¡Haz la Cuaresma!

¡Haz la Cuaresma!
Ash Wednesday (Aschermittwoch) by Carl Spitzweg, c, 1850-1860 [Statsgalerie Stuttgart, Germany]

Por Stephen P. White

La Cuaresma está ahora en pleno desarrollo. Si eres como yo, entras en esta temporada lleno de determinación y entusiasmo: Mi oración será más profunda. Mi penitencia será más pura. Mi limosna será más generosa. ¡Y que así sea para todos nosotros!

Pero si eres como yo, también sabes que el camino cuaresmal no siempre termina con el mismo fervor con el que comenzó. Puedo recordar Cuaresmas —más de las que me gustaría admitir— en las que mis mejores planes de ayuno o de oración programada pronto se descarrilaron.

Recuerdo un año, hace ya muchos años, comenzar la Cuaresma en retiro con un pequeño grupo en Roma. Cuando nos reunimos para la Misa el Miércoles de Ceniza, me pidieron hacer las lecturas. Ahora bien, leer o hablar en público no me molesta en lo más mínimo, pero cantar —eso es algo muy distinto—. Ese día estaba tan lleno de celo cuaresmal que resolví tragarme el orgullo, humillarme y entonar la aclamación del Evangelio. ¡Después de todo, estaba en retiro! ¡En Miércoles de Ceniza! ¡En Roma!

Y así canté con entusiasmo. Canté desde el diafragma. Entoné con fuerza el Aleluya.

Noté los rostros avergonzados más o menos a la mitad de mi triunfal faux pas litúrgico. No me estaban mirando a mí. Sus ojos estaban fijos en el suelo mientras se preguntaban si debían responder o no. No tuve valor para mirar al sacerdote. Terminé la melodía ofensiva, caminé hasta mi asiento y, en un sentido mayormente metafórico, morí.

(Estoy seguro —y lo digo en el sentido teológico más serio— de que Dios estaba profundamente divertido. Dios existe fuera del tiempo, así que sospecho que todas las cosas vergonzosas que pensamos que “algún día serán graciosas” son inmediatamente graciosas para Él. Pero admito que eso es una especulación).

Ese fue, probablemente, el comienzo más mortificante de una Cuaresma que puedo recordar, pero marcó el tono de lo que fue, en verdad, una de las Cuaresmas más fructíferas que he vivido. La vergüenza pública, resulta ser, puede tener un efecto vigorizante en el alma.

Cuando se trata de perseverar en la penitencia, descubro que ayuda involucrar a otros para que me pidan cuentas. No obstante la exhortación del Señor a ayunar en secreto, la mirada atenta de los demás puede a veces impulsarnos hacia la virtud de un modo en que la mera fuerza de voluntad y las buenas intenciones no pueden hacerlo. Los esposos son muy buenos para este tipo de responsabilidad compartida. Los hijos, aún mejores.

En mi experiencia, los hermanos tienen una capacidad casi preternatural para saber qué han dejado sus hermanos y hermanas por la Cuaresma y son al menos tan entusiastas en llamarse mutuamente al orden por los descuidos como celosos en guardar sus propios ayunos. Y escuchar a un niño de siete años comentar, con algo que se aproxima a la inocencia: «Papá, pensé que habías dejado eso por la Cuaresma», es un correctivo poderoso para un padre de voluntad débil.

Guardar las apariencias no hace justicia al verdadero propósito de la penitencia cuaresmal —el Señor lo advierte claramente—, pero tampoco es algo del todo malo. Mejor una penitencia mantenida con un pequeño empujón externo que una penitencia hecha añicos contra las rocas de un celo pelagiano a medio cocinar, por muy puro que sea.

Por supuesto, ayudarnos unos a otros a guardar nuestros ayunos, a decir nuestras oraciones o a ser realmente generosos en la limosna no tiene por qué convertirse en una forma de llevar la cuenta moral. Apoyarnos mutuamente en nuestras prácticas cuaresmales y tener la humildad de depender a su vez de ese apoyo son actos de caridad. La Cuaresma es un camino comunitario tanto como personal. O más bien, es comunitario precisamente porque es personal.

Las penitencias prescritas por la propia Iglesia, como el ayuno y la abstinencia (incluidos los viernes fuera de la Cuaresma), eran más eficaces cuando se observaban de manera más uniforme. Puede parecer una tautología, pero no lo es.

Es más fácil comportarse de cierta manera cuando estás rodeado de muchas otras personas que intentan comportarse del mismo modo. Ser «normal» es vivir conforme a las normas —las expectativas y los preceptos— de la comunidad a la que se pertenece. Cuando las normas de la comunidad se orientan hacia el bien, se vuelve normal ser bueno.

Así que rodéate de otros penitentes. Haz el favor a tus amigos y a tu familia de pedirles cuentas (con suavidad). Y no te irrites cuando te devuelvan el favor. Reza con tu cónyuge. Reza en familia. Reza un rosario diario o una Coronilla de la Divina Misericordia si el tiempo o la paciencia escasean. Estas son buenas prácticas tanto en Cuaresma como fuera de ella. Pero si la Cuaresma nos ayuda a hacer mejor lo que de todos modos deberíamos estar haciendo, ¡eso difícilmente puede ser algo malo!

Den limosna juntos. Escribir un cheque para la campaña cuaresmal diocesana es importante y bueno. También es, para la mayoría de nosotros, lo mínimo que podemos hacer. Planifiquen una jornada de servicio en familia. O un día de servicio en el vecindario. Encuentren una manera de servir directamente a los pobres, si pueden. Den su tiempo. Dense a ustedes mismos.

Sigan la exhortación de san Pablo a los tesalonicenses de «anímense mutuamente y edifíquense unos a otros». Sigan el ejemplo de Josué, que no tuvo miedo de proclamar ante el pueblo: «Yo y mi casa serviremos al Señor».

Hagan algunas de estas cosas. Háganlas todas. Hagan al menos las suficientes como para que parezca difícil. Háganlas lo mejor que puedan. Háganlas incluso si solo pueden hacerlas mal. Y háganlas con la confianza que nace de recordar que el Señor nunca se deja ganar en generosidad.

Simplemente no canten el Aleluya hasta la Pascua.

Sobre el Autor

Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en The Catholic University of America y miembro de Catholic Studies en el Ethics and Public Policy Center.

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