La elección de Heiner Wilmer como presidente del episcopado alemán no representa un simple relevo institucional. Consolida en la cúpula de la Iglesia en Alemania una línea teológica que desborda el terreno pastoral y entra de lleno en cuestiones que la Iglesia ha considerado cerradas. No hablamos de matices, sino de declaraciones textuales que, leídas en conjunto, configuran un programa coherente de revisión doctrinal.
“¿Quién determina exactamente qué es católico?”
En una entrevista pública, Wilmer lanzó una pregunta que no puede despacharse como recurso retórico: “¿Quién determina exactamente qué es católico? ¿Podemos simplemente decir que nosotros, como jerarquía, lo sabemos mejor?”. Añadió que la Iglesia debe “aprender también de quienes no comparten nuestra fe”. La cuestión no es el tono dialogante, sino la premisa implícita. La fe católica sostiene que el Magisterio —el Papa y los obispos en comunión con él— tiene la misión de custodiar e interpretar auténticamente el depósito revelado. Convertir en interrogante abierto quién determina qué es católico introduce una lógica deliberativa que relativiza la autoridad doctrinal en cuanto tal.
“Cambios significativos” en la moral sexual
En el marco del Camino Sinodal alemán, Wilmer afirmó que “es evidente que necesitamos cambios significativos en la moral sexual de la Iglesia católica”. No habló de mejorar el acompañamiento ni de afinar el lenguaje pastoral, sino de cambios “significativos”. El programa sinodal incluye la reevaluación moral de las relaciones homosexuales estables y la bendición litúrgica de parejas del mismo sexo. La enseñanza constante del Magisterio sostiene que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no es lícito bendecir una unión que contradice el orden natural y sacramental del matrimonio. Pedir cambios sustanciales en este punto no es proponer un ajuste disciplinar, sino alterar el contenido mismo de la doctrina moral.
El sacerdocio femenino reabierto
Wilmer ha sostenido que el debate sobre la ordenación sacerdotal de mujeres “no puede cerrarse simplemente apelando a decisiones anteriores” y que es preciso “seguir reflexionando”. Sin embargo, la Iglesia ha declarado de modo definitivo que no tiene facultad para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Presentar el asunto como abierto a revisión no es una mera invitación al estudio, sino un cuestionamiento del carácter vinculante de una enseñanza propuesta como definitiva.
Celibato: de don teológico a obstáculo estructural
Aunque afirma vivir el celibato “con alegría”, ha señalado que podría “brillar más si no fuera obligatorio”. El celibato en la Iglesia latina no es dogma, pero está profundamente unido a una comprensión teológica del sacerdocio. Cuando su obligatoriedad se presenta como obstáculo estructural, el ministerio ordenado se reduce a una cuestión funcional y sociológica, desligándolo progresivamente de su dimensión sacramental.
Lutero: de heresiarca a referente positivo
Wilmer ha afirmado que los católicos tienen “mucho que agradecer” a Martín Lutero y ha subrayado su aportación a la centralidad de la Escritura y a la conciencia personal ante Dios. En el contexto de las conmemoraciones de la Reforma, defendió una lectura que evita el lenguaje de condena y pone el acento en los elementos comunes. El problema no es el diálogo ecuménico, sino el desplazamiento del juicio doctrinal. Lutero no fue solo un reformador espiritual, sino autor de tesis formalmente condenadas por la Iglesia. Cuando la figura se presenta casi exclusivamente en clave positiva, el conflicto dogmático queda diluido en una narrativa de reconciliación histórica.
La liturgia tradicional bajo sospecha
En materia litúrgica, Wilmer se ha alineado con la línea restrictiva que limita el uso del rito tradicional. Tras las disposiciones que recortaron el espacio del Misal anterior a la reforma posconciliar, expresó comprensión y apoyo, subrayando la necesidad de unidad y evitando reconocer a la liturgia tradicional un estatuto estable dentro de la vida ordinaria de la Iglesia. La liturgia heredada es vista así no como patrimonio vivo, sino como foco potencial de tensión frente al Concilio Vaticano II.
Un programa ya institucionalizado
La suma de estos elementos no es fragmentaria. Se dibuja una trayectoria clara: relativización del Magisterio como instancia normativa, propuesta de revisión sustancial de la moral sexual, cuestionamiento de enseñanzas presentadas como definitivas, rehabilitación simbólica de Lutero y respaldo a la marginación de la liturgia tradicional. Que este conjunto de posiciones esté ahora vinculado a la presidencia del episcopado alemán no es un dato menor. Es la institucionalización de una agenda que no se limita a la pastoral, sino que impacta directamente el núcleo doctrinal de la Iglesia.