Heavy metal y gritos de «guillotina, puto Vox» a los pies del altar de una iglesia en Bilbao

Heavy metal y gritos de «guillotina, puto Vox» a los pies del altar de una iglesia en Bilbao

La iglesia del convento de la Encarnación de Bilbao ha sido el escenario elegido para la grabación de una actuación del grupo Triángulo de Amor Bizarro. El vídeo fue publicado hace apenas unos días y acumula miles de visualizaciones. Las imágenes no dejan lugar a dudas: la grabación se realiza en la nave central del templo, con el altar perfectamente visible al fondo y un crucifijo presidiendo el presbiterio. Todo el espacio está bañado en una iluminación roja intensa, mientras focos profesionales, cámaras, cableado, amplificadores y batería ocupan el lugar a los pies donde habitualmente se celebra la liturgia.

Durante la actuación se corea en numerosas ocasiones la consigna “Guillotina, puto Vox”. El grito, de contenido político explícito y con una referencia directa a un instrumento histórico de ejecución, se repite dentro del templo, frente al altar y bajo la cruz. No se trata de una frase aislada ni de un matiz ambiguo: es una consigna clara, lanzada en un espacio consagrado y difundida posteriormente a través de las redes.

La grabación no es improvisada ni clandestina. Requiere permisos, coordinación, autorización para el uso del templo y despliegue técnico. Nada de lo que aparece en el vídeo es accidental. El altar forma parte del encuadre, el crucifijo es visible y la arquitectura sagrada sirve de fondo a un mensaje de ataque político directo. Hasta el momento no consta explicación pública por parte de los responsables eclesiásticos sobre los criterios aplicados para permitir esta utilización del espacio.

El hecho objetivo es que en una iglesia católica se ha grabado y difundido un vídeo musical en el que se repite una consigna que alude a la guillotina contra un partido político concreto. Y el problema ya no es únicamente el mal gusto o la provocación habitual en determinados ámbitos culturales. El problema es la gestión cada vez más descuidada del espacio sagrado, tratado como si fuera un contenedor disponible para cualquier uso, incluso cuando ese uso implica amplificar consignas violentas y de estética satánica.

Muchos fieles están cansados de ver cómo los templos se convierten en escenarios para experimentos estéticos o mensajes partidistas que nada tienen que ver con la misión de la Iglesia. Una cosa es permitir actividades culturales compatibles con el carácter del lugar y otra muy distinta es prestar el altar y la cruz como telón de fondo para gritos de guillotina contra buena parte de los españoles. Cuando lo sagrado se banaliza hasta este punto, el mensaje que se transmite es que todo vale, que no hay límites y que el templo puede instrumentalizarse sin consecuencias. Esa deriva no es apertura ni modernidad; es una renuncia silenciosa a custodiar lo que debería ser protegido con el máximo celo.

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