El discurso del Challenger y el tiempo santificado

El discurso del Challenger y el tiempo santificado
Space Shuttle Challenger explodes shortly after take-off, January 28, 1986. [source: NASA via Wikipedia]

Por el P. Raymond J. de Souza

Los discursos sobre el Estado de la Unión consumen abundante energía en el equipo de redacción de la Casa Blanca, lo cual resulta curioso, dado lo rápido que suelen olvidarse. El presidente Bill Clinton declaró que la «era del gran gobierno ha terminado» en 1996, pero ¿alguien puede recordar algún otro discurso? Treinta años después, el presidente Donald Trump pronunciará esta noche el discurso sobre el Estado de la Unión.

En 1986, el discurso sobre el Estado de la Unión ya estaba preparado; incluso se había organizado un almuerzo al mediodía para informar a los medios sobre lo que debían observar.

El presidente Ronald Reagan hablaría al pueblo estadounidense ese día, pero a las cinco de la tarde, no en horario estelar, desde el Despacho Oval y no desde el Capitolio, y a partir de un texto breve redactado con rapidez.

El transbordador espacial Challenger había explotado en el momento del despegue.

Los escolares lo estaban viendo en sus aulas; una maestra iba a bordo. Los siete astronautas habían muerto. El discurso sobre el Estado de la Unión fue pospuesto. Reagan pronunció en su lugar uno de los discursos más memorables de su larga carrera.

Y aquel discurso lanzó a la escena nacional una voz católica de gran fuerza.

Peggy Noonan se había incorporado al equipo de redactores de discursos de Reagan, tras haber perfeccionado su oficio redactando comentarios radiofónicos diarios para Dan Rather, de CBS. Había trabajado en el discurso de Reagan en Pointe-du-Hoc en 1984, con motivo del cuadragésimo aniversario del Día D. Pero el discurso del Challenger fue algo distinto. La audiencia era mucho mayor; el momento, inmediato y desgarrador, no histórico y nostálgico.

Reagan habló, por turnos, a quienes estaban de duelo: las familias, los escolares, los trabajadores de la NASA, el pueblo estadounidense. Reafirmó el compromiso con el programa espacial, pese a la pérdida; elogió el espíritu de aventura y descubrimiento, comparándolo con el de los grandes exploradores de siglos pasados.

Concluyó con versos del poema High Flight, de John Gillespie Magee, el himno nacional de la aviación. No mencionó a Magee ni citó el título del poema. Se daba por supuesto que aquellos versos formaban parte del patrimonio literario común de los estadounidenses.

Magee nació en 1922 en Shanghái, hijo de padre estadounidense y madre británica, ambos misioneros anglicanos. Era el mayor de cuatro hermanos y ganó el premio de poesía de su escuela a los 16 años.

En 1940 se alistó en la Real Fuerza Aérea Canadiense —Estados Unidos aún no había entrado en la guerra— para combatir en el extranjero. Llegó al Reino Unido en agosto de 1941 y realizó su primera misión sobre la Francia ocupada en noviembre. Murió en diciembre, no sobre Francia, sino en Lincolnshire, al colisionar en el aire con otros aviadores durante un vuelo de entrenamiento.

Escribió High Flight tras una misión de entrenamiento en un Spitfire que ascendió a 33.000 pies. Exultante, lo envió por correo a sus padres a principios de septiembre. Tras su muerte, su padre lo publicó en el boletín parroquial, y el poema se difundió por la prensa eclesial. Archibald MacLeish, bibliotecario del Congreso, lo descubrió y le dio mayor circulación, comparándolo con In Flanders Fields, de John McCrae, la elegía definitiva de la Gran Guerra.

Noonan conocía el poema —y sospechaba que Reagan también—. Después del discurso del Challenger, Reagan le dijo a Noonan que estaba grabado en una placa en la escuela de su hija. High Flight está hoy grabado en el memorial del Challenger.

Un poema publicado póstumamente por un valiente aviador, que probaba los límites entonces conocidos del vuelo, era perfecto para el Challenger. Magee comienza con «He dejado atrás los hoscos lazos de la Tierra» y concluye con algo semejante a una oración, tras haber «extendido mi mano y tocado el rostro de Dios».

El discurso del Challenger citó esos versos y acrecentó la fama de Noonan, algo notable para los redactores de discursos, que suelen permanecer en el anonimato. Más tarde escribiría sobre una «nación más amable y más gentil» para George Bush padre, hecha así por «mil puntos de luz».

Escribiría también un hermoso libro de memorias sobre la administración Reagan, What I Saw at the Revolution (1990), tan popular que tuvo una edición conmemorativa en su vigésimo aniversario con motivo del centenario del nacimiento de Reagan en 2011. Le siguió otro libro sobre Reagan, When Character Was King (2001), y uno sobre otro héroe, John Paul the Great: Remembering a Spiritual Father (2005).

President Reagan addresses the nation about the Challenger disaster. [source: White House Photographic Collection via Wikipedia]

Ha escrito una columna en el Wall Street Journal durante más de 25 años, donde su fe católica aparece con regularidad. Es la conferenciante católica a la que se recurre cuando se desea a alguien competente y afable, que muestre algo nuevo y haga sentirse orgulloso de ser católico. De ahí los doctorados honoris causa en Notre Dame y en la Catholic University of America, así como su participación en la cena Al Smith en 2022.

En mis propios escritos, he recurrido con frecuencia a los aniversarios como fuente de inspiración, y pensaba que eso lo había aprendido de san Juan Pablo Magno.

«Su interés de toda la vida por los aniversarios y los años jubilares deriva de su convicción de que la acción de Dios en la historia ha santificado el tiempo», escribió el biógrafo George Weigel en Witness to Hope. «El tiempo es el escenario dramático que Dios eligió para entrar en él en orden a la salvación del mundo. Los aniversarios y jubileos son ocasiones para hacer aflorar a la conciencia cristiana la dimensión profunda de la historia».

Ahora creo que lo aprendí de Noonan. Leí What I Saw at the Revolution cuando era estudiante universitario porque había visto el discurso del Challenger en la secundaria. Ella incluyó en aquel breve discurso dos aniversarios.

«Hace diecinueve años, casi en este mismo día, perdimos a tres astronautas en un terrible accidente en tierra», dijo Reagan al comienzo.

Y al final: «Hoy hay una coincidencia. En este día, hace 390 años, el gran explorador sir Francis Drake murió a bordo de su barco frente a la costa de Panamá. En su vida, las grandes fronteras eran los océanos, y un historiador dijo después: “Vivió por el mar, murió en él y fue enterrado en él”. Pues hoy podemos decir del equipo del Challenger: Su dedicación fue, como la de Drake, completa».

Una comprensión profunda de la historia reconoce que no hay meras coincidencias en la Providencia, expresión que el propio Juan Pablo empleó al visitar Fátima en el primer aniversario de su atentado.

El arco del discurso del Challenger siguió la trayectoria de la aviación, elevándose desde los hoscos lazos. Más tarde, Noonan recibiría una carta de un ciudadano que había escrito un poema sobre el Challenger y se lo envió. Concluía: «Nos dejaron mirando hacia el cielo».

Un gran discurso hace eso también. Hace cuarenta años, lo hizo.

Peggy Noonan meeting with President Reagan in 1988 [source: White House Photographic Collection via Wikipedia]

Sobre el autor

El P. Raymond J. de Souza es un sacerdote canadiense, comentarista católico y Senior Fellow en Cardus.

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