Desconcierto y escozor en los premios Goya ante el éxito de Los Domingos

Desconcierto y escozor en los premios Goya ante el éxito de Los Domingos

En la última edición de los Premios Goya, el cine español volvió a mirarse a sí mismo con la habitual mezcla de reivindicación cultural y lectura ideológica del momento. Sin embargo, entre discursos previsibles y agradecimientos rutinarios, una película logró algo menos frecuente: abrir un debate real sobre la fe, la vocación y la incomprensión que muchos creyentes experimentan en la sociedad contemporánea. Se trata de Los Domingos, cuya presencia en la gala no pasó inadvertida y se hizo con las estatuillas más relevantes.

La cinta, centrada en el itinerario interior de una joven que se plantea seriamente la vocación religiosa en un entorno familiar y social hostil, ha conseguido interpelar a públicos muy distintos. Más allá de su valor cinematográfico, su verdadero impacto ha estado en la conversación que ha generado: ¿por qué resulta hoy tan escandaloso que una chica quiera entregarse a Dios? ¿En qué momento la fe dejó de percibirse como una opción razonable para convertirse en síntoma de carencia o alienación?

Ese trasfondo quedó expuesto con nitidez cuando la actriz y presentadora Silvia Abril, esposa del también presentador Andreu Buenafuente, se refirió públicamente a otra de las películas nominadas y aprovechó para deslizar una reflexión que, lejos de ser anecdótica, revela una mentalidad extendida. “Me quedo con Sorda porque creo que es más necesaria. Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano. Iba a decir lo místico, pero es que no es lo místico. Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado”, afirmó.

La declaración presupone que la fe cristiana es una suerte de refugio emocional para espíritus desorientados, una muleta psicológica más que una adhesión racional y libre. Creer sería síntoma de vacío; la vocación, indicio de fragilidad; la Iglesia, un simple engranaje que capitaliza esa necesidad.

Precisamente ahí radica el mérito de Los Domingos. La película no presenta la fe como evasión, sino como conflicto. Su protagonista no es una joven ingenua ni manipulada, sino alguien que atraviesa dudas, tensiones familiares, presión ambiental y el peso real de una decisión radical. La incomprensión no es caricatura: es la reacción concreta de un entorno que interpreta la consagración como renuncia absurda a una vida “normal”.

Resulta llamativo, además, que se hable de la fe como síntoma de carencia en un contexto cultural marcado por el aumento de la ansiedad y la depresión. El propio Andreu Buenafuente ha reconocido en distintas ocasiones sus episodios depresivos y la necesidad de apartarse temporalmente de la exposición pública. Tal vez antes de reducir la vocación religiosa a un “agarrarse a algo”, convendría preguntarse si no existe en el ser humano una búsqueda de sentido más profunda que la pura gestión emocional.

La tradición cristiana sostiene precisamente eso: que el vacío existencial no se llena con distracciones ni con éxito, sino con una verdad que dé unidad a la vida. Negar esa posibilidad no la hace desaparecer. Que una joven descubra en la fe una llamada concreta no es un síntoma patológico; puede ser, sencillamente, una respuesta coherente a esa búsqueda.

El éxito de Los Domingos no se mide sólo en nominaciones o focos, sino en haber obligado a verbalizar una incomodidad cultural: la fe cristiana sigue viva entre los jóvenes y no todos la viven como una huida, sino como una elección consciente. La polémica no es un accidente. Es la señal de que la cuestión religiosa está lejos de estar cerrada.

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