El joven católico asesinado en Lyon se bautizó siendo adolescente y convirtió a sus padres

El joven católico asesinado en Lyon se bautizó siendo adolescente y convirtió a sus padres

«Ni flores ni coronas. Misas» Ese profundo mensaje rezó escrito en la capilla ardiente de Quentin, el joven católico asesinado en Lyon tras una agresión en la vía pública perpetrada por antifascistas de extrema izquierda.

Quienes le trataron recuerdan a Quentin Deranque como una persona buena, ajena a la violencia innecesaria, generosa en el trato y firme en sus convicciones. Su vida no giraba en torno al enfrentamiento, sino en torno al altar. Frecuentaba la Misa tradicional en la iglesia de San Jorge de Lyon, confiada a la Sociedad de los Misioneros de la Divina Misericordia, donde encontraba el centro de su existencia espiritual. Muy cerca del lugar donde le mataron a patadas tras un acto de protesta en la universidad. Era uno de esos cientos de miles de jóvenes franceses que están redescubriendo la Tradición y recuperando una cosmovisión realmente católica de la nación y del ser humano.

Bautizado a los catorce años y confirmado a los veinte, condujo a sus propios padres a la fe católica. Leía a San Agustín de Hipona, estudiaba a Santo Tomás de Aquino y se apoyaba en Aristóteles para estructurar su pensamiento. Participaba en actividades formativas de la Academia Cristiana y asumía una visión en la que fe, cultura e identidad histórica francesa formaban una unidad coherente. Representaba el arquetipo de un sector de la juventud francesa que, lejos de diluirse en la indiferencia religiosa, redescubre los fundamentos civilizacionales cristianos como criterio de juicio y acción.

Su fe no fue un adorno privado. Fue el principio que le llevó a implicarse en la defensa intelectual y cultural de lo que consideraba el legado cristiano de su patria. No militaba por odio, sino por convicción; no desde la violencia, sino desde una comprensión doctrinal que ordenaba su compromiso público.

Cada generación conoce a sus mártires y a sus confesores. No todos son elevados a los altares, pero todos testimonian que la fe tiene consecuencias históricas. La despedida solemne de sus camaradas y amigos, marcada por la petición de misas en lugar de coronas, no es solo un gesto piadoso: es una declaración de principios. Afirma que la última palabra no pertenece a la violencia, sino al altar; que la fidelidad no se negocia; que la defensa de una civilización cristiana no es una consigna vacía, sino una vocación asumida con todas sus consecuencias.

Si el tiempo que se abre es más áspero, la respuesta no será la renuncia, sino la fortaleza. La historia cristiana enseña que las épocas difíciles no anulan la fe, la purifican. Y que hay momentos en que vivir conforme a la verdad implica estar dispuesto a pagar un precio alto, incluso el de la propia vida.

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