En una entrevista publicada por el semanario francés Le Journal du Dimanche con motivo de su nuevo libro 2050, el prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino, el cardenal Robert Sarah, sostiene que la Iglesia corre el riesgo de perder su identidad si intenta adaptarse a las categorías y expectativas del mundo moderno.
El centro de la Iglesia: volver a Dios
Para el cardenal guineano, el criterio para juzgar un pontificado no son las decisiones administrativas ni las reformas disciplinarias, sino la capacidad de volver a poner a Dios en el centro de la vida eclesial.
Según explica, cuando la Iglesia habla primero de adoración, conversión y santidad, antes que de estrategias o estructuras, recupera su verdadero eje. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de diluir la fe en categorías puramente humanas.
Sarah sostiene que muchos de los conflictos actuales en la Iglesia tienen su origen en una crisis más profunda: la crisis del lenguaje de la fe. Cuando se abandona la precisión doctrinal —dice— aparece la confusión entre los fieles. Por ello insiste en que la claridad doctrinal no es rigidez, sino un acto de caridad hacia quienes buscan orientación.
“La Iglesia no es una institución mundana”
El purpurado denuncia que hoy se tiende a juzgar a la Iglesia con categorías propias del mundo contemporáneo: eficiencia, representatividad, inclusión o rendimiento institucional.
Sin embargo, recuerda que la Iglesia no existe para reflejar al mundo, sino para salvarlo. En ese sentido afirma con claridad:
“No necesitamos una institución mundana más. Necesitamos recibir de la Iglesia la salvación de Dios”.
Cuando se olvida su dimensión divina —advierte— las debilidades humanas de la institución se vuelven insoportables. Pero cuando se reconoce su naturaleza sobrenatural, la Iglesia aparece como signo de contradicción para el mundo.
El riesgo del relativismo doctrinal
Sarah también alerta contra lo que denomina “particularismo doctrinal”, es decir, la tendencia de algunas iglesias locales a interpretar la fe en función de contextos culturales o categorías ideológicas.
El resultado, explica, es que la unidad de la Iglesia se debilita cuando se relativiza la doctrina y se exalta la diferencia por encima de la comunión.
“El relativismo doctrinal vuelve fragil la unidad”, señala, recordando que Cristo mismo pidió al Padre que sus discípulos fueran uno.
La liturgia tradicional como riqueza
En la entrevista, el cardenal retoma uno de los temas que ha marcado su ministerio: la liturgia. Siguiendo la línea del papa Benedicto XVI, Sarah afirma que la diversidad de ritos es una riqueza cuando expresa la misma fe.
En este sentido critica lo que considera una obsesión por eliminar la liturgia antigua. A su juicio, el rito tradicional puede ayudar a redescubrir que la liturgia no es algo que el hombre fabrica, sino algo recibido y transmitido por la Iglesia.
“La verdadera reforma litúrgica es interior”, afirma, recordando que la finalidad de la liturgia es devolver a Dios el primer lugar.
Escándalos y conversión en la Iglesia
Sobre los escándalos que han afectado a la Iglesia en los últimos años, el cardenal señala que estos exigen verdad, justicia y purificación.
No obstante, advierte que los escándalos no eliminan la vocación de la Iglesia. Más que reformas estructurales, insiste en que lo que se necesita es conversión de los corazones.
Al mismo tiempo subraya la importancia del testimonio de la vida religiosa, que recuerda al mundo que el fin último del hombre no es el éxito o la posesión, sino la vida eterna con Dios.
Familia, eutanasia y crisis de esperanza
Sarah también aborda algunas de las grandes cuestiones culturales de Occidente. Sobre la crisis demográfica europea afirma que refleja una profunda pérdida de esperanza.
Una civilización que renuncia a Dios —dice— termina perdiendo también la razón para transmitir la vida.
El cardenal se muestra igualmente crítico con los proyectos de legalización de la eutanasia, advirtiendo que reflejan la pretensión del hombre de decidir sobre el valor de la vida humana.
“Los enfermos necesitan compasión, no eliminación”, afirma.
El futuro de la Iglesia: santidad, no estrategias
Al concluir la entrevista, Sarah dirige un mensaje a los catecúmenos y a los nuevos bautizados: la Iglesia no es simplemente una organización humana, sino el misterio mismo de Cristo presente en el mundo.
Por eso invita a no escandalizarse por las debilidades de sus miembros, sino a mirar a Cristo.
Y lanza una última advertencia sobre el futuro del cristianismo:
“El futuro de la Iglesia no depende de nuestras estrategias, sino de nuestra santidad”.