León XIV en el Ángelus: Esta cuaresma «demos espacio al silencio»

León XIV en el Ángelus: Esta cuaresma «demos espacio al silencio»

El papa León XIV presidió este domingo, 22 de febrero de 2026, la oración del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico ante los fieles congregados en la plaza de San Pedro, en el marco de la Primera Domingo de Cuaresma. En su reflexión introductoria, el Pontífice centró su mensaje en el pasaje evangélico de las tentaciones de Cristo en el desierto (Mt 4,1-11), subrayando que Jesús, tras cuarenta días de ayuno, experimenta el peso de la condición humana —el hambre y la prueba moral— y, al resistir al demonio, muestra el camino para vencer las insidias del mal.

León XIV presentó la Cuaresma como un “itinerario resplandeciente” de conversión, en el que la oración, el ayuno y la limosna permiten al cristiano cooperar con Dios en la renovación de su propia vida. Advirtió contra las falsas promesas de riqueza, fama y poder, a las que definió como sucedáneos incapaces de saciar el corazón humano, y animó a practicar una penitencia que purifique y fortalezca, siguiendo la enseñanza de san Pablo VI. El Papa exhortó a recuperar el silencio, limitar el uso de dispositivos electrónicos, frecuentar los sacramentos y ejercitar la caridad concreta con los más necesitados, confiando finalmente el camino cuaresmal a la protección de la Virgen María.

 

Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV: 

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.

La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.

Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.

Por eso, san Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini, 17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros.

En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz” (cf. Sermón 206,3).

A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.

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