Que no te acusen de soberbia por comulgar de rodillas

Que no te acusen de soberbia por comulgar de rodillas

Hay una acusación que se repite con una ligereza sorprendente cada vez que alguien defiende la Misa tradicional o decide arrodillarse para recibir la comunión: la soberbia. No se ofrecen argumentos teológicos. No se citan documentos del Magisterio. No se demuestra que ese gesto contradiga la fe de la Iglesia. Simplemente se lanza la descalificación: “se creen mejores”, “quieren aparentar más fe”, “se sienten superiores”.

Es un recurso pobre, pero eficaz. Cuando no se puede atacar el gesto, se ataca el corazón de quien lo realiza. El debate desaparece y se sustituye por una sospecha moral. No se discute si arrodillarse es legítimo —algo que la tradición de la Iglesia ha considerado natural durante siglos— sino que se pretende juzgar la intención interior del fiel.

Y ahí está el abuso. Porque nadie puede saber qué hay en el corazón de otro. Nadie puede afirmar que un joven se arrodilla por soberbia, del mismo modo que nadie puede afirmar que quien comulga de pie lo hace por irreverencia. El interior de las personas pertenece a Dios, no a los observadores de turno que se arrogan el derecho de repartir diagnósticos espirituales.

La acusación, además, es profundamente absurda. Arrodillarse ha sido siempre el gesto clásico de la humildad cristiana. El creyente se arrodilla porque reconoce que no está ante algo ordinario, sino ante Cristo mismo. Doblar la rodilla es admitir la propia pequeñez. Convertir ese gesto en una prueba de soberbia exige invertir completamente su significado.

Lo más probable, de hecho, es exactamente lo contrario de lo que se insinúa. Muchos fieles —y especialmente muchos jóvenes— se arrodillan no porque se crean mejores, sino porque necesitan ese gesto para recordar ante quién están. Porque la forma, la tradición y el cuerpo ayudan a sostener una fe que saben frágil. No es una exhibición espiritual. Es una necesidad del corazón.

Por eso resulta tan injusto señalar a quien se arrodilla como si estuviera haciendo una declaración de superioridad moral. En realidad, lo único que está haciendo es adorar. Y hacerlo del mismo modo en que lo hicieron generaciones enteras de católicos antes que él.

Conviene decirlo con claridad: acusar de soberbia a quien se arrodilla ante la Eucaristía es un juicio temerario sobre el alma de otra persona. Y ese tipo de juicios revelan más sobre quien los pronuncia que sobre quien los recibe.

Por eso, si alguna vez sientes la presión de esas miradas o de esas insinuaciones, no aceptes ese chantaje moral. No dejes que te hagan creer que tu gesto de adoración es un acto de orgullo. Si tu conciencia te lleva a arrodillarte ante Cristo, hazlo con serenidad y con humildad.

Porque ante la Eucaristía no se trata de parecer mejor que nadie. Se trata simplemente de reconocer quién es Él. Y, ante Dios, la rodilla doblada nunca ha sido soberbia: siempre ha sido adoración.

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