Oración al Padre
Padre eterno, fuente de toda luz y de toda paternidad en el cielo y en la tierra:
tu Verbo hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, quiso aprender a obedecer y amar
en el silencio del hogar de Nazaret,
bajo la mirada vigilante y humilde de José, tu siervo fiel.
Tú quisiste confiar a este varón justo las dos maravillas más grandes de tu amor:
Jesús, tu Hijo amado, y María, la llena de gracia.
Haz que al contemplar su fe sin ruido, su obediencia pronta,
su fortaleza escondida y su corazón limpio y fiel,
aprendamos también nosotros a vivir el Evangelio en la sencillez de cada día,
a custodiar la gracia recibida
y a perseverar en el bien aun cuando la noche parezca larga.
Tu Hijo quiso vivir sujeto a José en la tierra,
porque en este santo Patriarca pusiste un misterio de paternidad espiritual
para toda tu Iglesia.
Concédenos, pues, que al acercarnos a él con confianza filial
aprendamos la fidelidad escondida de Nazaret,
la obediencia pronta a tu voluntad
y el amor silencioso que sostiene la vida cristiana.
Por Jesucristo, tu Hijo,
que quiso vivir sometido a la autoridad terrena del carpintero de Nazaret
y amarle con amor filial.
Amén.
Invocación al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo, luz suave que llenó de gracia la casa de Nazaret.
Forma en nosotros el Corazón de Cristo según el modelo fuerte y fiel de San José,
para que aprendamos de él la obediencia silenciosa,
la pureza del alma y la fidelidad que no se cansa.
Tú que inspiraste a Teresa de Jesús un amor tan grande a este glorioso Patriarca, enciende también en nosotros ese mismo afecto filial,
para que experimentemos lo que ella misma afirmaba con tanta sencillez y firmeza:
«Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él…
no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.»
Amén.

José bendito, cuando el alma se detiene a considerar tu vida, no sabe bien por dónde comenzar, porque todo en ella habla de una grandeza tan escondida que sólo se descubre cuando se mira despacio a la luz de Dios. No fue tu grandeza, José, la de los hombres que hacen ruido en el mundo, ni la de los que buscan ser vistos: tu grandeza estuvo en la misión que el Padre eterno quiso confiarte. Porque a ningún hombre se le encomendó jamás un tesoro semejante. El Padre te entregó a su propio Hijo. Tú llevaste en tus brazos al Verbo hecho carne; tú velaste el sueño del Niño que había creado las estrellas; tú enseñaste a caminar al que había trazado los caminos de la tierra; tú diste pan al que es Pan de vida. Y lo hiciste con la humilde naturalidad de tu alma unida al Dios de Israel.
Santa Teresa, que tanto trató contigo y tanto habló de tus mercedes, se admiraba profundamente de esto: de que el Señor se hubiese fiado de un hombre hasta ese punto. Y decía con la sencillez que nace de la experiencia: «No me acuerdo hasta ahora —escribe— haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.» No es maravilla, José, porque quien fue custodio de Cristo en la tierra no puede dejar de cuidar ahora de los que pertenecen a Cristo.
Tú defendiste al Niño cuando Herodes lo buscaba para matarlo; escuchaste en la noche la voz de Dios que te mandaba huir, y sin tardanza tomaste al Niño y a su Madre y partiste por caminos inciertos hacia Egipto. Velaste sobre ellos en el destierro, y los guiaste de nuevo hasta la paz escondida de Nazaret. Todo eso lo hiciste en silencio. Bastaba para ti saber que Dios lo quería.
Y así pasaron los años de Nazaret, entre el trabajo del taller, el cuidado de la casa y la vida sencilla de cada día. Allí enseñaste al Niño Jesús el oficio de las manos, y el mismo Creador del mundo quiso aprender de ti el trabajo humano. Cuando pienso en esto, comprendo que Dios gusta de esconder sus mayores maravillas en la humildad. Pero también entiendo otra cosa que me toca muy de cerca: que también a mí se me ha confiado a Cristo. Lo he recibido en la fe, en la gracia; lo recibo en la Eucaristía. Él habita en mi alma como en un pequeño Nazaret interior. Y, sin embargo, ¡cuántas veces vivo como si no llevara ese tesoro!
Por eso acudo a ti, José, padre y señor mío: enséñame a custodiar a Jesús como tú lo custodiaste; enséñame tu vigilancia amorosa que no se cansa, tu silencio fuerte que protege lo sagrado, tu fidelidad humilde que no busca aplausos. Y si el mundo, como otro Herodes, quiere arrancar a Cristo de mi vida, dame tu valentía tranquila para defenderlo.
Guarda tú, José, lo que Dios ha puesto en mis manos; yo sé bien que si tú velas por mí como velaste por Jesús, no me faltará nunca el amparo del cielo.
Oración conclusiva a la Santísima Virgen
María santísima, Esposa fiel del glorioso Patriarca San José
y Madre bendita de nuestro Señor Jesucristo:
tu vida estuvo inseparablemente unida a la de aquel varón justo
a quien Dios confió el cuidado de tus días y la custodia del Hijo eterno hecho Niño.
Tú conociste mejor que nadie la nobleza silenciosa de José:
su fe sin ruido, su obediencia pronta, su corazón limpio,
su trabajo humilde en el taller de Nazaret,
su vigilancia amorosa sobre el Niño que dormía bajo vuestro techo.
Tú viste cómo, día tras día,
sostenía la vida de la Sagrada Familia con el esfuerzo de sus manos;
cómo velaba por vosotros en las noches inciertas;
cómo obedecía a la voz de Dios
aun cuando el camino se abría entre sombras.
Y junto a él viviste Tú misma esa vida escondida que el mundo apenas conoce,
pero que el cielo contempla con admiración:
vida de oración profunda y trabajo humilde,
de mortificación silenciosa y fidelidad constante al designio de Dios.
Enséñanos, Madre Inmaculada, a amar esa vida escondida de Nazaret;
a descubrir la grandeza de lo pequeño,
la fecundidad del sacrificio silencioso
y la paz que nace de vivir enteramente para Dios.
Oh, María, cuánto te amó José y cuánto se alegraba su corazón al servirte;
por eso hoy, con delicadeza humilde, nos conduce a Ti.
Porque el corazón de José, tan fuerte y tan noble,
sabe que nadie se acerca a Jesús con mayor seguridad que de tu mano.
Por eso acudimos hoy a Ti con confianza filial:
enséñanos a ir a José con amor;
haz que aprendamos a refugiarnos bajo su patrocinio,
a confiar en su intercesión poderosa y a imitar la fidelidad de su vida.
¡Qué dulce porfía!:
José, con elegante caballerosidad, nos conduce hacia Ti;
Tú, con sabiduría esponsal, nos llevas a José;
y ambos, con ternura de padres, nos ponéis siempre con Jesús.
Que, tomados de vuestras manos unidas,
aprendamos a amar cada vez más al Señor
y a desear con toda el alma que su reinado se extienda en el mundo.
Haz, María, que el Corazón de tu Hijo reine en nuestras vidas,
en nuestras familias y en la Iglesia entera.
Y que, sostenidos por tu amor maternal y por la protección del glorioso San José, vivamos siempre en la fidelidad de Nazaret,
hasta el día en que podamos contemplar para siempre a Jesús en la gloria del cielo.
Amén.