Cómo escribir bien — y por qué

Cómo escribir bien — y por qué
Child Reading by Pierre-Auguste Renoir, c. 1890 [Barnes Foundation, Philadelphia]

Por Francis X. Maier

¿Recuerdan los fabulososos años setenta? La década de Watergate, la recesión, las colas para la gasolina, la derrota en Vietnam, el desempleo, la inflación y el fallido rescate de los rehenes en Irán. Añádase a eso la irrupción de la teoría del «lenguaje integral» en la educación. Quien haya concebido esa idea merece un billete de ida a Svalbard. Consulte el mapa. No es Las Vegas. Mencione el «lenguaje integral» a mi esposa, con cuarenta años de experiencia enseñando en escuelas católicas, y se reirá de usted.

La teoría del lenguaje integral sostenía que aprender a leer a través del significado y el contexto era superior a los métodos tradicionales de aula. También más «auténtico». Por lo tanto, la enseñanza de los jóvenes debía reflejarlo. Según esta postura, los niños absorberían de manera natural la relación entre sonidos y letras por mera exposición a la palabra impresa. La instrucción en fonética —el aprendizaje de la relación entre los sonidos y las combinaciones de letras que los representan— fue relegada, especialmente en la educación pública. También lo fue la gramática. Las reglas gramaticales se consideraban artificiales y asfixiantes.

Considérense los resultados.

Ya a mediados de la década de 1980, las habilidades nacionales de lectura habían disminuido claramente. Las consecuencias no tardaron. Christopher Lasch, distinguido autor y profesor de la Universidad de Rochester, se vio obligado a publicar Plain Style, un manual destinado a corregir la torpeza escritural de sus estudiantes de élite.

Hoy, más de la mitad de los adultos estadounidenses leen por debajo del nivel de sexto grado. El veintisiete por ciento no lee ningún libro al año. El veintiuno por ciento es funcionalmente analfabeto. Casi un tercio de los graduados de secundaria lee por debajo del nivel básico de competencia. El diecinueve por ciento apenas puede leer.

Como era previsible, las habilidades de razonamiento de los estudiantes también han disminuido. La teoría del lenguaje integral dista mucho de ser el único factor que alimentó estos problemas. Pero ayudó a ponerlos en marcha. Las tecnologías digitales modernas, fuertemente impulsadas por la imagen, no han hecho sino agravarlos.

Al comienzo de Plain Style, Lasch señala que

«[Hoy] incluso quienes pueden escribir una frase aceptable… a menudo descubren que está más allá de sus capacidades ordenar las frases de modo que una siga a otra en secuencia lógica. Construir un párrafo coherente, por no hablar de un ensayo, una tesis o una monografía coherentes, supera su dominio del lenguaje… Cada punto [en un texto debe conducir] lógicamente al siguiente, y cada párrafo, incluso cada frase, añade algo al anterior, llevando el argumento con firmeza hacia una conclusión que parece a la vez natural e irresistible, porque ha sido cuidadosamente preparada».

La mala escritura sugiere un pensamiento confuso y perezoso. Corregimos, o al menos mejoramos, nuestra capacidad de razonar leyendo —libros sustanciosos, muchos de ellos, variados y buenos—. Las pantallas tienen su utilidad (como compartir estas palabras), pero fatigan la vista y el cerebro. Los libros son táctiles y silenciosos; la letra permanece inmóvil y permanente; así la imaginación se nutre. Los libros exigen concentración. Los mejores libros también la recompensan, porque en el proceso enseñan el uso fecundo de las palabras y las ideas.

No existe un único modelo de buena escritura. No puede existir. La historia, la biografía, las obras religiosas y la ficción requieren cosas distintas del autor. Abismos de estilo separan el relato breve «A Clean, Well-Lighted Place» de Hemingway de «Leaf by Niggle» de Tolkien; «The Hint of an Explanation» de Graham Greene de «The Road Out of Axotle» de Terry Southern.

Todos son pequeñas joyas de talento. Cada uno lleva la impronta de la personalidad del autor. Pero todo buen escritor primero comprende el poder de las palabras y luego domina las reglas de la gramática antes de transgredirlas con el mejor efecto.

Entonces, ¿qué constituye la «mala» escritura? George Orwell no era amigo de la Iglesia Católica, pero escribió un ensayo sumamente útil —Politics and the English Language— para cualquiera que desee pensar con claridad y escribir bien. Sus principales objetivos eran la mentira calculada y la evasión que caracterizan gran parte de la política moderna. Pero el valor de su ensayo va mucho más allá de la política.

El lenguaje vago, insincero, perezoso y confuso corrompe inevitablemente el pensamiento. Una masa de palabras complicadas, escribió, puede «caer sobre los hechos como nieve blanda, desdibujando los contornos y cubriendo los detalles» de la verdad.

A Little Boy Writing by Pierre-Auguste Renoir, c. 1900–1904 [Selwyn College, University of Cambridge]

Orwell sentía una especial aversión por la voz pasiva (por ser intrínsecamente débil); los adverbios y adjetivos innecesarios; el amontonamiento de palabras y frases compuestas; los párrafos hinchados; las cláusulas complejas; el estilo inflado; y la dependencia de palabras pretenciosas, multisilábicas de raíz latina o griega, en lugar de la claridad sencilla del anglosajón. Todos estos recursos lingüísticos tienen su lugar, pero la mala escritura los usa en exceso y sin medida.

El propósito de las palabras es la transmisión exacta y transparente de ideas, experiencias, emociones y hechos que, en conjunto, expresan la verdad. Para Orwell, una etiqueta espantajo como «fascista» ya no significa más que «indeseable» para quienes la emplean. El escritor que recurre a metáforas gastadas o a frases vacías como «el pulpo fascista ha entonado su canto del cisne» ha comenzado a «convertirse en una máquina. Los ruidos apropiados salen de su laringe, pero su cerebro no interviene».

En términos sencillos, el escritor engañoso o incompetente recurre «instintivamente a palabras largas y a modismos agotados, como una sepia que expulsa tinta».

Pero ¿por qué importa todo lo anterior? En su ensayo «The Death of Words», C. S. Lewis escribió que «cuando, por reverentemente que sea, has matado una palabra, también… has borrado de la mente humana la realidad que esa palabra representaba originalmente. Los hombres no continúan por mucho tiempo pensando lo que han olvidado cómo decir».

Para Lewis, la palabra «cristiano» es hoy con demasiada frecuencia víctima de un intento de verbicidio. Es atacada una y otra vez, tanto con burla como con una aprobación fingida. Pero su significado es resistente y específico; siempre nuevo y exigente. Tiene poder y belleza. No teme el desprecio. No tiene utilidad alguna para la adhesión nominal ni para la afirmación cortés.

He aquí el punto. En Mateo 5,37, Jesús dice: «Sea vuestro hablar sí, sí; no, no». La Epístola de Santiago (5,12) repite el mensaje. Sin embargo, en ninguno de los dos casos la Escritura fomenta el silencio. Todo lo contrario: Jesús nos manda «hacer discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19). La tarea cristiana es cambiar el mundo con el testimonio de nuestra vida. Lo hacemos con la honestidad, la claridad, la perseverancia y el celo de nuestras palabras y acciones.

Dios está al mando. Pero el trabajo nos pertenece.

Sobre el autor

Francis X. Maier es investigador principal en estudios católicos en el Ethics and Public Policy Center. Es autor de True Confessions: Voices of Faith from a Life in the Church.

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