La posibilidad de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) proceda a nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio en julio sigue siendo un tema que genera tensión y expectativa. En este contexto, distintos obispos y cardenales se han ido pronunciando, tratando de dar luces al debate que se ha dado entre la Fraternidad y la Santa Sede. El cardenal Gerhard Ludwig Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe —hoy Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF)—, ha publicado así una intervención de fondo en la que aborda no solo la cuestión inmediata, sino también el trasfondo doctrinal del conflicto.
Su intervención no es fortuita, sino que la nueva polémica incluye una referencia explícita a una carta firmada por el propio Müller en 2017, cuando ejercía como prefecto. En aquel texto se establecían como condición para la plena comunión la aceptación del Concilio Vaticano II y de las enseñanzas del período posconciliar, en continuidad con el magisterio precedente.
La comunión con el Papa como criterio constitutivo
Para Müller, el punto decisivo no es una controversia puntual, sino el criterio constitutivo de la catolicidad. La pertenencia plena a la Iglesia no se reduce a coincidir doctrinalmente en abstracto, sino que exige comunión visible con el Romano Pontífice.
“De estos forma parte esencial la plena comunión con la Iglesia universal y, en particular, con el colegio episcopal que tiene en el Papa romano […] su principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad”.
La comunión con el sucesor de Pedro no es un elemento accesorio, sino estructural en la configuración de la Iglesia. Desde esa premisa, el cardenal es inequívoco respecto a las consagraciones episcopales sin mandato pontificio:
“La conciencia bien formada de un católico […] no conferirá ni recibirá jamás las sagradas ordenaciones contra el sucesor de san Pedro”.
No se trata, sostiene, de una mera desobediencia administrativa, sino de una herida objetiva a la unidad visible de la Iglesia, incluso si quienes la protagonizan se consideran doctrinalmente ortodoxos.
Cisma y precedentes históricos
Müller aclara que no todo cisma nace de la herejía formal. La historia muestra que rupturas dolorosas se han producido también entre grupos doctrinalmente ortodoxos, a causa de fragilidades humanas u obstinaciones teológicas.
Precisamente por eso advierte que la intención subjetiva de defender la tradición no neutraliza las consecuencias objetivas de una ruptura con Roma. La historia eclesial muestra que la separación visible termina debilitando aquello que se pretendía proteger.
Vaticano II: continuidad, no ruptura
En cuanto al Concilio Vaticano II, el cardenal rechaza tanto la lectura rupturista progresista como la interpretación que lo presenta como una desviación sustancial.
“El propio Concilio está animado por la clara conciencia de situarse en la línea de todos los concilios ecuménicos”.
No proclamó nuevos dogmas, sino que expuso la doctrina permanente en un contexto histórico distinto. Por ello considera contradictorio afirmar que el Concilio no definió nuevas verdades obligatorias y, al mismo tiempo, tratarlo como una traición a la Tradición.
La Iglesia, añade, no necesita un rejuvenecimiento ideológico, pues en Cristo “toda novedad ha entrado en el mundo de manera insuperable”. La revelación no está abierta a reinvenciones sustanciales, sino que permanece viva en la doctrina, la vida y la liturgia hasta el fin de los tiempos.
Liturgia y abusos: distinciones necesarias
En el ámbito litúrgico, Müller corrige dos extremos opuestos. Por un lado, afirma que “es teológicamente errónea la afirmación de que la liturgia latina según el Misal y el Ritual Romano (según el Ritus antiquior) sea ilegítima”, defendiendo así que la forma tradicional del rito romano no puede tratarse como una anomalía doctrinal.
Por otro, considera “teológicamente aberrante e indigno de un católico serio” sostener que la Misa según el Misal de Pablo VI contradiga la Tradición o esté intrínsecamente contaminada por ideologías ajenas.
El cardenal distingue entre la sustancia del sacramento —que la Iglesia no puede alterar— y la forma ritual externa, que sí puede ser regulada legítimamente. Los abusos litúrgicos reales, reconoce, existen; pero no proceden del rito como tal, sino de quienes lo deforman “por ignorancia o frivolidad”.
La única vía: reconocimiento práctico del Papa
Müller advierte así contra la tentación de configurar estructuras eclesiales paralelas que reconozcan al Papa solo de modo simbólico. La lucha por la ortodoxia —subraya— solo puede librarse dentro de la Iglesia y en comunión con el sucesor de Pedro, no desde una posición externa que termine debilitando la credibilidad de la defensa doctrinal.
Por lo tanto, la única solución coherente pasa por reconocer al Papa “no solo en teoría, sino también en la práctica” y “someterse sin precondiciones a su autoridad doctrinal y a su primado de jurisdicción”.
Para Müller, la unidad visible bajo el sucesor de Pedro no es una estrategia negociable, sino un elemento constitutivo de la Iglesia de Cristo.