TRIBUNA: La verdadera participación en la Santa Misa

Por: Yousef Altaji Narbón

TRIBUNA: La verdadera participación en la Santa Misa

“El Beato Fernando, arzobispo de Granada y ministro del reino a la vez, estaba siempre ocupadísimo, y sin embargo celebraba todos los días la Santa Misa. Advertido en cierta ocasión por el cardenal Toledo de que la Corte murmuraba porque, a pesar de verse abrumado de tantos negocios, no quería privarse de celebrar un solo día, el Siervo de Dios le respondió: «Ya que Sus Altezas pusieron sobre mis débiles hombros una carga tan pesada, necesito un poderoso apoyo para no sucumbir. ¿Y dónde lo encontraré mejor que en el santo sacrificio de la Misa? Allí adquiero toda la fuerza y el vigor necesarios para llevar mi carga”. Esta historia y un centenar más de otros virtuosos ejemplos son testimonio de la verdad sobre el valor incomprensible del Santo Sacrificio de la Misa. Ante esta clase de sucesos, aquellos que son verdaderos devotos de la Cruz se hacen la pregunta que nace del amor, que suele ser con estas palabras: ¿cómo puedo aprovechar mejor este tesoro en el cual se deleita mi alma?

Justo esta pregunta ha sido materia contenciosa en las últimas décadas, en particular desde el principio del siglo XX. La cuestión de la participación en la Santa Misa se ha convertido en una falsa dicotomía consistente en dos ramas divididas entre la anulación del ser (solo ir a la Misa y hacer absolutamente nada) o en sentirse compelido a meterse en una serie de ministerios provenientes de los escondrijos más taimados del ser humano con el fin de alcanzar una meta de sentirse parte de la Santa Misa.

El cristiano piadoso, a través de los siglos, ha ido perfeccionando este arte de participación en la Santa Misa hasta el punto de poder cultivar la vida espiritual con una delicadeza ejemplar en obediencia a lo profesado por los más letrados santos. Es impresionante la cantidad de formas, métodos y estilos de participación en la Santa Misa que se han ido formando con la ayuda del Espíritu Santo, que sin lugar a dudas existe alguna forma apta para cada persona. Cuando uno explora con estudiosidad las maneras de entrelazarse místicamente con el Santo Sacrificio de la Misa, uno se percata de una variedad de tesoros escondidos que distan dramáticamente de lo que se recibe en los ambientes eclesiales modernos. Si se compara el menú vasto y amplio del bufet espiritual ofrecido por la Iglesia en su tradición forjada por la Santísima Trinidad con las opciones escuetas de la cotidianidad parroquial, es trabajo fácil notar la precariedad y malnutrición que reciben los fieles con el engaño normalizado de que sí están obteniendo lo necesario para juntarse con el Sacrificio Eucarístico. Con razón -uno diria- que la feligresía anda tan perdida en la fe si no se le ofrece ni una cuarta parte del patrimonio incalculable para la salvación de las almas. 

Con la meta de dilucidar este tema de la manera más fácil posible, a continuación se trae a la mesa unos extractos tomados del magnífico libro llamado “El Tesoro Escondido” escrito por San Leonardo de Puerto Mauricio. En este breve tratado escrito por este humilde hijo espiritual de San Francisco de Asís, se contempla una sección dedicada a plantear algunas formas comunes y provechosas para asistir al sacrificio de la Misa. Con una elocuente sencillez de palabras, nuestro querido santo nos ha de resumir lo que la Iglesia ha profesado en una variedad de manuales, tratados, escritos y cartas a través de los siglos sobre dicha materia. Solo se han de citar los extractos más llamativos por fines didácticos; como siempre, hemos de invitar al lector piadoso a leer el libro completo para mayor crecimiento en la vida cristiana. Leamos con atención lo siguiente:

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“El Tesoro Escondido” por San Leonardo de Puerto Mauricio. (Método para oír con fruto la Santa Misa, Sección 2: Métodos diferentes para oír la Santa Misa.)

El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro [Misal de fieles] en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal correspondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adorable Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso atender a las ceremonias que se hacen en el altar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, resulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sacerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una magnífica recompensa de parte de Dios.

El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes. Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave … yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.

El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente [Nota: “La primera, alabar y honrar la infinita majestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas. La segunda, satisfacer por los innumerables pecados que hemos cometido. La tercera, darle gracias por los beneficios recibidos. La cuarta, en fin, dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias.”], por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte. He aquí el método reducido a la práctica … Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda, que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta)…Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

Satisfarás la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia … repite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón: «¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados». Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti … ¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre … A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote comulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito … Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.

Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: «Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea». Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma!

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