Volví a Misa la Semana Santa pasada. Llevaba más de veinte años sin ir. No sé muy bien qué me llevó. Algo parecido a una llamada, aunque no sabía quién llamaba ni para qué.
El primer día que acudí a Misa diaria, en la capilla lateral de la iglesia, había dos filas de bancos ocupadas. Diez personas, puede que doce. Casi todos mayores. No sabía muy bien qué hacer con las manos ni cuándo arrodillarme. Pero algo pasó ahí, en ese silencio, en esa media hora, que me hizo volver al día siguiente. Y al otro.
Pasaron los meses. Y lo que empezó como un gesto –de rebeldía, de batalla cultural en un mundo sientes que se cae a pedazos, de lo que fuera– se convirtió en hambre. La Misa dejó de ser algo que yo hacía y empezó a ser algo que se me hacía a mí. Empecé a rezar el Rosario, torpe, distraído, perdiéndome en las decenas. Y descubrí que la Virgen no espera a que uno rece bien. Espera a que rece. Y con eso le basta para empezar a trabajar.
Hace unos meses me confesé por primera vez en más de dos décadas. Y a partir de ahí, la gracia se volvió algo que se nota en el cuerpo. Quien la ha recibido sabe de qué hablo: esa fuerza que aparece donde antes no había ninguna, esas situaciones en las que uno debería haber caído y no cae –no por virtud propia, sino porque hay algo que sostiene, que empuja suavemente, que te saca de donde no debes estar–. Quien no la ha recibido, que la pida. Llega.
No voy a mentir: también llega la cruz. Volver no es un camino de rosas. Es descubrir, con una claridad nueva y a veces brutal, la propia miseria. Los pecados que antes ni siquiera reconocías como pecados ahora tienen nombre, y pesan. La sequedad de los días en los que rezas y no sientes nada. La vergüenza de caer en lo mismo otra vez, y otra, y tener que volver al confesionario sabiendo que vas a decir las mismas palabras que dijiste la última vez. Eso también es el camino. Y quien diga que la fe es un consuelo barato no ha pasado por ahí.
Pero merece la pena. Merece la pena porque hay algo al otro lado de esa cruz que no existe en ningún otro sitio: una paz que no depende de las circunstancias, que no se rompe cuando la vida se rompe. La certeza –no intelectual, sino vivida– de que eres amado tal como eres, con toda tu basura encima, y de que ese amor no se retira. Que hay un Dios que lleva más de veinte años esperando a que vuelvas a sentarte en aquel banco, y que cuando por fin lo haces no te reprocha nada. Eso no lo da el mundo. Eso no lo da ninguna ideología, ningún bienestar, ningún éxito. Eso sólo lo da Él.
He rezado mucho, estos meses, por la conversión de las almas. Me parece el mayor regalo que se puede pedir después de la propia. Y la Virgen, que es madre, atiende a sus hijos con una generosidad imposible de entender.
Las últimas dos semanas, en esa misma capilla donde hace unos meses había diez personas, apenas se cabe. La gente se queda de pie. Se habla ya de celebrar en el altar mayor. Y no es un domingo de Pascua. Es un martes cualquiera, a primera hora.
Silvia Abril dijo en los Goya que le daba «pena» que los jóvenes se agarrasen a la fe cristiana. No es pena lo que siente. Es desconcierto. El de quien ve a la primera generación que hereda completo el paraíso secular –sin Dios, sin culpa, sin límites– mirar a su alrededor y decir: esto es la nada. Y volver. Volver a una tradición que lleva dos mil años respondiendo preguntas que el mundo moderno ni siquiera se atreve a formular.
Algunos vuelven, al principio, sólo para dar la batalla. Como volví yo. Y no hay nada malo en eso. Porque Dios trabaja con lo que le pones en las manos, y después, una vez dentro, te enseña que la batalla era sólo la puerta. Que detrás hay una presencia real que lo cambia. Y que esa capilla que estaba vacía se está llenando.
Un hijo que vuelve a su casa con su padre.