La Conferencia Episcopal Española ha decidido que la mejor manera de preparar la visita de León XIV es abrir una colecta. Con página web, formulario de donativos, llamamiento a empresas, aportaciones en especie y voluntariado. Todo muy organizado, todo muy correcto, todo muy transparente. Y todo profundamente desconectado.
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No se trata solo de pedir dinero en un país donde muchas familias no llegan a fin de mes, donde los autónomos sobreviven con márgenes mínimos y donde la presión fiscal asfixia a quienes aún sostienen el tejido productivo. Eso ya sería suficiente para cuestionar la oportunidad. El problema es más hondo: se pide desde una estructura que no vive esa realidad.
La Iglesia en España no es una institución indigente. Gestiona un patrimonio inmobiliario inmenso, colegios, universidades, hospitales, fundaciones, medios de comunicación, inversiones financieras y una asignación estable vía IRPF. No es una comunidad clandestina que deba pagar el alquiler del local parroquial con rifas. Es una de las mayores estructuras corporativas del país. Que desde ahí se active una campaña para que los fieles financien la logística de una visita papal obliga, como mínimo, a formular preguntas incómodas.
Se habla de organizar el viaje de forma “sobria”. Sobriedad no significa barato. Ni significa necesario. Ni significa prudente. Y menos aún significa que el coste deba recaer sobre quienes ya sostienen la estructura ordinaria. Si la visita es estratégica y prioritaria, lo coherente sería asumirla con recursos propios. Ajustar partidas internas. Reducir aparato si hace falta. No trasladar el esfuerzo adicional al fiel medio, que ya contribuye vía impuestos, donativos parroquiales y asignación tributaria.
Además, la percepción pública importa. Los obispos no viven como la mayoría de los españoles. No pagan hipotecas, no sostienen hijos en edad universitaria, no afrontan un mercado laboral incierto ni la inflación mensual del supermercado. Su manutención está garantizada por la propia estructura eclesial. Eso no es una acusación moral; es un dato objetivo. Pero cuando desde esa posición se pide un esfuerzo extraordinario a quienes sí están sometidos a presión económica real, la distancia se hace evidente.
Y esa distancia se agrava por el contexto pastoral. Muchos fieles perciben que la Iglesia en España atraviesa una crisis de identidad, de vocaciones y de claridad doctrinal. Parroquias vacías, seminarios menguantes, catequesis diluidas en sociología y una sensación persistente de que el discurso oficial está más pendiente de encajar en el consenso cultural que de reafirmar con firmeza la fe católica. En ese marco, solicitar financiación para una gran gira institucional suena menos a impulso evangelizador y más a evento de aparato.
La comparación es inevitable: recuerda a esas estudiantes que venden tartas a la salida de Misa para pagarse el viaje de fin de curso a Roma. Solo que aquí la dirección es inversa y el destinatario no es un grupo juvenil, sino la cúspide del gobierno eclesial. El fiel financia el escenario desde el que, probablemente, se le exhortará a ser más abierto, más hospitalario, más sinodal. Es una escena difícil de explicar fuera de la burbuja.
La CEE promete auditoría y rendición pública de cuentas. Perfecto. Pero el debate no es contable. Es estructural. La cuestión no es si el dinero se gestionará con transparencia, sino si la prioridad misma es coherente con la realidad social y eclesial del país.
Cuando una institución con patrimonio considerable apela al sacrificio económico de un pueblo exhausto, el problema no es la hoja de Excel. Es la desconexión. La autoridad moral no se sostiene solo con discursos sobre austeridad; exige coherencia visible entre quien pide y quien paga.
Si el viaje es esencial, que se financie con los recursos ya disponibles. Si no puede hacerse sin recurrir a una colecta pública, quizá la pregunta no sea cuánto se recauda, sino si el planteamiento mismo responde a la situación real de España.
Porque cuando los pastores parecen habitar un plano distinto al de sus fieles, cada petición económica deja de ser un gesto de comunión y empieza a parecer un síntoma: no de pobreza material, sino de lejanía.