Para Santo Tomás de Aquino, la temática sobre la filiación del hombre con Dios tiene matices importantes. No es posible resolverla con una simple afirmación o negación, sino que distingue tres niveles bien definidos en el modo en que podemos predicar dicha filiación de Dios.
Según el Doctor Angélico, todos los seres tienen una relación especial con Dios, ya que, como Creador de todo el universo, tiene un amor especial por todas sus criaturas. Sin embargo, solamente los seres racionales pueden llamarse propiamente “hijos”, y esto ocurre en grados distintos.
Al decir seres racionales no se refiere simplemente a la capacidad de razonar, en cuanto a seguir procedimientos lógicos para llegar a determinadas conclusiones, sino a ser participantes del Logos divino.
En efecto, cuando Aristóteles define al hombre como “animal racional” no se refiere a la inteligencia simplemente racional o a los sentimientos, que también están presentes en muchos otros animales, sino a la participación con el Logos, que significa mucho más que solamente razón o palabra, y por eso usa en su Metafísica los términos griegos “ζῷον λογικόν” (zoon logikón), implicando un ser viviente dotado de alma, razonamiento, palabra y pensamiento lógico trascendental, y además capaz de conectarse intelectual y amorosamente con su Creador. También San Juan al comienzo de su evangelio (Jn 1,1) usa el término Logos cuando dice que “En el principio era el Verbo” (Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος).
Este concepto coincide plenamente con el Génesis cuando se explica que el hombre es imagen de Dios (Imago Dei). La expresión “a imagen y semejanza” (Gn 1,26-27) no es una redundancia, sino que significa que el hombre como imagen es un espejo que refleja a Dios, pero a su vez, mediante la gracia, tiende a una mayor semejanza progresiva a medida que se acerca a la santidad. Así lo explica San Buenaventura en su obra Itinerario de la mente a Dios.
“Los dioses no son Dios”
La corta frase de este título se atribuye a Benedicto XVI y sintetiza una gran verdad en pocas palabras. Es común hablar de “los dioses” en general, como si todos fueran más o menos lo mismo, y en consecuencia todos seríamos hijos de Dios o al menos de algún dios, en una especie de fraternidad masónica universal.
Pero el Dios verdadero, el que es uno y trino y que murió en la cruz para redimir a la humanidad, es uno solo, bien distinto de todos los otros dioses, incluso el de los musulmanes o judíos con quienes compartimos las verdades del “Libro”.
Si bien el cristianismo hace suyas muchas doctrinas de las otras religiones, formando así un acervo cultural común, hay otras verdades que son exclusivas y lo diferencian.
Como afirma San Justino en sus Apologías: “El Cristianismo no ha venido a destruir nada, sino a engrandecer y perfeccionar todo. La Revelación no destruye el edificio intelectual levantado por los pensadores; antes, al contrario, consolida sus fundamentos y lo corona con un magnífico remate… Toda verdad que diga cualquier hombre nos pertenece a nosotros los cristianos, porque nosotros adoramos al Logos, que procede directamente de Dios”.
Para decirlo de nuevo con palabras de Benedicto XVI: “El cristianismo primitivo llevó a cabo una elección purificadora: se decidió por el Dios de los filósofos en contra de los dioses de las otras religiones… Cuando hablamos de Dios nos referimos al ser mismo, a lo que los filósofos consideran como el fundamento de todo ser, al que han ensalzado como Dios sobre todos los poderes; ese es nuestro único Dios” (Introducción al cristianismo).
Pero retomando la opinión de Santo Tomás, considera que se puede expresar la filiación divina de tres diferentes modos:
-
Por creación (filiación común)
En un sentido muy amplio, toda la creación es hija de Dios, y en un sentido más específico todos los hombres somos hijos de Dios porque hemos sido creados por Él y hemos recibido su soplo divino. Y por supuesto, Dios ama en todos los humanos esa esencia que nos acerca a su naturaleza.
Según Santo Tomás: “El nombre de hijos de Dios no se aplica a las criaturas sino en cuanto participan de la semejanza de Dios… El hombre, por su naturaleza racional, es semejante a Dios, y por eso a todo hombre se le puede llamar hijo de Dios en cuanto es creado a imagen de Dios” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 3).
Sin embargo, el mismo Aquinate aclara después que la filiación propiamente dicha requiere ir más allá todavía, y necesita en sentido estricto una semejanza de naturaleza o de gracia que proviene del bautismo y de la fe, como claramente lo expresa San Marcos.
Cabe acotar que, si bien el amor divino por el hombre nos incluye a todos, ello no contradice el hecho de que quienes no tengan fe o sean pecadores serán condenados, ya que en Dios hay un equilibrio infinitamente perfecto entre el amor y la justicia.
Dentro de este contexto, decir que todos somos hijos de Dios no aporta nada concreto para la moral o la vida cristiana.
En efecto, se puede decir que incluso el Demonio, en tanto criatura, es amado por Dios e hijo suyo, lo cual no impide que esté en el infierno. Lucifer, el ángel portador de luz, se condena cuando se niega a servir a Dios diciendo: “Non serviam”. Todo lo contrario a la Virgen que se declara “Esclava del Señor” (Lc 1,38).
La expresión de rebelión también aparece en la Biblia para describir la desobediencia del pueblo de Israel hacia Dios, que lo tenía como su pueblo elegido, y en ese contexto es una metáfora de su idolatría y traición (Jer 2,20).
-
Por la gracia (filiación adoptiva)
El segundo modo según el cual, para el Aquinate, somos “hijos de Dios” en el sentido pleno es a través de la gracia santificante, el don divino que nos acerca a la santidad. Este concepto permite distinguir entre la humanidad en su totalidad y aquella parte de los hombres que están unidos a Cristo mediante el sacramento y el amor.
“Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mt 22,14). Es falso que todos se salven, ya que, si bien muchos son llamados, no todos son escogidos, según palabras del mismo Cristo. Solo se salvarán quienes sean bautizados en el nombre de la Trinidad y perseveren en la fe.
Leemos en Romanos: “El Espíritu nos hace hijos, e hijos y coherederos con Cristo” (Rm 8,14-17), y en Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe” (Ga 3,26; 4,4-7).
Dice Santo Tomás: “La filiación adoptiva es una semejanza de la filiación natural, pero se da en nosotros por la gracia, no por la naturaleza… Por eso la filiación adoptiva pertenece propiamente a los que están unidos a Cristo por la fe y la caridad” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 1).
-
El caso de Cristo (filiación natural)
En tercer y último lugar, el Doctor Angélico diferencia esencialmente nuestra relación con el Creador de su relación con Cristo, señalando que los humanos somos hijos “por participación”, mientras que Cristo es Hijo “por esencia”.
Al decir que somos hijos por participación se significa que el amor de Dios gratuitamente nos hace partícipes de su divinidad, sin que lo seamos por naturaleza, ya que seguimos siendo criaturas. Cristo, en cambio, es por su propia esencia Hijo de Dios, en tanto segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Al respecto, aclara Santo Tomás: “Cristo es Hijo de Dios por naturaleza, según su divinidad; nosotros somos hijos de Dios por adopción, según la participación de la gracia” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 2).
“Por la gracia santificante el hombre es hecho partícipe de la naturaleza divina y es adoptado como hijo de Dios” (Suma Teológica, I-II, q. 110, a. 2).
En plena continuidad con esta visión tomista, la Tradición Apostólica distingue claramente entre la paternidad de Dios por creación, que es universal y aplica a todas las criaturas, y la filiación por la gracia, que es específica de los fieles cristianos.
La Iglesia Católica sostiene también que la misericordia divina es tan grande que excepcionalmente puede incluir entre los que se salven a algunas personas que, sin culpa propia, no hayan recibido el bautismo ni conozcan plenamente la verdadera religión, pero busquen sinceramente la verdad y obren conforme a su conciencia. Sin embargo, esto no puede tomarse como norma general.
Magisterio de los Papas
Muchos Papas se han expresado también en relación a esta problemática. Destacan entre ellos:
San Juan Pablo II, en Redemptor Hominis, enseña: «Mediante la gracia, el hombre es hecho ‘hijo de Dios’, participante de la naturaleza divina… El hombre, por el Espíritu Santo, llega a ser heredero de los bienes divinos, y el Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios».
Benedicto XVI, en la homilía del 8 de enero de 2006, afirmó: «Por el Bautismo, el hombre no es solo una criatura, sino que se convierte en hijo de Dios. […] Solo a través de Cristo, el Hijo único, nosotros podemos llegar a ser hijos de Dios».
Francisco, en la audiencia general del 12 de junio de 2019, declaró: «Nadie es hijo de Dios de forma genérica: todos somos criaturas de Dios, pero el Espíritu Santo nos hace hijos e hijas de Dios en Cristo. Él es quien nos inserta en esta relación». Es muy importante esta declaración de Francisco, ya que varias veces ha generado desconcierto en la Iglesia a causa de expresiones suyas en sentido diverso.
Santos y Doctores de la Iglesia
Otros sabios de la Iglesia Católica han dado su docta opinión, coincidente, por supuesto con la Tradición Apostólica:
San Agustín (Sermón 121): «A los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Si somos hijos de Dios, es por la gracia, no por la naturaleza. Solo el Unigénito es hijo por naturaleza; nosotros lo somos por el tiempo, a través de Aquel que es antes de los tiempos».
San Atanasio de Alejandría, en De Incarnatione Verbi: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros fuésemos hechos hijos de Dios”.
San Cipriano de Cartago, en Sobre la oración dominical: «El hombre nuevo, renacido y restituido a su Dios por su gracia, dice en primer lugar: ‘Padre’, porque ya ha empezado a ser hijo».
San Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa: «La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo».
Catecismo de la Iglesia Católica
Finalmente, el Catecismo es muy preciso y revelador al respecto, ya que utiliza la palabra «adopción» para diferenciarla de la creación:
Dice en el ítem 1265: «El Bautismo no solo purifica de todos los pecados, hace también del neófito una ‘nueva criatura’, un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho ‘partícipe de la naturaleza divina’, miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo».
Y en el ítem 2782: «Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo».
En síntesis, dejando aparte la filiación natural de Cristo, la filiación divina del hombre se entiende básicamente de dos maneras:
1. Como criaturas: Todos los seres humanos somos amados por Dios que es nuestro origen y fin, y poseemos una dignidad sagrada en cuanto hemos sido creados a su imagen, pero no somos verdaderamente hijos en sentido evangélico.
2. Como hijos adoptivos: Solamente mediante el bautismo y la profesión de la verdadera fe, los seres humanos pasamos de ser «siervos» o «criaturas» según el Antiguo Testamento, a ser formalmente y en plenitud «hijos en el Hijo» según el Nuevo Testamento, o “Unos en el Uno”, de acuerdo a la frase agustiniana de nuestro Papa León XIV.
Sobre el autor:
Carlos Prosperi es doctor en Ciencias Biológicas, licnciado en Filosofía y diplomado en Tomismo. Ejerce como profesor universitario de Biología y Epistemología
Nota: Los artículos publicados como Tribuna expresan la opinión de sus autores y no representan necesariamente la línea editorial de Infovaticana, que ofrece este espacio como foro de reflexión y diálogo.