En mayo de 2022, el papa Francisco recibió en audiencia en el Vaticano al ayatolá iraní Alireza Arafi, entonces presidente de los seminarios islámicos de Irán y una de las figuras de mayor peso en la estructura religiosa chií del país. Cuatro años después, su nombre vuelve al primer plano internacional tras haber asumido funciones de liderazgo supremo en Teherán tras la muerte bajo fuego israelí y estadounidense del ayatolá Ali Jamenei.
La reunión se celebró en el Palacio Apostólico y fue presentada oficialmente como un encuentro en el marco del diálogo interreligioso. La delegación iraní transmitió al Pontífice mensajes del liderazgo religioso de su país y subrayó la necesidad de cooperación entre religiones ante los grandes conflictos contemporáneos. Las referencias a la defensa de los oprimidos, a la situación en Oriente Medio y al papel público de la religión formaron parte del discurso difundido por fuentes iraníes tras el encuentro.
Por parte vaticana, la comunicación fue escueta y en la línea habitual de este tipo de audiencias: insistencia en el valor del diálogo, la paz y el entendimiento entre tradiciones religiosas. No se publicó un comunicado conjunto ni se detallaron compromisos concretos derivados de la conversación. El encuentro se encuadraba en la estrategia diplomática de la Santa Sede de mantener abiertos canales con el mundo islámico, particularmente con el chiismo, tras el viaje papal a Irak en 2021.
Diplomacia vaticana: Irán sí, Arabia Saudí no
El episodio pone de relieve un hecho que suele pasarse por alto: entre la Santa Sede e Irán existen relaciones diplomáticas plenas. La República Islámica cuenta con embajador acreditado ante el Vaticano y la Santa Sede mantiene su propia representación diplomática ante Teherán. No se trata, por tanto, de un simple gesto protocolario o de un encuentro aislado, sino de un vínculo institucional estable que permite interlocución regular al más alto nivel.
Este dato contrasta con la situación de otro actor clave en la guerra que se está destando: Arabia Saudí, que no mantiene relaciones diplomáticas formales con la Santa Sede y, por tanto, no tiene embajador acreditado ante el Vaticano. Aunque en los últimos años se han producido contactos y gestos de aproximación, no existe el intercambio pleno de representaciones diplomáticas que sí se da con Irán.
La figura de Arafi no era entonces marginal. Además de dirigir los seminarios religiosos iraníes, ocupaba posiciones relevantes en el entramado institucional de la República Islámica y estaba vinculado a los órganos que asesoran al líder supremo. Su presencia en el Vaticano fue interpretada como un reconocimiento mutuo entre autoridades religiosas con peso político efectivo.
El contexto actual altera inevitablemente la lectura retrospectiva de aquella audiencia. Tras el fallecimiento de Jamenei, Arafi ha asumido funciones de liderazgo en el marco del mecanismo constitucional iraní, a la espera de la designación definitiva por la Asamblea de Expertos. No es un simple dignatario religioso, sino una figura situada en el vértice de un sistema en el que autoridad espiritual y poder político se entrelazan.