Así fue la homilía del hijo sacerdote de Tejero en su funeral

Así fue la homilía del hijo sacerdote de Tejero en su funeral

Ayer tuvo lugar en la capilla del tanatorio de Játiva, Valencia, la misa corpore insepulto en sufragio del alma del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina. Todos los medios se han hecho eco de la noticia del fallecimiento de Antonio Tejero, pero pocos han sido los que han mirado con profundidad y amplitud su figura. Sí lo hizo, como no podía ser de otra manera, el sacerdote Ramón Tejero, su hijo, durante la homilía del funeral.

Fue una homilía cargada de hondura espiritual y de ternura filial, estructurada en torno a los tres grandes pilares que, según explicó el sacerdote, sostuvieron siempre la vida de su padre.

El mar y el corazón de Cristo

Ramón comenzó evocando una imagen luminosa: a su padre le fascinaba el mar. Le gustaba contemplarlo en silencio, dejarse envolver por su inmensidad, por su belleza y por su claridad. En el mar veía algo más que esto: veía un reflejo de Dios.

Así como el mar es grande, hermoso y envolvente, así, explicó Ramón Tejero, contemplaba Antonio a Dios. Vivió siempre insertado en el corazón inmenso de Cristo. Como quien se sumerge en el mar y se deja rodear por él, así vivió Antonio Tejero su fe. No vivió la fe en la superficie, sino dentro, abrazado por esa presencia divina que daba sentido a todo.

Primer pilar: la Fe

El primero de los pilares fue su fe. Una fe inmensa, constante, ejercitada en medio de dificultades y pruebas; una fe que no vacilaba, sino confesada y vivida como la de un católico convencido.

Ramón relató entonces una anécdota que conmovió a todos. Cuando su padre estaba destinado como jefe de la comandancia de San Sebastián, en el cuartel de Inchaurrondo, la familia asistía a misa en una parroquia cercana. El párroco, de posiciones abiertamente hostiles a la Guardia Civil y a España, menospreciaba e insultaba a quienes vestían el uniforme, en aquellos duros años en que los zarpazos de la banda terrorista ETA acabó con la vida de tantos españoles, muchos de ellos guardias civiles. Antonio reunió a sus hijos. Les explicó que aquel sacerdote estaba profundamente equivocado, ideológicamente enfermo, y que sus palabras en cada homilía eran ofensivas hacia España y hacia la Guardia Civil. Pero añadió algo que revelaba la hondura de su fe: pese a todo, era sacerdote de Jesucristo. Y cuando pronunciaba las palabras de la consagración, Dios mismo se hacía presente en el altar, y ya no era ese sacerdote enemigo de España sino Cristo mismo en el presbiterio.

La decisión fue clara y ejemplar: acudirían cada domingo a cumplir el precepto, rezarían con fervor en familia, y durante la homilía, se saldrían fuera de la iglesia y volverían a entrar al iniciarse el Credo. Así defendía Antonio la dignidad de los suyos sin abandonar la obediencia a Dios. Era una lección de coherencia, de primacía absoluta de la fe y de una visión sobrenatural que ayudó a cultivar la propia vocación sacerdotal en su hijo Ramón.

Destacó su devoción a la Madre de Dios, y en especial a la Virgen del Pilar, a la que estaba consagrado como caballero desde que fue oficial alumno de la Guardia Civil.

Segundo pilar: España

El segundo pilar fue su amor a España, a la que siempre vio como una madre. A España consagró su vida entera. La sirvió con el valor de los mejores soldados, con el compromiso de los mejores hijos, con el ejercicio heroico de la virtud cristiana del patriotismo.

Ramón recordó cómo su padre entendía el servicio a España como una vocación. Cuando creyó que España estaba amenazada, cuando era asediada y agredida por el separatismo, dio un paso al frente. Arriesgó su carrera, su libertad y su tranquilidad por aquello que consideraba un deber sagrado. Si España era un destino en lo universal, una misión histórica, Antonio había de consagrar su vida en la defensa de la Patria y tuvo siempre presente el juramento ante la bandera.

Toda su carrera militar se distinguió por la defensa a ultranza de España.

Tercer pilar: la familia

Ramón habló con especial emoción del matrimonio de Antonio con Carmen, su esposa, a la que recordó reiteradamente. En su unión, explicó el padre Tejero, vivieron con intensidad la obra creadora de Dios. Entendieron su matrimonio como una participación en el misterio mismo de la Trinidad: reflejar en su amor la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La familia no fue para Antonio un ámbito secundario, sino el corazón mismo de su vida. La unidad en la fe, la unidad en el amor a España y la unidad entre padres, hijos y nietos formaban un solo cuerpo.

Por eso, la muerte, terminó diciendo don Ramón, es sólo un paso hacia la vida eterna, y su padre tenía plena conciencia de que era así. Tanto, que Antonio Tejero no temía la muerte, la anhelaba como tránsito a la Patria celestial, ese mar inmenso, de belleza infinita, que le permitiría sumergirse en Dios para toda la eternidad.

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