Mons. Alberto José González Chaves
Hay en la Eneida un cuadro de aplastante densidad: arde Troya. No es solo una ciudad: arde una civilización, una memoria, una forma de habitar el mundo. Las murallas que habían resistido siglos ceden en una sola noche, y el humo oscurece el cielo como si quisiera borrar incluso el recuerdo de lo que había sido. Eneas comprende entonces que no hay defensa posible, que no se trata ya de salvar piedras, sino de salvar algo más profundo y más frágil: el alma de Troya. Y en ese momento, Virgilio nos ofrece uno de los gestos más grandes que la literatura ha conocido. Eneas no huye solo. No huye ligero, libre de peso. Dice el poeta, con una sobriedad que contiene todo el temblor del mundo: et sublato montes genitore petivi. «Y, habiendo cargado con mi padre, me dirigí hacia los montes.»
No abandona al padre. No puede abandonar el origen, la tradición. ¡No! Toma a su genitor y lo carga sobre sus hombros cuando todo parece perdido. Lo lleva, precisamente, porque todo parece perdido.
Esta imagen contiene, en cierto modo, el drama y la vocación de un sacerdote que ve, llorando, que arde Troya, la del caballo lleno de enemigos. No en el sentido exterior y visible de una persecucion bélica, sino en ese otro más sutil y doloroso en el que las certezas se debilitan, las formas se diluyen, la memoria se vuelve frágil, y el alma corre el riesgo de acostumbrarse a vivir sin raíces. Ese sacerdote, en medio de este crepúsculo, experimenta una tentación doble.
La primera es huir ligero, desprenderse del peso, adaptarse sin resistencia al viento dominante, convencerse de que todo lo antiguo es obstáculo y que la única forma de sobrevivir es olvidar y… hasta congraciarse con los griegos… dona ferentes.
La segunda tentación es quedarse inmóvil entre las ruinas, abrazado a las piedras, confundiendo la fidelidad con la parálisis, el amor con la nostalgia, el arraigo con el miedo.
Pero el camino de Eneas es otro: ni abandona el pasado ni se instala en él; lo carga y camina hacia el futuro. Ese padre que Eneas porta sobre sus hombros no es un anciano: es la tradición y la memoria viva; es la identidad recibida, no elegida. Es aquello que no hemos inventado y que, precisamente por eso, nos constituye.
La tradición, en la vida de la Iglesia, no es un conjunto de formas muertas, ni un museo de gestos antiguos, ni una preferencia estética entre otras. Es el padre: aquello que nos ha engendrado en la fe. Es la continuidad viva de Cristo en el tiempo; la Voz que hemos escuchado antes de aprender a hablar.
Un sacerdote no hace la Iglesia: la recibe. Como tampoco inventa el sacerdocio, porque lo heredado y participa; ni produce el misterio, sino que lo sirve. Por eso, cuando todo parece tambalearse, su primer movimiento no es el de desprenderse, sino el de cargar con amor reverente y gratitud fiel.
No como quien soporta un peso extraño, sino sosteniendo aquello que le ha dado la vida.
Pero Virgilio añade algo decisivo: montes petivi. «Busqué los montes.» No se trata de permanecer entre las ruinas ni de caminar en círculos alrededor de lo que fue. Se trata de avanzar, de buscar, de subir, inasequible al desaliento, como el santico de fray Juan:
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
Se trata de dirigirse hacia un lugar desde el cual pueda comenzar algo nuevo.
Los montes, en la Escritura, son siempre el lugar de la manifestación de Dios. El monte es la altura amplia y riente de la promesa, donde el horizonte se ensancha y el cielo se torna más cercano. Subir al monte es un acto de esperanza: es creer que el final visible no es el final real porque Dios sigue obrando cuando sus huellas se ocultan y su silencio se espesa, cruento y abrumador. Subir al monte es creer que el mismo Señor que permitió la noche prepara ya la aurora… y el festín:
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra, nos iremos, que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
El sacerdote que abraza la tradición no es un hombre que mira hacia atrás con tristeza. Es alguien que avizora hacia adelante con serenidad, precisamente porque no camina solo: camina con el padre sobre los hombros, con la Iglesia de siempre, con la fe de los siglos y de los santos, con la de los abuelos y los pobres.
Camina con la Santa Misa que no envejece, porque pertenece al cielo más que al tiempo. Y con la Palabra de Dios que no han perdido su poder ni su actualidad, porque no nació de la creatividad humana ni de la sinodalidad, sino de la fidelidad divina, eterna, inmutable, llena de juventud y de limpia hermosura.
Y mientras camina, ese sacerdote, misacantano o nonagenario, musita sonriendo, entre lágrimas viriles y recias, insonoras y elegantes:
introibo ad altare Dei, ad Deum qui lætificat juventutem meam.
Y al besar el ara de su amor cotidiano, barrunta cada mañana, con la ilusión de un niño, algo que solo perciben los que no han abandonado el sendero: detrás de los montes, el sol sigue existiendo. No lo ve aún plenamente pero lo intuye, lo presiente y lo cree.
Hay un momento, justo antes del amanecer, en que la noche parece más cerrada que nunca. Pero es
la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora…
Y es precisamente entonces cuando el horizonte comienza, imperceptiblemente, a iluminarse.
El sacerdote es, por vocación, un hombre de ese instante. No un hombre de la nostalgia y menos aún del miedo. Es un cultor de la esperanza sobrenatural. Porque sabe que la Iglesia no es su obra, que no depende de su fuerza, que Cristo ¡ha vencido ya!
Et sublato montes genitore petivi.
No es la frase de un fugitivo sino la certidumbre de un fundador.
Porque solo quien ha sabido cargar con el padre puede llegar a ser padre. Solo quien ha sabido guardar la tradición puede transmitirla. Solo quien ha sabido caminar en la noche puede reconocer el primer rayo de sol.
Y cuando, finalmente, el sacerdote alcanza la altura, no descubre un mundo terminado, sino un mundo que comienza.
Detrás de los montes, el sol no solo ilumina: sonríe a la fidelidad silenciosa, heroica y sangrante, de los que no abandonaron ni se victimizaron. Sonríe a la caballerosidad y el olvido propio de los que cargaron con amor lo que parecía un peso, y descubrieron que era, en realidad, una promesa de inmarcesible juventud.