TRIBUNA. Cristianismo antipolítico: un castillo desprovisto de atalayas y almenas

Por: Yesurún Moreno

TRIBUNA. Cristianismo antipolítico: un castillo desprovisto de atalayas y almenas

En la década de 1960 hubo un desencuentro entre dos intelectuales franceses que explica a la perfección actitudes antagónicas que siguen impregnando la emergencia de todo proyecto educativo y cultural en la actualidad. Me refiero al affair entre el schmittiano Julien Freund y el hegeliano Jean Hyppolite.

Resulta que, en un principio, Hyppolite había accedido a dirigir la tesis doctoral de Freund sobre la esencia de lo político (trabajo que dialoga íntimamente con la obra de Carl Schmitt) en la Sorbona. La sorpresa llega cuando, tras leer las cien primeras páginas de la tesis, Hyppolite se escandaliza al encontrar semejante frase: “Solo hay política donde hay un enemigo”. ¿Cómo es posible que un hegeliano, traductor de la Phänomenologie des Geistes (Fenomenología del espíritu), se inquietara ante tal evidencia? Por poner en contexto, Hyppolite (que murió en octubre de 1968) había sido maestro de insignes sesentayochistas como Michel Foucault o Gilles Deleuze… Resulta extraño que un cultivador de la dialéctica de Hegel le hiciera ascos a una distinción –la de amigo-enemigo– que remite al mismísimo corazón del método hegeliano: la dialéctica del amo y el esclavo. La razón que esgrimió el profesor fue: “Soy socialista y pacifista. No puedo dirigir una tesis en la Sorbona en la que se diga que ‘Solo hay política donde hay un enemigo’”. Imagino a un Freund entre decepcionado y aliviado yendo al despacho de Raymond Aron a probar suerte y solicitarle que fuera él, en su lugar, quien dirigiera su tesis… Este sí aceptó.

Sin embargo, pese a haber declinado ser el director, Hyppolite aceptó formar parte del tribunal. Tiempo después, un 26 de junio de 1965 Freund debía defender su investigación, titulada L’Essence du politique, frente a eminentes profesores como Paul Ricoeur, Raymond Polin, Pierre Pinza, Pierre Grappin, además de Raymond Aron y, por supuesto, el bueno de Jean Hyppolite. Freund, que había sido miembro de la Resistencia francesa, con la venia, toma la palabra y abre su exposición diciendo: “El trabajo que tengo el honor de someter a su aprobación nace de una decepción superada. Una decepción de la que no hago responsables a los demás, sino tan solo a mi propia capacidad de ilusión. Mi decepción se alimenta de mis experiencias de la resistencia, es decir, las del tiempo de la ocupación y la liberación, pero también de las vividas en la modesta actividad política y sindical en la que me he ocupado algunos años”. Quién sabe si esta decepción era extensible a su desencuentro con Hyppolite… Sea como fuere, el profesor hegeliano interviene: “Si realmente usted tiene razón [sobre la tesis fuerte de la necesidad de la existencia del enemigo como precondición de la política], solo me queda cultivar mi jardín”. A lo que un Freund, sagaz, replicó: “Su razonamiento es que, si no queremos enemigos, no los tendremos. Pero es el enemigo quien le designa. Y si este quiere que usted sea su enemigo de nada servirá la más hermosa profesión de amistad. Si él decide que usted sea su enemigo, lo será cuando él quiera. Y desde luego no le permitirá cultivar su jardín”. Abatido, Hyppolite solo pudo responder: “En suma, solo me queda el suicidio”. Cómo son las cosas que sesenta años después ha tenido que intervenir de nuevo un intelectual francés, a saber, Fabrice Hadjadj, para dar nueva vida a la posición antipolítica de Hyppolite.

Con ocasión de la presentación de su proyecto, de cierta inspiración monástica, Incarnatus Est, un “instituto hispánico de formación humanística de inspiración católica”, Hadjadj aseveró, algo desafortunadamente: “Incarnatus Est quiere salir de la mentalidad de fortaleza asediada. Se probará la fe católica como fuente de esperanza e inspiración. Se habla mucho de la batalla cultural. Colocan soldados delante del jardín para protegerlo. Pero, mientras tanto, las plantas se marchitan. Lo que queremos ante todo es formar jardineros de la cultura”. No somos ajenos al peligro de la potencial “vulgarización” que esconde la “batalla cultural”… En cualquier caso, es cierto que el filósofo francés en otra entrevista matizó: “No oponemos soldados a jardineros (…). Cuando Dios encargó al hombre atender el Jardín, usa los dos verbos: cultivar y guardar. Pero el soldado suele actuar con urgencia (…). Sí, dije que antes de formar soldados hay que formar jardineros, que primero hay que cultivar. Pero no excluimos la tarea del soldado”. Desconozco si Hadjadj estaba haciendo un guiño al affair de sus compatriotas o no, pero no está de más recalcar con vehemencia las palabras de Freund: “es el enemigo quien le designa a usted (…). Si él decide que usted sea su enemigo, lo será cuando él quiera. Y desde luego no le permitirá cultivar su jardín”.

Resulta loable que alguien se preocupe por el jardín, resulta asimismo loable que alguien, en pleno siglo XXI, logre crear espacios donde poder hacer un retiro “casi monástico”, pero hay que decirle a Hadjadj que no hay artesano que valga, juglar que valga ni canto gregoriano que valga si no hay guardianes en las murallas. Huelga recordar que, San Benito invitaba a los monjes a militar bajo el estandarte de Jesucristo: “Militare sub Christo Domino, vero regi”. Por su parte, San Bernardo de Claraval, monje y abad que impulsó la expansión de la Orden del Císter, dirá: “No es digno de Cristo quien rehúsa luchar por Cristo”. Porque las cosas de la fe, que forman parte de un combate escatológico, que se ha materializado históricamente entre almenas y atalayas contra bárbaros, sarracenos, normandos o cátaros, no están separadas de las cosas de la vida. Fe y vida exigen al cristiano estar vigilante. Como nos advierte el profeta Ezequiel: “Si el centinela ve venir la espada y no toca el cuerno, de suerte que el pueblo no es advertido, y la espada sobreviene y mata a alguno de ellos, perecerá éste por su culpa, pero de su sangre yo pediré cuentas al centinela” (Ez 33, 6).

Hadjadj, además, reivindica, como una lucha contra el gnosticismo materialista, este proyecto en el cual: “Queremos recuperar el cuerpo, las manos, con una parte artística, con teatro, con canto, y también artesanía manual, jardinería, trabajar madera. El Verbo de Dios se hizo carpintero. Así mostramos que la materia es buena en sí misma. Lo nuestro es antignosticismo”. Y, aunque, con buen criterio critique el hecho de que “las antiguas herejías gnósticas, en los primeros siglos cristianos, eran espiritualistas” o que “la modernidad ha perdido la carne” o que el perfil de los estudiantes de Incarnatus no puede “separar la oficina, la Iglesia, la familia con mirada fragmentada y esquizofrenia”, su proyecto se nos antoja más bien espiritualista con algunas notas materializantes.

Quien supo ver, curiosamente, los límites y los peligros de esta actitud antipolítica fue San Josemaría Escrivá de Balaguer. En su homilía de 1967 en el Campus de la Universidad de Navarra nos advertía: “Esta verdad tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual –espiritualista, quiero decir–, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí”. El mero hecho de enclaustrar el Instituto Incarnatus en Boadilla del monte o que sea un selecto grupo de alumnos (capaz de liberarse de la servidumbre del trabajo a la que fue arrojado el género humano desde Adán y Eva), no parece demasiado “antignóstico”. ¿Qué clase de jardinero puede alienarse del sistema de las necesidades (System der Bedürfnisse, en terminología hegeliana) durante todo un curso y pagar ese pastizal? ¿Dónde queda aquello del Libro del Génesis de “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Gn 3, 19)? “Cuando se ven las cosas de este modo, prosigue San Josemaría, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino (…). Respondemos sencillamente que no a esa visión deformada del Cristianismo”. Esta iniciativa no solo bonita, sino necesaria, corre el riesgo de convertirse en el año sabático de los hijos de las clases pudientes, que, en lugar de irse a la India a hacer acción social, prefieran limpiar sus conciencias versión kilómetro 0. Expresión esta de un cristianismo burgués que, revisitando el tópico utópico de los falansterios, persiga construir ese mundo segregado –o Nueva Icaria– del que se lamentaba San Josemaría. Resulta prácticamente imposible animar a los jóvenes a ser “cristianos laicos comprometidos en los temas de nuestro tiempo”, si el monocultivo de clase impide a esos mismos jóvenes comprender siquiera cuáles son en realidad los temas de nuestro tiempo. Así, Hadjadj, no en balde director del Instituto Philanthropos de Friburgo por más de una década, puede incurrir en el mismo error que los reformadores alemanes de los siglos XVIII y XIX del Philantropinismus, esto es, un movimiento preferentemente orientado a la promoción de los hijos de las capas altas de la emergente clase burguesa, frente a la educación popular.

Por otro lado, resulta cuanto menos problemática la fórmula escogida por Hadjadj y su equipo: “instituto hispánico de formación humanística de inspiración católica”, puesto que como explica agudamente el filósofo hegeliano Félix Duque en su ensayo Contra el humanismo (2003): “algunas instituciones han levantado la bandera del ‘humanismo cristiano’: una extraña combinación, ya que no parece que la religión cristiana (en cualquiera de sus confesiones) pueda aceptar el punto básico del humanismo: la autorreferencialidad (es decir, que el hombre no reconozca otra unidad de medida que él mismo) (…). Otra cosa sería, desde luego, hacer notar que la secularización humanista (en expresión fuerte: la desdivinización del mundo) haya sido el resultado necesario de la evolución del cristianismo mismo”.

Permítanme acabar con un largo fragmento extraído de la citada homilía “Amar al mundo apasionadamente” (1967), del fundador del Opus Dei, por la pertinencia, vigencia y verdad que sigue teniendo su alegato en favor de un “materialismo cristiano” bien entendido: “Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres (…). Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios (…). Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida (…). ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu (…). Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo (…). El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu (…). ¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía –ya inminente– sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de este mundo –vino y pan–, a través de los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre?”. En esto último sí se ve un esfuerzo real de Hadjadj por conciliar “carne y espíritu”: “El carpintero, explica el director de Instituto Incarnatus, es la bisagra entre el trabajo con la tierra y los árboles y la artesanía con objetos, con una materia que viene de un ser vivo, el árbol. El carpintero prolonga el gesto del árbol, le hace fructificar aún más allá. Y recordemos que el primer mandamiento en el Edén es ‘sed fecundos y fructificad’. También Jesús dice: ‘La gloria de mi Padre es que deis fruto’”. Pero, ¡ojo!, porque téktōn sólo hay uno.

La clave de que el cristianismo haya sobrevivido a cualquier régimen político, a invasiones, persecuciones e incluso al martirio es aquello que el teólogo Nicolás de Cusa definió como coincidentia oppositorum –y que Carl Schmitt amplió en Catolicismo romano y forma política (1923)–, esto es, el principio metafísico que define la coexistencia, unión o síntesis de elementos contrapuestos, contradictorios o polares dentro de una misma estructura, ser o concepto. En síntesis: un “esto y aquello” post-dialéctico. Jardineros y soldados… De ahí que San Josemaría concluya: “Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis –¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia– vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos –en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional– (…). Tomemos el escudo de la fe, el casco de salvación y la espada del espíritu que es la Palabra de Dios. Así nos anima el Apóstol San Pablo en la epístola a los de Éfeso”.

Con el sacramento del bautismo, estamos todos los católicos investidos de una triple dignidad: la de sacerdotes, profetas y reyes. Es cierto que nada se dice de los soldados, pero ha habido en la historia ejemplos de reyes cristianos que fueron grandes militares: Alfonso I de Aragón (1073‑1134), “El Batallador”; Ricardo I de Inglaterra (1157‑1199), “Corazón de León”; Jaume I (1208‑1276), “El Conqueridor”; Luis IX de Francia (1214‑1270), “San Luis” o Fernando II de Aragón, “El Católico” (1452‑1516). ¡Porque fueron, somos! A fin de cuentas, qué sería de la nación española sin el espíritu de (re)conquista, es decir, sin el ethos que le imprimió su patrón Santiago… No me vienen a la cabeza demasiados ejemplos de “jardineros de la cristiandad”.

Con todo ello, por supuesto, no quiero poner en duda la importancia, la novedad y la trascendencia del proyecto Incarnatus Est, aunque, eso sí, de exmarxista converso a exmarxista converso me veo en la obligación de esgrimir esa máxima de Marx que reza: “Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos”. El desprecio por lo político hyppolitiano/hadjadjiano lleva en el mejor de los casos a la jardinería (un cristianismo antipolítico o castillo desprovisto de atalayas y almenas), y, en el peor, al suicidio civilizacional. Con el profundo respeto, la máxima admiración y mis mejores deseos.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando