El sacerdote de la archidiócesis de Toledo Luis Gil Borrallo ha publicado una reflexión crítica sobre la reciente nota doctrinal de la Conferencia Episcopal Española (CEE) acerca del papel de las emociones en el acto de la fe.
En una publicación en la red social X, el presbítero plantea diversas dudas teológicas y pastorales sobre el documento episcopal y sobre algunos métodos de nueva evangelización a los que hace referencia.
Para mí, la Nota doctrinal de la CEE ‘sobre el papel de las emociones en el acto de la fe’ flaquea en tres aspectos fundamentales:
1. Movidas o no por el Espíritu Santo, todas estas iniciativas de nueva evangelización no han sido escrutadas – aún – a la luz de la Antropología Teológica y la doctrina de la Iglesia sobre la justificación. Muchos santos, movidos por Dios, legaron a la Iglesia modos concretos de vivir cristianamente bajo una regla, un modo de consagración personal… Y es posible que en el momento en que recibieron la moción divina para la difusión de estos modos concretos de vivir la fe, ni ellos mismos supieran explicar o entender en qué modo estas prácticas concretas suponían una ayuda para la vida de fe. Sin embargo, la Iglesia, posteriormente, a la hora de dar un ‘placet’ o un ‘nihil obstat’ (no sé si son los términos más adecuados), sí que ha tenido que examinar cuidadosamente el contenido de la propuesta. Y, bajo la aprobación, descansa el respaldo de la Iglesia, que empeña su palabra apoyada en la Revelación de Dios y en su propia capacidad de discernir. Ahora bien, el propósito de la nota doctrinal de la CEE es el de «ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas personas que se acercan a la Iglesia». Yo sostengo la siguiente postura : aunque la intención de la nota sea verdaderamente la arriba mencionada (‘de internis…’), la nota no aclara la consonancia o no de estas experiencias apostólicas con ese conjunto de actos que podemos calificar de «buenos» por estar ordenados al fin propio del sujeto que los realiza. Por tanto, ¿sobre qué debe descansar el discernimiento que hagamos? Podría objetárseme que, salvando a las personas que tengan una completa formación en Filosofía y Teología, el resto de fieles tampoco pueden dar razón de la consonancia o no de los actos de piedad que realizan a la luz de la Antropología Teológica (rezar el rosario, venerar una imagen del Señor, la Virgen o los santos…) y, sin embargo, lo siguen haciendo con provecho espiritual sin pedir mucha explicación. A esta objeción, respondo: Nicea II (787) y la bula ‘Consueverunt Romani Pontifices’ (1569) resuelven la cuestión del culto a las imágenes y el rezo del rosario en la Iglesia. El discernimiento de estas cuestiones queda resuelto a la luz de la autoridad de la Iglesia que produjo estas declaraciones. Ahora bien, en el caso de estas nuevas propuestas y, siguiendo con el ejemplo anterior, estamos hablando de que – sea por la razón que sea (y este es el matiz más importante de toda la cuestión) – el culto a las imágenes y el Santo Rosario no parecen los medios elegidos en un primer momento por estas propuestas de nueva evangelización porque estiman que hay otros más adecuados – que tampoco son, por ejemplo, los del Catecumenado ‘clásico’ ni NeoCatecumenal – para introducir en la vida cristiana a los que se acercan a la fe. Desconozco en qué consideración tienen los promotores de estas propuestas a sus propias propuestas: si alternativas, complementarias, sustitutivas, introductorias… (ese sería otro matiz). En todo caso, aquí viene la cuestión: si hay medios más adecuados que los que la Iglesia ha propuesto en su enseñanza perenne para un momento y un tiempo concretos, y sabiendo que la Iglesia tiene en Jesucristo y los sacramentos los medios más eminentes de salvación, y que el resto de prácticas religiosas se articulan en momentos históricos para ofrecer un cauce hacia Cristo y la vida sacramental, ¿a qué hombre retratan estos medios (que son acordes a los tiempos)? Si estas propuestas se dirigen a Cristo, ¿desde dónde comienzan a caminar? ¿A dónde se han ido a buscar al hombre y cómo le están levantando? ¿Le están diciendo a este hombre quién es, además de cómo está? ¿Se está afirmando con claridad que si el camino tiene más pasos que antes es, sencillamente, porque el punto de partida estaba más lejano? Expresado en lenguaje coloquial: esto ayuda porque «llega». La pregunta es: ¿a dónde? Y, sobre todo, es cierto que uno puede «llegar» hasta la profundidad de los abismos porque el hombre de hoy ‘está muy perdido’ Pero, ¡llegar allí no es suficiente! Llegas, sí, pero, ¿qué haces con él? ¿Le haces cosquillas o le ayudas a subir? Y, aquí es donde una explicación meramente fenomenológica – como las que abundan en los documentos magisteriales de los Obispos – es harto insuficiente. Decir que «el hombre está así…» o «el hombre está asá…» y «podemos alcanzarle así» o «podemos alcanzarle asá…» y luego invitar al discernimiento es quedarse a mitad de camino.
2. Aquí enlazo con la cuestión de los medios elegidos. Sobre ellos es sobre los que se opera el discernimiento. Según Santo Tomás de Aquino, las potencias espirituales (especialmente la voluntad y, en menor medida, el intelecto) pueden quedar viciadas o corrompidas por la exposición continua a entes (objetos, bienes aparentes o males) que las mueven en dirección opuesta a sus fines propios. Esto ocurre principalmente mediante la formación de hábitos viciosos (vicios), que son disposiciones estables hacia el mal moral, adquiridas por repetición de actos desordenados. El intelecto (potencia cognoscitiva) se ordena primariamente a la verdad (fin propio: conocer lo que es). No se «vicia» fácilmente en sentido moral estricto, porque su acto es especulativo o práctico, y el error no es pecado si no es voluntario. Sin embargo, puede quedar embotado, ciego o oscurecido por hábitos viciosos (como la ignorancia culpable o la imprudencia), especialmente cuando la voluntad desordena la búsqueda de la verdad (por curiosidad desmedida, soberbia o negligencia). La exposición continua a falsedades o bienes aparentes puede generar opiniones erróneas estables (hábitos de error), pero el vicio propiamente dicho reside más en la voluntad que permite o elige tales objetos. La voluntad (apetito intelectivo) se ordena al bien racional (fin propio: el bien verdadero, último fin: Dios). Es más susceptible de viciarse porque es libre y puede elegir bienes aparentes (placeres desordenados, poder, riqueza, etc.) como si fueran bienes verdaderos. La exposición continua a tales entes (por ejemplo, placeres sensibles excesivos, injusticias repetidas o bienes mundanos) genera hábitos viciosos que inclinan la voluntad hacia el mal de manera connatural y casi automática. Ahora bien (quid de la cuestión): los medios elegidos por todos estos sistemas de nueva evangelización, ¿qué calificación merecen a la luz de esta distinción de santo Tomás? ¿Orientan el intelecto y la voluntad a sus fines propios? La respuesta es – otra vez – preocupante: NO LO SÉ. No lo sé porque se me oculta y no lo sé porque no se discierne. Y la nota de la CEE, a este respecto, no dice nada de nada de nada. Ni siquiera empeñan su propia autoridad y palabra (habría que precisar exactamente en nombre de quién lo harían si lo hiciesen) como criterio de fiabilidad de que los medios son adecuados. Se limitan a advertir y prevenir (que es lo mismo que estoy haciendo yo) y a decir cómo deberían ser (que también lo estoy haciendo yo). Ahora bien, a la pregunta de cómo son, no se responde.
3. Y, el hecho de no responder a esta ultima pregunta que planteo es sintomática y significativa. Y me hace preguntarme qué intención alberga. ¿Saben que, de estudiar a fondo estas cuestiones, se verían en la necesidad de romper el secreto de algunos retiros para poder publicar sus conclusiones y eso iría en detrimento de los mismos? ¿Sospechan que quizá no todos los medios estén bien ordenados y estaríamos apoyando que el fin justifica los medios? ¿Temen que este «éxito pastoral» se diluya al ponerlo en la palestra?
Hay otras preguntas y dudas que no hago aquí pero que me preocupa sobremanera el hecho de que no puedo despejarlas satisfactoriamente.
