Durante siete domingos estamos acompañando a San José en un recorrido espiritual que nos permitirá contemplar, paso a paso, sus dolores y gozos, y aprender de su obediencia silenciosa y fiel en el misterio de la Encarnación.
Oración inicial al Corazón de Jesús
Corazón de Jesús, Verbo eterno del Padre, Sumo y eterno Sacerdote,
que no sólo quisiste habitar entre los hombres,
sino aprender de un hombre en la obediencia cotidiana de la casa de Nazaret.
Tú, que mirabas a José no sólo como protector,
sino como verdadero padre, puesto por el Padre celestial
para introducirte en la Ley, en el trabajo, en la oración y en el silencio de Israel.
Él custodió tu Cuerpo santísimo y defendió tu vida frágil,
con el ejemplo visible de lo que significa vivir enteramente para Dios.
Concédenos, Señor, ser en estos siete domingos
como discípulos admitidos en la intimidad real de tu casa.
Haznos aprender de José lo que Tú mismo aprendiste:
la obediencia silenciosa, la virilidad santa, la fidelidad sin ruido,
el amor que sirve sin ocupar el centro.
Corazón de Jesús, introduce a tu Iglesia en la escuela escondida de Nazaret,
y entréganos, como Tú mismo quisiste entregarte, a la custodia fiel del justo José.
Amén.

Dolor: la espada anunciada – Gozo: la luz reconocida (Lc 2,22-35)
José, columna firme del designio divino,
te contemplamos en el Templo, ofreciendo al Niño según la Ley del Señor.
Escuchas palabras de gloria y palabras de espada;
promesa de salvación y anuncio de contradicción.
Tu alma, habituada a la contemplación, no se escandaliza:
sabes que la luz verdadera hiere antes de sanar.
Aceptas una paternidad marcada por la Cruz, una misión atravesada por el rechazo.
Aquí aprende la Iglesia que no hay fidelidad sin sufrimiento,
ni fecundidad sin participación en la Pasión.
Sostén, José, a quienes sirven al Pueblo de Dios
cuando la espada atraviesa el alma y el silencio pesa.
***
Oración final a María, Esposa del Carpintero
María Santísima, Madre del Redentor y Esposa del justo José coronado en el cielo,
Tú conoces el fin del camino porque has pasado primero por la fe, la cruz y la gloria.
Tú sabes que la vida de Nazaret es silencio que desemboca en visión,
obediencia que se abre a la luz eterna, vida escondida que florece en gloria.
Enséñanos a vivir así, Madre:
con el corazón puesto en el cielo mientras los pies pisan la tierra;
sirviendo, trabajando, custodiando el misterio,
sabiendo que todo es tránsito y todo es siembra para la eternidad.
Confíanos a José, que vive Contigo para siempre en Dios; entrégale nuestra hora última,
cuando el cuerpo se apague y el alma sea llamada a presentarse ante el Padre.
Que José nos espere entonces como padre vigilante y guía seguro;
que nos tome de la mano en el paso decisivo
y nos introduzca, sin temor, en la Casa donde no hay noche ni fatiga.
María, permítenos vivir como José vivió en Nazaret:
en fe, en obediencia, en abandono confiado.
Y morir como José murió en Nazaret: entre tus brazos y los de vuestro Jesús.
Y haz que, acompañados por Ti y por tu Esposo castísimo,
podamos oír la voz del Hijo que nos llama por nuestro nombre
y nos hace entrar para siempre en la alegría del Padre y en el gozo sin fin del Espíritu.
Amén.