en la vida real de Jacobi Jupe, quien interpreta a Hamnet. Así, cuando Agnes viaja a Londres con su hermano y se une a los groundlings para ver una representación de Hamlet, queda doblemente conmocionada al oír un nombre y ver un rostro tan semejantes a los de su hijo muerto.
Diré algo más sobre la actuación de Jessie Buckley en un momento, pero antes me detengo a elogiar la interpretación de Jacobi Jupe como Hamnet.
No se parece a nadie tanto como a un Orson Welles de diez años. (Solo puedo esperar que tenga una carrera tan exitosa como la de Welles, aunque sin las sucesivas esposas y amantes ni las frecuentes y escandalosas falsedades.) Nunca he visto una actuación mejor en un actor tan joven: encantadora, inteligente y emocionalmente perfecta.
Podría decir lo mismo de Jessie Buckley, salvo que las emociones de Agnes, crudas y rugientes en su dolor, en dos momentos rozan lo histriónico. Si fue decisión de Buckley o de la por lo demás contenida Chloé Zhao, no lo sé.
El ganador del Oscar a Mejor Película de 1998, Shakespeare in Love, sugería que el dramaturgo sacudió el polvo provinciano de sus botas y se entregó a sucesivas aventuras amorosas en el sofisticado Londres. Era una comedia de enredos digna del Bardo. Veinte años después, Kenneth Branagh protagonizó y dirigió All Is True, la historia del regreso de Shakespeare desde Londres a Stratford-upon-Avon, un relato bastante sombrío de homosexualidad sublimada y amargura familiar, con la escandalosa sugerencia de que Hamnet se suicidó.
¡Oh, qué necios son estos mortales!
De las tres, Hamnet es la mejor película. Porque justo cuando uno piensa que está asistiendo a un ataque neofeminista contra Shakespeare, y que Agnes va a irrumpir en el estreno de Hamlet con acusaciones airadas de la deserción de Will, ella contempla la obra y queda cautivada por ella.
Es muy parecido a las escenas culminantes de Shakespeare in Love, cuando toda la locura picaresca de la enrevesada trama de la película se disuelve en el hechizo de Romeo y Julieta.
Hamnet termina con una de las escenas más conmovedoras que he visto en años. El príncipe Hamlet, muriendo por el pinchazo de la espada envenenada, se desploma en el proscenio, con el brazo extendido: «El resto es silencio». Los groundlings se adelantan, como sin duda habrían hecho en el Globe en 1601, extendiendo las manos hacia el actor. Agnes/Anne está entre ellos. Will, entre bastidores, llora.
Así que quizá no abandono sino redención, porque, a diferencia de Orfeo, Will nunca miró atrás.
Brad Miner, esposo y padre, es editor sénior de The Catholic Thing y miembro sénior del Faith & Reason Institute. Fue editor literario de National Review y tuvo una larga carrera en la industria editorial. Su libro más reciente es Sons of St. Patrick, escrito con George J. Marlin. Su exitoso The Compleat Gentleman está ahora disponible en una tercera edición revisada y también como audiolibro en Audible (leído por Bob Souer). El Sr. Miner ha servido como miembro del consejo de Aid to the Church in Need USA y también en la junta de reclutamiento del Selective Service System en el condado de Westchester, Nueva York.