Carlos Balén y Mikel Landetxea
Hace unos días el pensador judío francés, y converso al catolicismo, Fabrice Hadjadj presentó en Madrid el proyecto Incarnatus, que a partir de ahora dirigirá. Se trata de un plan formativo ciertamente prometedor para jóvenes que, durante todo un curso académico, tratarán de profundizar en la fe católica y la vida en comunidad.
Hadjadj es un escritor fecundo en ocurrencias de lo más inteligentes, un conversador encantador, un hombre de fe profunda. Cuando habla de la Encarnación, de nuestra obsesión por los meros datos (lo que él llama dataísmo), de la necesidad de formar hombres reales frente a consumidores de información, solo cabe asentir. Sus intuiciones son valiosas. Su denuncia de cómo lo digital nos “desencarna”, pertinente. Su crítica al progresismo ingenuo, fundada.
El problema aparece cuando, hacia el final de su discurso, Hadjadj insistió en oponer de modo contundente los “soldados” y los “jardineros”. No, no se trata de que Hadjadj haya venido a España a azuzar las batallas entre oficios diferentes.
El escritor galo contrapuso soldados y jardineros en sentido metafórico. Soldados serían aquellos que apostamos por dar la batalla cultural, por el combate de las ideas, en un mundo que nos exige que seamos mansurrones y simpaticotes. Hadjadj denostó a tales soldados: él prefiere mejor a los jardineros, que cultivan el jardín, que usan solo del amor y el cariño para con las florecillas. Naturalmente, él se colocó de parte de los jardineros. Incarnatus, anunció, se propone formar este tipo de cristianos jardineriles; nada de soldadesca. “Cristo no necesita defensores”, afirmó. La cultura viva no se defiende: se entrega.
Esta imagen de Hadjadj resulta, sin duda, atractiva en un primer momento. Pero desde el punto de vista conceptual resulta débil; desde el punto de vista histórico, miope; y desde el punto de vista teológico, arriesgada.
La Iglesia no es solo jardín. Es también ciudad amurallada. Es viña, pero también fortaleza. Es esposa, pero también milicia. La tradición ha hablado siempre de la Iglesia militante no por belicismo medieval, sino por realismo histórico. Desde el siglo I la fe ha debido defenderse: frente al paganismo, frente a las herejías, frente al islam, frente al racionalismo ilustrado, frente a las ideologías totalitarias del siglo XX. En España, esa defensa constó miles y miles de mártires. Esta última es una experiencia que Francia no ha vivido, y por ello quizá Hadjadj podrá aprovechar su venida a España para conocerla mejor.
El propio Concilio de Nicea (cuyo aniversario Hadjadj invocó en su discurso) no fue un ejercicio de jardinería espiritual. Fue una batalla doctrinal. Atanasio no fue un “coreógrafo de la esperanza”; fue un combatiente teológico exiliado cinco veces. Osio de Córdoba, a quien el propio Hadjadj citó con admiración, no cultivó discretamente una interioridad piadosa mientras el poder imperial imponía el arrianismo; resistió, discutió, se enfrentó al emperador y sufrió por ello. Y sin esas luchas, como explicó el año pasado Quintana Paz, nuestra civilización no sería la que es hoy.
Decir que Cristo no necesita defensores suena elevado. Pero es ambiguo. Cristo no necesita nada; sin embargo, quiso necesitar apóstoles. La verdad no necesita violencia; pero sí necesita testigos que la proclamen y la protejan frente a la mentira. Si nadie hubiera defendido la fe cuando fue atacada, no habría jardín que cultivar. Y, de hecho, en puridad, Cristo tampoco necesita, lo que se dice necesitar, jardineros. Pero elige que haya ambas cosas en nuestro mundo. Que un jardinero como Hadjadj se lance a criticonear a los soldados suena, cuando menos, un tanto despreciativo hacia los carismas (valentía, compromiso con tu civilización, fortaleza…) que Dios reparte en el prójimo.
Pero es que, además, la oposición entre soldados y jardineros ni siquiera se sostiene como metáfora. Cualquiera que haya tenido un jardín real —no uno mantenido por brigadas invisibles— sabe que un jardín es un campo de vigilancia y combate permanente. Hay que arrancar malas hierbas antes de que asfixien lo sembrado. Hay que eliminar orugas que devoran en días lo cuidado durante meses. Hay que podar con firmeza, cortar ramas enfermas, fumigar cuando aparecen plagas. Hay que proteger frente a animales que arrasan de noche. El que “solo cultiva” con cariño y se niega a combatir… termina sin jardín.
Dicho de otro modo: la idea que Hadjadj presenta del jardín como alternativa pacífica al soldado es la típica de un urbanita. Nos preocupa, pues, no solo su desprecio hacia los soldados de la batalla cultural, sino también sus conocimientos de botánica. Si algún día se decide a cultivar un jardín real, esperemos que alguien le enseñe la utilidad de las podaderas, de los herbicidas, de los plaguicidas. Que alguien le recuerde que, cuando él disfruta de un paseo por parques deliciosamente cuidados, no ocurre así porque las flores hayan crecido por consenso. Ha habido que cortar, arrancar, proteger. Sin eso no hay claveles, sino zarzales.
La naturaleza no es bondadosa. Tiende al desorden si no se la gobierna. Precisamente por eso existe la cultura: para ordenar lo que, abandonado a sí mismo, degenera. Y a menudo esa ordenación ha de ser bien contundente: y sí, mal que le pese a Hadjadj, hay que actuar más bien como un soldado que como grácil pastorcilla que recita poemas bucólicos por su vergel recogiendo aquí o allá alguna olorosa flor. La paradoja es esta: precisamente las culturas más refinadas, las civilizaciones más altas, son las que requieren mayor protección. La barbarie no necesita muros; crece sola. La belleza sí los necesita. Por eso las grandes ciudades se amurallaban. No por paranoia ni neurosis, como insinúa Hadjadj. Sino porque lo que vale la pena conservar atrae a quien quiere destruirlo o apropiárselo.
La propia Escritura refuerza esta visión realista. El Edén tiene querubines con espada flamígera. El Cantar habla de jardín cerrado. Un huerto sin cerca es pasto del primero que entra. El hortelano del Evangelio cava y abona, pero también decide si corta o concede un año más. Cuidado y firmeza no se oponen; se complementan.
Y el propio Cristo desmonta la versión edulcorada. Pasó años en Nazaret, sí. Pero no se quedó cultivando el huertecillo de casa. Cuando llegó la hora, salió a predicar públicamente, denunció la hipocresía de los fariseos, purificó el Templo expulsando a los mercaderes y proclamó una verdad que incomodó tanto al poder religioso judío como al poder político romano. Es lo que tiene dar la batalla, sí: molestas a muchos más que si te quedas en tu jardín.
Jesús no murió por cultivar discretamente una espiritualidad interior, sino por afirmar públicamente quién era y qué exigía la verdad. Su palabra tuvo filo. Su misión fue confrontativa en el sentido más profundo: confrontó la mentira con la verdad. Y eso tuvo consecuencias.
“No penséis que he venido a traer paz, sino espada” no es un lema belicista, pero tampoco es una invitación a la neutralidad cultural. Es la constatación de que la verdad divide cuando es rechazada. La Encarnación no fue una retirada al ámbito privado; fue una irrupción pública en la historia. Para la retirada a jardines privados, ya estaban antes de Jesús los filósofos epicúreos diciéndonos que eso era lo que debíamos hacer; que la política era demasiado complicada; que para qué meterse en líos. Pero Jesús vino a algo mucho más duro que las sofisticadas conversaciones de filosofía que gustaba a Epicuro sostener con sus amigos en un huerto; para Cristo, el huerto por antonomasia fue el de un combate trágico, vital, profundo: el de Getsemaní.
Quizá, en el fondo, como ya hemos avanzado, lo que aquí tengamos sea una diferencia de experiencia histórica. No es lo mismo ser francés que español.
Hadjadj es lo primero. Su horizonte cultural está marcado por los hugonotes, por las guerras de religión, por el galicanismo, por el quietismo, por el laicismo: en suma, por una tradición que terminó resolviendo el conflicto religioso en clave de interiorización. Eso le ha permitido pensar un catolicismo más chic, culturalista, elegante, compatible con la laicidad siempre que no moleste demasiado. Lo que Juan Manuel de Prada llama a menudo (también con un galicismo) el catolicismo pompier. La tentación constante para un francés consiste en reducir la fe a experiencia personal refinada, compatible con el espacio público neutralizado.
En España hemos aprendido otra cosa. España ha vivido la Reconquista. Ha vivido ocho siglos de presencia islámica y un proceso histórico de recuperación territorial, cultural y religiosa. Ha vivido persecuciones religiosas en el siglo XIX y, de manera brutal, en el siglo XX: uno de los mayores martirios de la historia. Aquí no ha sido posible durante mucho tiempo un catolicismo meramente decorativo, elegante, bonito. Aquí la fe ha tenido que defenderse incluso en campos de batalla (o de exterminio) real: desde Covadonga a Paracuellos. Resulta difícil ser refinado en medio de las Navas de Tolosa. Y, aunque estas experiencias puedan conducir también a excesos, lo cierto es que los españoles hemos aprendido, por experiencia, que la fe, cuando no se defiende, puede exterminarse. Que la cultura cristiana, cuando no se protege, es sustituida por otra.
Si bien los franceses han podido vivir durante décadas un catolicismo de minorías estético, brillante, intelectualmente refinado, en cambio para los españoles, por desgracia o por providencia, la fe ha estado vinculada a supervivencia histórica real. Aquí la batalla no ha sido solo cultural en sentido abstracto; ha sido civilizatoria.
Por consiguiente, para un español resulta (y debe resultar) problemático desacreditar la lógica defensiva como si fuera una neurosis. No es lo mismo resentimiento ideológico que legítima defensa de la verdad. No es lo mismo fanatismo que firmeza. No es lo mismo vivir en mentalidad de fortaleza asediada por paranoia que reconocer que, cuando se atacan los fundamentos antropológicos y morales de una sociedad, el conflicto ya está presente. Y que tú te evadas de él no te hace más “pacífico” ni mejor jardinero: te hace solo un tanto pusilánime. Y, lo que es peor: no evita la batalla, simplemente te coloca en el papel de perdedor de ella. Y no perderás tú solo: así se pierde una civilización.
No se trata, en todo caso, de criticar a Francia e idealizar España patrioteramente. Simplemente hablamos de algo obvio: se trata de dos países con experiencias distintas. Experiencias históricas distintas que enseñan lecciones diferentes. Cuando tu país ha conocido la persecución religiosa masiva hace menos de un siglo —casi 7.000 clérigos asesinados, 13 obispos, iglesias quemadas por centenares—, cuando has visto cómo una civilización cristiana de siglos puede ser arrasada en meses por una ideología que odia todo lo que tú amas, desarrollas cierta sensibilidad ante las amenazas. No es paranoia. Es memoria. Y la memoria no es resentimiento; es prudencia. Cristo mismo nos aconsejó ser prudentes: el que ha visto su jardín arder sabe que no basta con regar las flores.
La cultura cristiana no se mantiene con cañones. Pero tampoco se mantiene solo con juegos florales. Se mantiene con verdad, belleza y bien; pero también con claridad doctrinal, disciplina, límites y resistencia frente a lo que la destruye. Eso es lo que significa batalla cultural: no una batalla de cañones, sino de pujanza intelectual.
La alternativa no es, por tanto, entre soldados y jardineros. Es entre fidelidad o disolución. El buen jardinero es también guardián. Sabe distinguir entre la planta que hay que nutrir y la que hay que extirpar. Sabe que la caridad no reside en consentir que el pulgón derribe el rosal en nombre del ecosistema. La Iglesia ha sobrevivido dos mil años porque cultivó y defendió. Porque tuvo contemplativos y tuvo mártires. Porque tuvo teólogos y tuvo hombres dispuestos a resistir. Porque supo que el jardín, si no está protegido, acaba siendo ocupado por quien no ama sus flores.
Formar hijos libres de Dios implica enseñarles a amar sin amargura, sí. Pero también a sostener la verdad sin complejos. A cultivar con paciencia y a defender con firmeza. A reconocer que la Encarnación no elimina el conflicto histórico, sino que lo intensifica.
Hadjadj tiene toda la razón: Cristo es victorioso. Pero precisamente por eso sus discípulos no están llamados a la ingenuidad. Están llamados a la fidelidad y al arrojo. Y la fidelidad, cuando es puesta a prueba, nunca ha sido un ejercicio puramente decorativo. El arrojo, cuando ha sido verdadero, no ha combatido solo contra oruguillas.
Los jardineros que Hadjadj quiere formar son necesarios, sí. Pero los jardineros sabios saben que necesitan muros. ¡Esos jardineros sabios jamás denostarían a los soldados que se los protegen! Saben que el asombro ante una brizna de hierba es posible cuando alguien ha impedido que la brizna fuera arrancada. Saben que la contemplación florece cuando alguien ha sostenido el orden que la posibilita.
Hace 700 años un rey francés, Felipe IV, acabó con los monjes guerreros del Temple. Fue una enorme pérdida para la Cristiandad: el Temple, como en España las órdenes de Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa, enseñaban a combinar espiritualidad y hombría, fe y valor, oración y lucha. Sería una pena repetir el error de aquel monarca Capeto.
No necesitamos, pues, elegir entre soldados y jardineros. Necesitamos jardineros que sepan también ser guardianes; o, al menos, que respeten la labor de los guardianes. Necesitamos contemplar la belleza de una azucena, sí; pero también tener el coraje de arrancar la zarza que la ahoga. Porque al final, lo que está en juego no es solo un jardín privado. Es una civilización entera. Y las civilizaciones, cuando nadie las defiende, no se entregan: se pierden.